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Sobre unos versos de Safo y Pablo Moreno Prieto

JESÚS COTTA | Después de más de diez años de silencio, ha salido Segundo tiempo, el nuevo libro del poeta sevillano Pablo Moreno Prieto, publicado en Númenor, la cuidada colección dirigida por Fidel Villegas.

Segundo tiempo es un buen libro de poesía y no hay ningún poema que defraude. Vertebrados todos por el tema del peso de la edad, el paso del tiempo en personas y lugares y el relevo de generaciones, e investidos de la serenidad de la voz del poeta, son poemas bien afinados, porque hay una relación armoniosa entre la claridad del contenido, la belleza del estilo y la calidez de la emoción y, por eso, la cabeza sabe qué hacer con ellos, la sensibilidad disfruta con su lectura, y el corazón se esponja con sus emociones. Las tres es: se entienden, envuelven, emocionan.

Destaco por encima de todos Catedral, por el acierto del símbolo y del mensaje que este transmite; Teológica, por la perspectiva sencilla pero original con que nos presenta el verdadero sentido de los árboles y el lugar secundario que en todo ello ocupa nuestro conocimiento; y Canto para la esposa, que es uno de los poemas más inspirados. Es precioso también el poema «Runner», y desde aquí invito al poeta a elaborar una antología de poemas que ahonden en deportes como correr, nadar, luchar… que son mucho más que deportes, porque ponemos todo el cuerpo en ellos y, además, toda el alma.

Pero voy a centrarme en un poemita de dos versos que, además de ser estupendos, ilustran muy bien cómo, gracias al oficio del poeta, a su talento y a la inspiración, el lenguaje común recobra su auténtica vocación, que no es la función utilitaria de designar cosas, sino la expresión de lo poético.

A solas, en la noche, miro el cielo:

a la luna le falta tu mitad.

Que nos recuerda al fragmento que nos queda de un poema de Safo, con la misma estructura: de la contemplación del cielo pasa a su propia soledad, o más bien su soledad estaba escrita en el mismísimo cielo y ella la dice en voz alta.

Se han puesto ya las Pléyades y la luna,

es medianoche, el tiempo pasa,

y estoy durmiendo sola.

Tanto Pablo como Safo leen su propia alma en el supuesto silencio del cielo nocturno; y digo «supuesto», porque el cielo, como todas las cosas del universo, no está precisamente callado y es mucho más de lo que vemos a simple vista. «En cada cosita que Dios crio hay más de lo que se entiende, aunque sea una hormiguita», decía la mística de Ávila. Ese «más de lo que se entiende» es lo que se nos comunica en la inspiración y lo que permite a las cosas ser símbolo en nuestra alma, donde tienen una segunda existencia: en el alma de Safo y Pablo, la luna en la noche les habla de amor y soledad, y no sólo porque ambos compartan el mismo horizonte cultural, sino porque la luna y la noche tienen esas cosas.

En estos dos versos de Pablo Moreno brilla además uno de los servicios más bellos que nos presta la poesía: convertir las cosas en portavoces de nuestra alma. En la buena poesía, al menos en la que más me gusta, no hay una inteligencia explicándonos una idea, sino que son las cosas las que la expresan gracias al lenguaje poético, que es connotativo y amplificador y expresivo; si no es a través de las cosas y con el lenguaje poético, el poeta no lograría tal profundidad y lucidez al desnudarnos el alma. ¡La de explicaciones en un lenguaje plano y designativo que se ha ahorrado el poeta diciéndonos que a la luna le falta «tu mitad»! Además, con la vía poética, el poeta es más respetuoso con la gratuidad inexplicable que es, como el universo mismo, cada cosa, porque no la acota en una explicación ni pretende desentrañarla, sino que la abre al misterio profundo (tal vez de amor) que nos hace posibles. En ese poema, la luna nos dice muchísimas más cosas del mundo y del alma del poeta que si este se hubiera limitado a decirnos que esa noche se siente solo.

De modo implícito, la luna aparece aquí humanizada; si así no fuera, no le faltaría a la luna «tu mitad» para estar completa. La prosopopeya en estos versos de Pablo Moreno es, más que una figura literaria, el reconocimiento de una verdad que se nos olvida y que los niños tienen muy presente: que la naturaleza está ahí en relación con nosotros, que hay una dirección no sólo de nuestra psique a ellas sino de ellas a nosotros y que están deseando hablar; y, por tanto, personificarlas es algo más que una fantasía: es hacer visible esa capacidad que las cosas tienen de decirnos cosas de nosotros mismos, a la vez que nosotros somos capaces de decir cosas de ellas.

Y todo ello en dos versos, donde me parece que confluye la luz de todo el poemario.

Segundo tiempo (Númenor, Cuadernos de Poesía, 2025) | Pablo Moreno Prieto | 64 páginas | 14,25 euros

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