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Sueños son

LG00144601

 

Los sueños

Naguib Mahfuz

Alianza, 2014

ISBN: 978-84­-206-8477-2

382 páginas

22 €

Traducción de Mariano Antolín Rato

 

 

 

Ilya U. Topper

El título engaña. Cuando un escritor le pone a un libro suyo un título como Los sueños, lo mínimo que te esperas es que se le ha ocurrido lanzar su propia excursión hacia los paisajes oníricos de la narración. Lo que no te esperas es que el autor te esté contando, simple y llanamente, sus sueños.

Los de verdad, digo. Este libro recoge lo que realmente soñó Naguib Mahfuz, noche tras noche, durante la última época de su vida. O eso parece. Desde luego no lo sé, no lo sabemos, ¿cómo va a saberlo alguien? Vayamos, pues, a la definición de Erich Kästner: un relato, aunque no sea verdad, sí es verídico si podría haber transcurrido realmente tal cual. En este sentido, los sueños de Mahfuz son verídicos, porque realmente no podrían haber transcurrido, sólo pudieron soñarse.

¿Que si están novelados, incluso más bien reiventados? Es de entrada imposible contar un sueño, y mucho menos fijarlo en palabras impresas, sin tratarlo literariamente, repensarlo, reinventarlo. Pero estos sueños mantienen un rasgo esencial: no tienen sentido.

No son minirrelatos. Crean una atmósfera, sí, narran una sensación, incluso una acción, una fiesta o persecución, pero luego nos dejan a medias. No hay desenlace, ni moraleja, no se sabe qué quiere decirnos el escritor. Porque, obviamente, él no lo sabe tampoco. En eso consisten los sueños.

A falta de buscarles sentido, podemos buscarles vueltas. Es llamativo el reiterado ambiente de burócratas que evoca Mahfuz, funcionario de Cultura (incluso de censura) toda su vida: la mitad de los sueños transcurren entre despachos, oficinas, pasillos, intrigas de promoción y superiores jerárquicos. Y sí, alguna vez creemos reconocer en estas breves escenas un guiño satírico, una crítica social, una parodia de la burocracia egipcia que, si la leyenda negra de la Mogamma tiene un diez por ciento de base real, debe de ser la peor del mundo.

También aparecen con frecuencia la casa de la infancia, la madre y las hermanas, que es algo que pasa en las mejores familias, y sí: unas cuantas novias. Y otras tantas amantes. Y algunas chicas luminoso objeto de deseo. Al menos, por muy funcionario que fuera, Naguib Mahfuz parecía enamorarse, como corresponde a un escritor.

Los mahfuzíes tendrán tarea para desmenuzar las escenas y rastrear cameos de mujeres que quizás aparecieran en otras obras del autor, o en su vida real. Excepción hecha de dos o tres dirigentes políticos, especialmente el nacionalista Saad Zaghloul, prácticamente todos los personajes son anónimos o identificados sólo con una letra inicial. En el epílogo, Raymond Stock ya da inicio a esta apasionante afición de cazafantasmas, y nadie mejor que él, puesto que conocía personalmente a Mahfouz y a sus amigas de juventud.

Yo, que aún no he tenido oportunidad de hacerme mahfuzí, me quedo con el retrato del Egipto de la clase media de mediados del siglo, con esas alegrías que todas suenan un poco a trampa y cartón, esas fiestas en las que en el fondo uno tiene miedo a la multitud, esas pequeñas miserias que suelen hacerse gigantescas en la última línea del relato. No sé si Naguib Mahfuz debería haber titulado el libro “Sueños” o “Pesadillas”.

No hay notas a pie de página, que se agradecerían bastante en esta obra, en la que el escritor prescinde de dar explicaciones sobre ciertos lugares, personajes o conceptos, bien conocidos para su público. Afortunadamente, en gran parte esa carencia la suplen el prólogo y el epílogo, que incluso conviene leer antes. Ambos, aunque los dos textos son en gran parte idénticos. Es un rasgo algo extraño de la edición española, basada en dos libros distintos, publicados en inglés, ambos en la traducción de Stock y bajo su cuidado, con sus correspondientes introducciones.

Sí, han leído bien bien, en España no tenemos traductores para trasladar directamente de su idioma original los textos de un premio Nobel árabe. Eso de aprender idiomas no va con nosotros (o no va con nosotros pagar a alguien para que los use, una vez que los haya aprendido). Hay que reconocer que el traductor se ha esforzado, y menos lo del Lesser Bairam (‘Aid Sghir’, la Fiesta Menor, es decir el fin de ramadán, que se llama ‘bairam’ en turco y en inglés, pero no en árabe; Sueño 185) no hay patazos. Y desde luego, difícilmente se podría encontrar a alguien mejor que Raymond Stock para acercarnos a la obra de Mahfuz, aunque para eso haya que mantener el prólogo desdoblado.

En fin, si a ustedes les gusta Mahfuz, busquen el libro. No permiten que estos detalles de edición les quiten el sueño.

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