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Tánger a veces duele

ROCÍO ROJAS-MARCOS | Tánger y la literaria, su literatura, son inseparables. El listado de obras que de forma sostenida nos van llegando es constante. La lista de publicaciones en ocasiones nos desbordan, pero hay veces que entre tanta avalancha de libros encontramos uno que nos sorprende, que se adentra con las palabras precisas en una mirada diferente hacia esa ciudad de Tánger que a tantos nos ha servido de espacio en el que encontrarnos si algún día nos perdemos,  de asidero al que aferrarnos. Algo de eso hay en las calles del Tánger de El Moumni. Una ciudad hostil para la protagonista, dura, difícil de salvar, pero también difícil de olvidar. Pues, a fin de cuentas, ahí está su pertenencia, de ahí vienen los primeros recuerdos de la infancia, los primeros enamoramientos adolescentes, las primeras salidas con amigas. En ese maremágnum de recuerdos, agravios, ruido atronador y atosigamiento es donde ha vivido esta mujer que ahora intenta reencontrarse a sí misma inventándose un nuevo sitio en el mudo. El problema es que ese es un lugar al que le falta todo lo demás: la vida de verdad, la que abarrota las calles y atrona por las noches.

Estas páginas son un alegato por la libertad, un grito ante tanta violencia y desprecio estructural hacia las mujeres, pero también un canto de amor a una ciudad única. Una ciudad en la que todo puede hacerse real, en la que una calle puede ser el paraíso y el infierno de cualquiera de nosotras. Una ciudad en la que los olores a vida en movimiento se mezclan con la palabra obscena escupida a la cara. Todo eso está condensado en las páginas de este libro que tenemos entre manos. Salma El Moumni quiere decirle adiós a un Tánger que le hace la vida imposible a muchas mujeres que intentan ampliar su espacio vital, que lo defienden con uñas y dientes, pero El Moumni también es consciente de que nunca podrá salir definitivamente de esas calles, porque forman parte de su esencia: “Solo piensas en Tánger, tratas de darle vida a las palabras, ana min Tanya, soy de Tánger”, leemos casi al final de la novela, cuando la protagonista está recapitulando, haciendo un resumen de los últimos meses de su vida en huida de una realidad que quería dejar atrás, porque ahora, al repetirse la frase ana min Tanya, se le revela evidentemente como una imposibilidad. Ella es de Tánger y con eso tiene que aprender seguir viviendo, porque su Tánger, como el de cualquiera de nosotros, no va a desaparecer nunca. Tánger está y seguirá estando ahí siempre a pesar de todos sus peros.

Además, toda esta toma de conciencia individual va a verse contrapuesto con el conflicto de identidad al que tiene que enfrentarse la protagonista de estas páginas cuando, al intentar inventarse una nueva vida, va  a ser constantemente cuestionada, observada con lupa para pillar la palabra mal pronunciada en francés y concluir que el problema ese, su origen la marca a fuego y de eso no se libra nadie. Nos dicen estas páginas que al cruzarse por las calles de Francia dos magrebíes uno de ellos pensará “hadi dialna, esta es de las nuestras” y en ese momento es cuando todos los fantasmas de la protagonista toman forma corpórea, cuando tiene que enfrentar su ana min Tanya con el hadi dialna del que la mira desde fuera. Cuando la primera persona del plural intenta aplastar a la primera del singular y eliminarla, borrar la identidad individual y convertirla en un nosotros que todo lo tapa. Por esos vericuetos bañados por el Mediterráneo es por donde deambulan estas páginas.

Adiós, Tánger (Sexto Piso, 2025) | Salma El Moumni | Traducción de Palmira Feixas | 128 páginas | 17,90€

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