
ILYA U. TOPPER | No me gusta Ivo Andric. Ya sé que es un clásico y, además, un clásico histórico, que, en virtud del tiempo transcurrido, se encuadra en la categoría de autores que, a diferencia de los clásicos contemporáneos, gozan de inmunidad ante las valoraciones literarias personales. Puedes pensar y decir que Salman Rushdie es aburrido, pero de Dostoievsky ¿cómo vas a opinar?
También soy consciente de que no me he leído la magna obra de Ivo Andric (1892—1975), El puente sobre el río Drina (1945). La verdad es que la tuve en manos una vez, la abrí al azar, me leí la página, o las dos o tres páginas, en las que Andric describe de forma detallada y realista la práctica de tortura por empalamiento y la volví a cerrar. Soy así de sensible.
La escena del empalamiento no sale, afortunadamente, en ‘El puente sobre el Zepa’, el relato de 11 páginas recogido en la colección El patio maldito (Xordica, 2025), que reúne 16 piezas cortas de Ivo Andric. El cuento, escrito en 1925, es un obvio precursor de la citada obra magna, una especie de bosquejo, curiosamente protagonizado por un puente distinto: el río Zepa, en realidad apenas un riachuelo de montaña, existe y desemboca en el Drina 20 kilómetros río abajo de Visegrad, donde se yergue el famoso puente del Drina. El pueblo de Zepa existe igualmente, y existe en fotos de satélite también el puente, perdido en la naturaleza, una obra de ingeniería otomana de medio milenio de antigüedad que da servicio a una aldea que hoy cuenta con 133 habitantes. Este precisamente es el enfoque del cuento de Andric: «Ni el lugar consiguió armonizarse con el puente, ni el puente con el lugar». Una obra humana que le viene grande a su entorno. (Para los frikis quede apuntado que el puente que vemos hoy no es exactamente el que construyó el arquitecto otomano ni el que describe Andric, solo casi: para salvarlo de la desaparición bajo las aguas del embalse del Drina se desmontó en 1966 y se reconstruyó un par de kilómetros riachuelo arriba).
El cuento es simpático, en todo caso, y podemos intuir que la decisión del traductor, Marc Casals, de llamar alarife al arquitecto (del árabe al-arif, el que sabe) refleja el lenguaje de Andric, seguramente más trufado, por época o por intención, de vocabulario otomano que el serbocroata actual. Porque alguna vez, la condición de clásico se adquiere también por eso: ser uno de los principales escritores en una fase temprana de estandarización de un idioma como lengua literaria; el serbocroata en este caso. Al igual que no cabe imaginar la literatura española sin El Quijote, no se concibe una literatura balcánica sin Ivo Andric.
Lo peor es que esto no se limita al aspecto lingüístico. El último escritor bosnio al que comentamos aquí, Bekim Sejranovic (1972—2020), recoge una cita de Andric en De ningún lugar a ninguna parte, que resume su filosofía: «La insatisfacción conmigo mismo, en primer lugar, y luego con todo lo demás en el mundo, ha sido y sigue siendo la base de mi ser espiritual». Podría figurar como lema también en la obra de cualquier otro escritor posyugoslavo que haya leído: transmiten desazón, desarraigo, destrucción. Algo que siempre he achacado a la terrible guerra civil que sufrieron, por supuesto capaz de dejar trastocado a cualquiera. Pero Ivo Andric no sufrió ninguna guerra civil, sufrió menos guerra que gran parte de sus coetáneos europeos, y aún así decidió reflejar en su obra una sociedad en continuo conflicto, exceso, tortura, pesadilla, insensatez y violencia.
No sé si los serbios, croatas, bosnios y demás vecinos son así, pero así los ha decidido retratar, fijar en la memoria de la humanidad y en la de su propio pueblo, Ivo Andric. Eligiendo para ello un algo difuso pasado otomano, que a ratos no sabemos si ubicar en el siglo XVI o en el XIX o en alguna parte intermedia: no parece que importe. Lo ejemplifica muy bien el volumen que nos ocupa, El patio maldito.
El primer cuento retrata el errar del legendario espadachín otomano Alija Dzerzelez, borracho, atontado, bruto y desmesurado, toda una caricatura de héroe solitario fácil de engañar si le dices que una mujer lo ha mirado de lejos. El segundo narra el insomnio de otro combatiente otomano, Mustafa Magiar, al que las crueldades de las guerras vividas le quitan el sueño hasta el punto de que solo consigue ya descansar si masacra a inocentes, verbigracia a algún monje cristiano. El tercero traza los dos traumas perpetuos que persiguen hasta su lecho de muerte, apacible y en olor de santidad, al maestro sufí Ali dede: haber visto, de niño, una niña ahogada, y haber visto, de joven, ya monje, a una mujer perseguida.
‘La sed’ es un relato sobre la mujer de un comandante policial que por fin consigue atrapar a un famoso bandolero y para hacerlo revelar los secretos de la banda lo somete a la tortura mediante la sed. Una muy conseguida, y por lo tanto espantosa manera de asociar el sexo al padecimiento y dolor. La historia del ‘Milagro en Olovo’ relata una peregrinación de una familia campesina a un santuario de la Virgen con aguas milagrosas para curar a una muchacha débil y casi paralítica; no niego el valor literario de quien sabe crear una vuelta de tuerca tan aterradora sobre el efecto del agua y «la sonrisa ancha y malsana que transmitía goce sensual» al cabo de apenas 8 páginas de sostenida construcción de expectativa. No me gusta, que es distinto.
Destaca como diferente, casi contemporáneo, el relato, costumbrista en el buen sentido de la palabra, cargado de realismo social, incluso de crítica social, de dos muchachas de buena familia que se encuentran en el pobre campo bosnio a una niña mordida por una serpiente. Y luego vienen siete relatos que todos giran en torno al monasterio franciscano de Kresevo. Un florilegio o anecdotario de encontronazos con las autoridades turcas, absoluciones a bandoleros de crueldad inconfesable, historias del salvajsmo otomano en Siria y el no menor de sus adversarios, bromas entre frailes y el ora et labora de los espíritus simples con poca conciencia del pecado. Con algo menos de filosofía que el San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, algo menos sospechoso de ánimo evangelizador que una película de José Luis Garci y con bastante menos gracia que el costumbrismo gallego de Camilo José Cela.
El relato largo (100 páginas) que da título al volumen, El patio maldito, sobre una cárcel en Estambul, vista a través de los ojos de un fraile franciscano arrestado, figura en las enciclopedias como una obra maestro de Andric, y desde luego deja huella, especialmente gracias al perfil magistral del aterrador dirigente de este microcosmos, el pérfido Karagöz, experto en hallar culpable a cualquiera que caiga en sus manos («¿Que eres inocente, dices? Pues es una verdadera lástima, pues aquí culpables tenemos para dar y tomar. Justo por eso nos hace falta un inocente y no puedo dejar que te vayas»). Pero el texto no llega a formato de nouvelle, porque no cumple la condición de ser de una sola pieza, estructurada alrededor de un único argumento con desarrollo preciso hasta el final. La historia de Karagöz y su reino de terror psicológico, excelente metáfora de una burocracia despiadada que podremos reconocer aún hoy en muchas autocracias, parece apenas el marco para contar la historia del joven Camil, encarcelado por estudiar con demasiada entrega la biografía de Cem (1459-1495), pretendiente al trono contra su hermano Bayezid II y rehén durante una década larga en Francia y en la corte papal de Roma (y las desventuras de Camil parecen apenas el marco para contarnos la historia de Cem y las intrigas geopolíticas del siglo XV). El elenco de presidiarios extravagantes, caricaturas de la condición humana, aligera pero a la vez diluye la idea guía del relato, que aún así queda literariamente por encima del resto.
Como pueden imaginar, a excepción de las muchachas de ‘La serpiente’ y la mujer sin nombre de ‘La sed’, las figuras femeninas están prácticamente ausentes de este volumen o reducidas a un perfil de oscuro o pálido objeto de deseo. Una tierra sin mujeres, de hombres sin mujeres, como diría Hemingway. Una tierra de conflictos, eternos conflictos humanos, y de violencia. Me pregunto a ratos si Ivo Andric no solo ha marcado la literatura de los Balcanes sino la propia autopercepción de sus habitantes. Es lo que tiene un clásico: marca para generaciones, y no sorprende que le dieran el Nobel (1961). No digo que no lo merezca. No me gusta, que es distinto.
El patio maldito (Xordica, 2026) | Ivo Andric | Traducción de Marc Casals | 390 págs. | 24,95 €