
LUIS ANTONIO SIERRA | Independientemente de dónde miremos en el orbe, todos los países – o casi todos –tienen algún capítulo en su historia que podríamos calificar como vergonzoso, deleznable, … (añádase el calificativo que se desee y que describa crímenes de lesa humanidad que impliquen la desaparición forzosa de personas). La lista es interminable, y dentro de ella, tenemos casos muy conocidos como el de los Jemeres Rojos en Camboya, las purgas estalinistas en la extinta Unión Soviética, las juntas militares en Argentina, la dictadura de Pinochet, la guerra de los Balcanes de los años noventa del siglo pasado o, por supuesto, la dictadura fascista-franquista en España. En estos casos la motivación principal por la que se hace desaparecer a las personas es de naturaleza política, pero ha habido otros casos en los que las razones eran de otra naturaleza: moral, religiosa o racial (o todas a la vez). Uno de los casos más llamativos es el de Canadá donde decenas de miles de niños indígenas fueron separados de sus familias y enviados a internados a finales del siglo XIX y gran parte del siglo XX. Los niños que murieron y desaparecieron mientras asistían a estos centros a menudo fueron enterrados en cementerios no oficiales o en lugares de entierro anónimos. En España también tenemos capítulos de esta naturaleza – no nos privamos de nada por estos lares cuando se trata de desgracias –. Durante el franquismo y los primeros años de la democracia se cuentan por cientos los bebés robados a sus madres tras dar a luz y entregados a familias que querían adoptar. Otra suerte de desaparecidos.
Estos dos últimos casos están directamente emparentados con el libro que nos ocupa, La república de la vergüenza, escrito por la periodista Caelainn Hogan y cuyo subtítulo resume bastante bien el contenido de este trabajo de investigación: Cómo Irlanda castigó a las mujeres descarriadas y a sus hijos. En esta obra su autora nos habla de desapariciones forzosas, pero también de una industria estatal del miedo, del control de la moral por parte del estado irlandés con un agente colaborador implacable: la iglesia católica.
La raíz de toda esta trama estuvo en cómo gestionar el escándalo que suponía para la sociedad irlandesa el hecho de ser madre soltera. La solución: hacer desaparecer tanto a esas madres como a sus vástagos para evitar la vergüenza socio-familiar. Para ello, el estado irlandés, ante su incapacidad por falta de recursos para gestionar este asunto, recurrió a la institución que desde hacía siglos dirigía y controlaba el comportamiento moral del país, esto es, la iglesia católica. Así pues, el binomio estado irlandés-iglesia católica se convirtió en el mayor represor de su propia población. Esas madres solteras pagaron por su pecado no solo convirtiéndose en parias sino, por supuesto, también perdiendo a sus hijos e hijas que fueron dados en adopción (los más afortunados) o recluidos en las instituciones estatal-eclesiásticas en condiciones penosas que llevaron a miles de ellos a la muerte. Consciente de la inmoralidad de estos fallecimientos, estado e iglesia ocultaron los cadáveres en fosas comunes o cementerios anónimos.
Este escándalo, que salió a la luz hace ya unas décadas, nos lo recuerda la autora. De hecho, hay publicaciones que hablan de ello y hasta alguna película que aborda el tema como la producción angloirlandesa de 2002, Las hermanas de la Magdalena, escrita y dirigida por Peter Mullan. Probablemente, lo más novedoso del libro de Hogan es la gran cantidad de testimonios recogidos y lo que aportan; sobre todo, los de las víctimas: tanto esas mujeres que sufrieron, por un lado, el maltrato institucional de la iglesia y el estado, y, por otro, el estigma social, como sus hijos e hijas dados en adopción y que, cuando descubrieron sus orígenes, comenzaron la búsqueda de sus madres (con mayor o menor suerte) o incluso aquellos que crecieron en las instituciones. También son muy interesantes – por esquivas en la mayoría de los casos – las aportaciones de religiosos y religiosas que dirigieron o trabajaron en las lavanderías de la Magdalena o los hogares para madres descarriadas. Algún pequeño atisbo de arrepentimiento se desprende de ciertas manifestaciones, aunque desgraciadamente la mayoría de las declaraciones de esas siervas de Dios reflejan una sorprendente amnesia o, lo que es peor, una falta de arrepentimiento flagrante; actitud, por otra parte, muy poco cristiana.
Aunque la república de Irlanda ha avanzado en cuanto a derechos sociales de forma más que evidente en las últimas décadas (derecho a la contracepción, al divorcio, al aborto, al matrimonio homosexual, etc.), sin embargo todavía existen capítulos de su historia más reciente que necesitan más dosis de transparencia, de información pero, sobre todo, una acción decidida por parte del estado para esclarecer todos esos espacios oscuros que todavía perduran, señalar sin ambages a los responsables de estas atrocidades y forzarlos a que reparen a las víctimas no solo de palabra sino de obra. Este libro sirve para ello. Además, ya va siendo hora de aprender de verdad de la historia para no repetir ni en Irlanda ni en ningún otro sitio este tipo de crímenes contra la humanidad.
La república de la vergüenza. Cómo Irlanda castigó a las mujeres descarriadas y a sus hijos. (Errata Naturae, 2025) | Caelainn Hogan | Traducción de Elena Pérez San Miguel | 326 páginas | 23,50 euros.