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Trotsky como excusa

LUIS ANTONIO SIERRA | Quienes estén mínimamente al tanto de la reciente historia política de Europa y la evolución de los movimientos revolucionarios de corte proletario, conocerán de sobra la figura de León Trotsky. Su papel trascendental en la Revolución Soviética, su oposición a Stalin, su paso por el gulag en Siberia, su expulsión de la Unión Soviética, su periplo por distintos países hasta recalar definitivamente en Méjico donde encontraría la muerte a manos del agente estalinista Ramón Mercader en agosto de 1940; todo esto ha hecho de este hombre uno de los personajes históricos más relevantes e influyentes dentro del pensamiento izquierdista. Mucho se ha escrito sobre él, tanto en el terreno ensayístico e histórico como en el literario. Dentro de este último campo, el cubano Leonardo Padura escribió El hombre que amaba a los perros, una bellísima novela que gira en torno al revolucionario soviético y su asesino. Dentro de esta misma temática narrativa, situamos un artefacto literario escrito a cuatro manos – algo realmente atípico – por Edurne Portela y José Ovejero, Una belleza terrible.

Aunque Trotsky no es el personaje principal de la novela, sí es el eje alrededor del cual se desarrolla la misma. El ucraniano es, asimismo, la excusa para presentar a una serie de personajes que orbitaron a su alrededor, sobre todo durante sus distintos exilios (sobre todo el turco y el francés) aunque también después de su asesinato. Como si se tratara de un thriller político al uso, dichos personajes se mueven entre las filias y las fobias de su amado líder, en la sospecha continua sobre la posibilidad de la traición y la delación, o en las huidas hacia adelante. Pero estos individuos no son solo animales políticos, también son gentes dueñas de sus miedos, de sus propias maneras de afrontar la vida, o de sus modos de relacionarse tanto en el espacio público como en órbitas más íntimas, más privadas.

En realidad, esta novela, aunque Trotsky se sitúe en el trasfondo, tiene otro centro de gravitación y no es otro que el revolucionario francés, Raymond Molinier, mano derecha durante un tiempo de Trotsky y posteriormente apartado por este debido a diferencias ideológicas y otros factores. Molinier fue de todo: espía, empresario circense, estafador, o falsificador, entre otras cosas; pero también fue padre de una larga saga de vástagos – sobreviviendo a la mayoría de ellos –, seductor empedernido. Aunque, sobre todo y ante todo, fue revolucionario hasta prácticamente el final de sus días. Alrededor de este personaje descubrimos a otros no menos relevantes para la narración de este libro como son, por ejemplo, Jeanne Martín de Pallières, Vera Lanis o Elisabeth Käsemann. Estos conforman un entramado de relaciones ideológico-sentimentales que dan sentido y empaque a la novela.

Hasta aquí el contenido – sin destrozar – de la narración para los potenciales lectores. Pero también debemos hablar sobre la forma escogida para escribir este libro, o sobre el hecho de compartir la creación, algo bastante inusual – por no decir marciano – en el mundo de la literatura donde el individuo es quien marca el estilo personal, su marchamo propio y singular. Es común encontrar varios autores en obras de tipo ensayístico o científico, pero no cuando se trata de escribir sobre ficción. Podríamos atrevernos a afirmar que este libro se sitúa a medio camino entre la ficción y el ensayo justamente por la naturaleza de los acontecimientos que narra y, tomando ese hecho como excusa, se puede incluso asumir de alguna manera esa autoría compartida. Existen, además, momentos en los que los autores se salen directamente de la historia para adentrarse en un diálogo con el lector en el que reflexionan sobre el proceso de escritura, las dudas sobre este, lo que implica el trabajo compartido, el proceso de documentación, etc. A nuestro juicio, estos paréntesis en la narración cortan el ritmo narrativo y, por lo tanto, corren el riesgo de provocar en el lector cierta pérdida de interés. Probablemente, estas aclaraciones, estas notas, podrían haber encontrado mejor acomodo como epílogo.

Aunque este reseñista no tiene ninguna autoridad para prescribir estilos o maneras narrativas, lo que sí quiero señalar como lector es que, conociendo la obra de Edurne Portela, la noticia sobre la escritura a cuatro manos levantó en mí cierta suspicacia cuando llegó a mis manos Una belleza terrible. Estos recelos fueron confirmados después de leer el libro. La frescura narrativa de la de Santurce, la verdad dolorosa que transmite la autora de Mejor la ausencia, no se encuentran en este libro. No podemos ser tan claros respecto a José Ovejero porque este reseñista, por desgracia, no ha tenido todavía la ocasión de sumergirse en su obra – cuestión que será remediada próximamente.

Aun así y a pesar de estos reparos, sigue siendo una delicia leer este libro y esperemos que sirva también para dar a conocer episodios de nuestra historia política contemporánea. Episodios que, por otra parte, nos ayudan a situarnos para poder así dar la batalla cultural y política que la ultraderecha está planteando desde hace unas décadas y de la que, de momento, está saliendo bastante airosa, algo que no podemos permitir.

Una belleza terrible. (Galaxia Gutenberg, 2025) | Edurne Portela y José Ovejero | 344 páginas | 21 euros

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