0

Un libro conduce a otro y etcétera

ELENA MARQUÉS | Tenía mi hija la tonta edad de 19 años cuando vio la película de Luca Guadagnino Call me by your name. En ella se contaba la historia de amor de un jovencísimo, ternísimo y guapísimo Elio Perlman, protagonizado por Timothée Chalamet, y el algo mayor Oliver No-me-acuerdo, el también apetecible Armie Hammer.

La cinta tuvo un gran éxito, y no solo entre los adolescentes, y recuerdo haber leído por aquella época que su aceptación tenía mucho que ver con que hacía brotar en todos recuerdos de nuestro amanecer al deseo y la sexualidad; algo que hemos tenido que manejar con toda su carga de expectación, dolor y desconcierto. A ello se añadía el ingrediente «aventura de verano», con su plus de romanticismo y libertad; el excepcional espacio en que se desarrolla; y las características del protagonista, al que no le faltaba un perejil de belleza, cultura y sensibilidad. De la música tampoco me acuerdo ahora mismo, aunque por lo visto también acompañaba muy bien a la historia.

Mi hija, que toca el piano casi tan bien como el Elio de la ficción, siempre ha sido una cinéfila empedernida, y es el séptimo arte el que habitualmente la conduce a otros senderos estéticos. Cuando ve una película cuya banda sonora la arrebata, busca las partituras y la toca sin parar. De hecho tuvimos que «sufrir» el vals de Amélie durante años sin término. Del mismo modo, su rendición a Forrest Gump la condujo a leer el libro de Winston Groom, y lo mismo ocurrió con la historia de Elio y Oliver. Así que, junto a toda la saga de Harry Potter, en su biblioteca luce el tomo de André Aciman, en el que está basada la película, con el cartel de las dos cabecitas entrelazadas a modo de llamada publicitaria en la cubierta. Las dos cabecitas adornan también el armario de su cuarto, porque la niña, que no sale a su madre (parece que estoy intentando casarla), es también buena pintora y mejor dibujante.

Sirva todo este largo preámbulo para explicar la concatenación de circunstancias que nos llevan a elegir a veces nuestras lecturas, pues un día cualquiera pasé por la librería, vi Lejos de Egipto, del escritor estadounidense nacido en tierra de faraones, en cuya contracubierta hablaba de una «infancia en la espléndida y multicultural Alejandría» (justo acababa también de recorrer la tetralogía de Lawrence Durrel, después de ver todas las temporadas de la serie que sitúa a su familia en la paradisiaca isla de Corfú, y me había brotado una necesidad imperiosa de visitarla), recordé el amargo y conmovedor llanto de Timothée-Elio al final de aquella película, y me lo llevé junto a lo que fuera en ese momento a buscar. De esa forma la obra de Aciman pasó a alimentar el rimero de libros que algún día leeré, aunque aún no se ha dado el caso porque el hombre propone y Dios dispone y no por mucho madrugar se tiene tiempo para lo que uno quiere.

Pero el hecho de que Lejos de Egipto esté publicado por Libros del Asteroide, que escoge cuidadosamente su catálogo; que se anuncie como unas «inolvidables memorias familiares donde renace el esplendor de un mundo desaparecido», para alguien a quien la decadencia y el diletantismo le provocan una extraña sensación de eternidad; que una tal Michiko Kakutani, referencia en la crítica literaria estadounidense (yo la acabo de conocer), compare algunas de sus escenas con lo mejor de García Márquez y de Chéjov, dos de las debilidades de una servidora; que quien redacta la contracubierta tenga el tino de hablar de ecos proustianos y enumere en el elenco de personajes a un tío fascista «Soldado, viajante, estafador, espía» (ese es el título del primer capítulo), dos abuelas capaces de parlotear en seis idiomas, incluyendo el ladino, y una madre sorda y de armas tomar (más o menos como la mía); que otro de los capítulos se titule «Los lotófagos», con esa referencia a la Odisea y a esa permanente errancia por el mediterráneo rumbo a Ítaca, otro destino que se añora tanto por Homero como por Kavafis; que asistamos a «El baile del centenario» (aún no sé el centenario de qué), evento que intuyo majestuoso y de nuevo cinematográfico, me hace pensar que no voy a querer abandonar estas páginas en mucho tiempo. Quizás el verano, con independencia de lo que Dios disponga y lo mucho o poco que madrugue, sea el mejor momento para sumergirse en ellas; para conocer una ciudad que posiblemente tenga más de mito que de verdad, pero que no puede ser más literaria y añorada. Además, con este calor que ahora mismo arrastramos no creo que sea difícil sentirse durante el trayecto en la legendaria tierra de las pirámides.

Lejos de Egipto (Libros del Asteroide, 2021) | André Aciman | 352 páginas | 22,95 euros | Traducción de Celia Filipetto

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *