
ELENA MARQUÉS | La última vez que fui a Venecia me acerqué, como un viajero más, a la librería Acqua Alta; un laberinto de papel y gatos que esconde tantas historias como leyendas. Me sentí extraña en un mundo que, en teoría, me era tan cercano. Entrar en una librería supone un acto personal y único en el que se espera algún encuentro inesperado y gratificante, pero en este caso lo que atestaba el recinto eran grupitos en fila para hacerse un selfi junto al canal en una escalera hecha de papel apelmazado y seguramente mucho moho.
No voy a decir que me decepcionara la visita. Hoy en día son muchos los casos en que se mencionan en guías y folletos «librerías con encanto». Quien va a Oporto sin pasarse e incluso pagar por entrar en la que inspiró algún que otro escenario de Harry Potter o vuela a París sin aterrizar en la Shakespeare and Company es como si no hubiera estado allí. Todo se incluye ahora en los circuitos turísticos y hay que acostumbrarse a las esperas y las colas tanto para ver la Gioconda como para cumplir con ciertos ritos: meter la mano en la Bocca de la Verità, echar una moneda en la Fontana de Trevi, frotar el hocico del Porcellino. Basta que aparezca en un libro o en las redes para que un rincón secreto se convierta en espacio de dominio público.
Ricardo Álamo, profesor, crítico y escritor, entre otras muchas cosas, ha tenido la buena idea de ofrecernos una pequeña guía de librerías de lance de Sevilla, Cádiz y Jerez de la Frontera que, imagino, nunca aparecerán en esos manuales para turistas, lo que no deja de ser una bendición. Las páginas de ¡Libreros malditos, malditos libreros!, publicado primorosamente por Ediciones Colombre con perspicaces fotografías de Fabricio Olmedo y Juan Antonio Rodríguez Tous, nos descubren un mundo para unos cuantos elegidos; una clientela compuesta por bibliófilos, bibliómanos, coleccionistas y otras especies que tienen en los libros una pasión, en ocasiones una manía, casi una enfermedad. Para quien entra en uno de eso recintos atestados de anaqueles en aparente desorden encontrar la aguja en el pajar suele resultar un reto gratificante que, al cumplirse, conduce directamente al vacío, como si bastara la búsqueda para ser feliz y el hallazgo cerrara la puerta a la aventura.
Por eso Ricardo Álamo, que al final del volumen recoge un glosario para aclarar algunos términos relacionados con este mundo extraordinario, ha querido fijarse en quienes lo hacen posible, aquellos que se dedican a construir un espacio para su mercancía (a veces con fantasma incluido, como el establecimiento de Chencho en la ciudad del vino), a buscar lotes que comprar asumiendo todos los riesgos, a tratar con clientes fijos con ideas muy claras de lo que quieren, pero también con curiosos que pasaban por allí y se marchan encantados tras adquirir un clásico a precio de saldo. Resulta muy interesante conocer a algunos de estos libreros que heredaron el oficio, como la actual propietaria (Carmen) de Librería Baena, o a los que le surgió repentinamente la fiebre bibliófila; adentrarse en la mentalidad y el carácter de quienes abren cada mañana sus negocios sin tener la certeza de que alguien vaya a atravesar sus umbrales.
Porque cuando uno entra en uno de esos laberintos de papel suele encontrar a un dueño solitario y contemplativo, como si su vida se limitara a estar sentado entre su arsenal de celuloide mientras el tiempo transcurre fuera. Esa era mi impresión cuando, de joven, pasaba por alguno de esos establecimientos, en general oscuros, que se abrían en la ciudad. No conocía su desvelo para ofrecer la mejor mercancía, su necesidad de modernizarse (buena parte de las adquisiciones se hace hoy, como todas, on line), la defensa que han de emprender frente a entes individuales que no conocen el verdadero valor de cada ejemplar y, herederos de pronto de la biblioteca de un antepasado, se creen poseedores del mayor de los tesoros. Tras estos recintos con aspecto de almacenes, como «La cueva de Alí Babá» de Abelardo Linares o la gaditana Planeta ZOCAr, o, por el contrario, revestidos de la pulcritud de Old Maps & Prints de Laurence Shand, se esconde un ingente trabajo al que, aunque parezca mentira, aún hay profesionales que sucumben. No es, pues, un oficio en extinción, como pudiera parecer, y, además, los que últimamente se han sumado a él intentan crear verdaderos espacios culturales, como El perro, dirigido por el polifacético Pablo Gonz; el Espacio Colombre, con Pedro Gozalbes a la cabeza; o la librería Boteros, feudo de Daniel Cruz. No hace mucho, paseando por el barrio, descubrí uno de esos últimos libreros románticos en La escondía de Rodrigo García, cuando ya pensaba que nadie se embarcaría en semejante hazaña. Y a ellos se suman quienes recrean toda una época (léase el capítulo «El desván de la memoria», dedicado a Coleccionismo Don Cecilio) o compaginan su vocación librera con el mundo de la edición o el arte. Y es que, como concluye la cita de Belén Ruano con que se abre este libro, «Cada librería es como un universo que esconde un relato del mundo». Hay, pues, que agradecer a Álamo el trazado de este mapa para orientarnos en la narración del mundo.
¡Libreros malditos, malditos libreros! (Ediciones Colombre, 2025) | Ricardo Álamo | 368 páginas | 30,00 euros