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Un paseo por el amor y la culpa

REYES GARCÍA-DONCEL | En El buen mal se recogen seis relatos donde la autora no tiene miedo de internarse en los recovecos más perturbadores de la convivencia humana, allí donde lo cotidiano se vuelve amenazante y los vínculos —familiares, afectivos, sociales— revelan sus aristas más siniestras. Las historias oscilan entre lo real y lo fantástico, nos descubren los monstruos de la vida cotidiana: el suicidio, la mudez, el accidente fatal, el tedio…, compartiendo todas el mismo clima de incertidumbre, tanto por lo dicho como por lo silenciado, mientras ofrecen a la lectora una falsa sensación de seguridad que desaparece al final de cada texto.

Cuatro relatos están narrados por mujeres en primera persona; uno adopta la voz de un niño; y el último en tercera persona narra la historia de una mujer. El entorno preferido es el de las relaciones paternofiliales: padres, madres e hijos protagonizan tragedias marcadas por la culpa, la vergüenza, el rencor y la imposibilidad de comunicarse. Los personajes se encuentran siempre al borde de un precipicio, dominados por el presagio de una tragedia inminente e inevitable. Y a menudo rodeados de extraños testigos que presencian de cerca el drama, pero que solo sirven para añadirle más desasosiego.

El libro comienza con Bienvenido a la comunidad, la historia de una madre de familia que intenta —y quizá logra— suicidarse por ahogamiento en un lago. Tiene dos hijas, un marido y una vida aparentemente completa, pero nada de eso basta porque se nos plantea —a través de un vecino supuesto testigo de su intento suicida— una realidad incómoda: el amor por sí solo no basta, sin embargo la culpa funciona como un recurso más eficaz para obligarnos a seguir viviendo. La narración discurre entonces como un juego cruel entre dos extremos: la responsabilidad y el deseo de desaparecer, mientras la protagonista se percibe a sí misma como una mujer «anclada siempre en el mismo lugar».

En Un animal fabuloso dos amigas arquitectas, que no se han visto desde hace tiempo, conversan por teléfono sobre el accidente del hijo de una de ellas. El diálogo se despliega con una delicadeza extrema, las palabras avanzan con cautela como si hablar demasiado pudiera agravar el dolor y la herida: «quizá esta sea la última vez que hablemos, de esto se trata esta llamada». El paralelismo entre la muerte del hijo en el patio de su casa, y la de un caballo —animal con el que el niño se identificaba en sus fantasías— en ese mismo momento en la calle, introduce un matiz perturbador, como si esta última muerte, «todo ese tiempo yo me quedé donde estaba, abrazada al animal», fuera más importante y lo imaginario se impusiera a lo real.

En William en la ventana una escritora argentina se encuentra en China becada junto a otros autores internacionales. Los días avanzan tranquilos, hay sencillas escenas domésticas, amistades y anécdotas compartidas… Sin embargo, la muerte se filtra de manera silenciosa: un gato y una enfermedad no dicha sobrevuelan la cotidianidad, a la vez que sonidos, marcas y huellas funcionan como la presencia de quienes ya no están.

El ojo en la garganta es uno de los cuentos más conmovedores y también perturbadores del conjunto. La voz narrativa pertenece a un niño marcado por un terrible accidente doméstico que le ha condicionado su capacidad de comunicación y por tanto su relación con el mundo. La mirada infantil expone los miedos, los errores y, de nuevo, las culpas de los adultos, mientras construye un universo familiar angustioso rodeado, una vez más, por testigos inquietantes. Como en otros relatos, la tragedia se instala sin estridencias, plasmándose en una diaria, terrorífica y muda llamada nocturna.

El relato La mujer de Atlántida se sitúa en un pueblo de la costa y narra la historia de dos hermanas que siendo niñas se cuelan por las noches en la desordenada casa de una mujer alcohólica, rodeada de botellas y libros, una supuesta poeta marginal. La muerte por ahogamiento de la hermana mayor convierte ese recuerdo en una herida persistente que reaparece años después en forma de Sra. Pitis en la peluquería del pueblo porque parece que el pasado para Schweblin, nunca termina de irse.

Cierra el libro El superior hace una visita, en el que una anciana se escapa de su residencia, y la hija de otra paciente se hace cargo de ella —quizás por remordimiento de no cuidar debidamente a su propia madre—, sin saber que al introducirse en sus relaciones familiares también lo hará en una violencia brutal a cargo del hijo. El escenario es una noche interminable donde la autora consigue mostrar con veracidad la progresiva degradación de la situación: «ver esa cara al revés, desde arriba, era como ver la parte de abajo de un gusano gigante».

Schweblin domina la tensión de forma inteligente y calculada, con una prosa sin artificios ni ornamentos, pero increíblemente perturbadora. Utiliza las historias como vehículo para explorar nuestra relación con el tiempo (el pasado pervive en el presente) así como la dualidad amor-culpa. El título del libro es un oxímoron que alude a un mal necesario, a decisiones que benefician y dañan a la vez, a castigos que alivian el sufrimiento, a comportamientos imposibles de evitar y de consecuencias también ineludibles.

Este libro deja tras su lectura un profundo poso de reflexión, a la vez que confirma la maestría de una de las voces más importantes de la narrativa argentina contemporánea.

El buen mal (Seix Barral, 2025) | Samanta Schweblin | Premio Biblioteca Breve | 192 páginas | 19,9 €

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