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Un pueblo de murmullos y ceniza

ELENA MARQUÉS | Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo pidió en su lecho de muerte, y yo le prometí que vendría a cobrarme el olvido en el que nos tuvo. Pero si hubiera sabido lo que me esperaba al bajar por ese camino donde el calor parece no dejar respirar me habría quedado lejos.

Llegué hasta aquí persiguiendo una ilusión, pero me encontré con un pueblo desierto ahogado por rumores y susurros. Los recuerdos parecen flotar en el aire caliente y se te meten en la cabeza sin permiso. Se ve que no estoy entrando en mi tierra, sino en el mismísimo purgatorio.

Porque al principio uno cree que camina por un sitio real. Te encuentras con arrieros en el camino, con mujeres que te dan posada, con viejos que dicen haber conocido a tu familia…

Pero Comala no es un pueblo: es un eco. Cada página es un fragmento de la historia que va y viene en el transcurrir de los mitos. No busquen una línea recta, porque el tiempo aquí está atrapado en un círculo de tierra seca. Los días se rompen, las voces se mezclan, y el lector debe orientarse entre recuerdos y fantasmas. En un momento estás escuchando la crueldad y los amores de mi padre cuando era dueño de la Media Luna y al siguiente despiertas con el frío de la tumba.

Sí, queridos lectores, este libro no es más que el reflejo de mi propia condena y no se sigue con los ojos: se escucha con los oídos bien atentos porque está hecho de purititosmurmullos. Los muertos hablan aquí con la misma naturalidad que los vivos, y los silencios importan tanto como las palabras. Porque, además, lo extraordinario nunca se presenta como extraordinario. En Comala la muerte es simplemente otra forma de conversación.

Y todos sus personajes, de un modo u otro, siguen hablando y girando alrededor de mi padre, Pedro Páramo, al que algunos recuerdan con miedo; otros, con rencor. Se ve que ninguno ha conseguido escapar de su sombra.

Entre esas voces escucho con claridad la del padre Rentería, un sacerdote derrotado por su propia conciencia. Lo veo debatirse entre la compasión y la cobardía, incapaz de enfrentarse al poder de mi padre. Sus remordimientos pesan tanto como las culpas de quienes acuden a confesarse. Posiblemente ese peso es lo que lo conduce a marcharse con los revolucionarios, pero tampoco allí encuentra una respuesta clara. Después de años sometido al poder de Pedro Páramo, el sacerdote parece buscar en la revuelta una forma de aliviar su conciencia. Uno quisiera creer que todavía es posible reparar algo, pero en el mundo de Pedro Páramo ni la religión ni la revolución logran rescatar a Comala de su destino.

También escucho a mi hermano Miguel Páramo, hijo de Pedro y heredero de su violencia. Sus atropellos y abusos recorren el pueblo como una leyenda oscura. Es el ejemplo más claro de cómo el poder puede corromperse cuando nadie se atreve a ponerle límites.

Y luego a Susana San Juan, la figura más extraña y fascinante de la historia. Mientras los demás personajes permanecen atados a la tierra, a las deudas y a los recuerdos, ella parece vivir en otro mundo, encerrada en sus propias visiones. Mi padre la ama con una intensidad obsesiva, pero ni siquiera él, con todo su poder, puede alcanzarla. Da la impresión de que Susana pertenece más al sueño y a la muerte que a la vida.

Algunos dicen que lo que más duele de la lectura de este libro es el aire que falta.Aunque tampoco a los muertos les es necesario. Pero es verdad que su autor logra que sientas el ahogo, la falta de esperanza de un lugar que fue destruido por la codicia y eldespecho. Porque Pedro Páramo no solo me dio la vida a mí y a medio territorio: nosotorgó también el látigo de su maldición.

Ah, y, no contento con el esto, el autor, un tal Juan Rulfo, prolongó este ambiente fantasmal en cuentos como El llano en llamas. Con él forma parte de un mismo espaciohumano y moral. Los campesinos pobres, la violencia heredada, la soledad, el peso de la memoria y la presencia constante de los muertos atraviesan ambas obras. Sin embargo, en Pedro Páramo todo eso alcanza una dimensión más ambiciosa.

Porque he de reconocer que la grandeza de quien me ha creado no está solo en la historia que cuenta, sino en cómo la cuenta. La prosa del mejicano es breve y aparentemente sencilla, pero cada frase parece contener más de lo que dice. 

No es difícil entender por qué la novela suele relacionarse con autores como William Faulkner, por su construcción fragmentaria y sus comunidades marcadas por el pasado, o por qué muchos ven en ella una de las raíces de lo que después se llamaría el realismo mágico en autores como Gabriel García Márquez. Pero, al terminarla, uno tiene la sensación de que se parece sobre todo a sí misma. Hay muchos pueblos literarios inolvidables, pero pocos están hechos enteramente de murmullos y ceniza.

Así que, si deciden adentrarse en estas páginas, vayan preparados. Es una obra bellísima, pero terrible. Al final, uno no sabe si terminó de leer un libro o si simplemente se quedó atrapado para siempre entre las ánimas que habitan Comala. Una obra maestra que te mata de frío.

Justo como me pasó a mí.

Pedro Páramo (Editorial RM & Fundación Juan Rulfo, 2017) | Juan Rulfo | 132 páginas | 9,95 euros

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