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Un señor y un truhan y viceversa

EDUARDO CRUZ ACILLONA | Recuerdo que, cuando era pequeño, después de la misa dominical en televisión (siempre en televisión, nunca en la iglesia, no me pregunten por qué), mi abuela se metía en la cocina a hacer un bizcocho de chocolate que todavía me hace temblar las papilas gustativas cada vez que lo menciono. Y recuerdo que el primer ingrediente principal para empezar a cocinar era una de las muchas cintas de cassette que atesoraba en un cajón con las canciones de Julio Iglesias. En aquella cocina  aprendí que, aunque la vida sigue igual, siempre hay por quien sufrir y a quien amar, que me iba la gente de aquí y de allá, que me iba la fiesta, la madrugada, que me iba el cantar y, el color si es natural, ahí es nada… Toda una dudosa lección de vida para alguien de mi corta edad. Menos mal que pronto aparecieron en escena, y es literal, en el concurso Un, Dos, Tres… unos tipos parodiando la canción del truhán y del señor, imposible que no los recuerden: los Tricicle. Tan mudos, tan mimos y tan eficaces a la hora de relativizar la vida y, sobre todo, una canción que, al menos para mí, ya nunca sería la misma.

Con el tiempo, su intérprete siguió creciendo profesionalmente hasta alcanzar y sobrepasar con creces las cotas que todos conocemos, ampliando su aura y su fama de conquistador a base de otras letras de cuyos títulos no quiero acordarme pero que se cruzaban por nuestros caminos sin solución de continuidad. Y así hasta hoy, con unos Tricicle recién jubilados y dedicados a otros menesteres en los alrededores del escenario y de la palabra.

Es cuando aparece en nuestras vidas el periodista y escritor Ignacio Peyró, que no contento con las decenas de biografías que se han escrito sobre Julio Iglesias, nos presenta El español que enamoró al mundo, lo que podría venderse en los suplementos culturales como una revisión actualizada y cuasi definitiva (aunque el protagonista se empeñe en seguir viviendo a su manera), de la vida del autoproclamado algo bohemio y soñador.

La biografía de Peyró desborda los límites del personaje para ofrecernos un retrato de una sociedad, la nuestra, de los últimos cincuenta años. Julio Iglesias es la excusa para hablarnos de nuestras vidas, como hacía Rafael Chirbes cada vez que frecuentaba las afueras. Cualquier detalle es elevado a categoría cuando la capacidad de observación se agudiza y se objetiviza. Así, Peyró extiende el dedo índice de su mano y señala a la luna. Y habrá, claro, quien mire a la luna, es decir, al cantante, reluciente de oropeles, éxitos, vinos gran reserva y reservas privadas con escrituras de mansión. Pero los que ya hemos leído otras obras suyas (no se pierdan Comimos y bebimos, Libros del Asteroide, 2018), sabemos que la clave está, a diferencia de la creencia popular, en el dedo. Y más concretamente, en la uña afilada que va rascando la purpurina del astro, de la estrella, del satélite, de lo que se le ponga por delante, para dejar a la vista la realidad más mundana. Y lo hace, además, con ese estilo tan marca de la casa que transita entre la fina ironía del gentleman británico, valga la redundancia, y la sana socarronería, llámenlo más profesionalmente si quieren sarcasmo. Así, no hay página del libro en que el lector no suelte una carcajada, lo que es muy de agradecer cuando hay sospechas de que la caspa, como daño colateral de ciertos personajes, va a hacer acto de presencia en el siguiente párrafo.

Si lo que quieren ustedes es leer una biografía ajustada a los hechos, sólo me queda recomendarles  Julio Iglesias: entre el cielo y el infierno, que en 1981 escribiera el periodista y admirador del cantante Tico Medina, la misma que yo regalé a mi abuela por aquellos años y que, obviamente, leímos juntos. A fecha de hoy, estoy razonablemente bien. Con la inestimable ayuda, eso sí, de Tricicle y de Ignacio Peyró. Benditos sean.

El español que enamoró al mundo (Libros del Asteroide, 2025)| Ignacio Peyró | 336 páginas | 20,95 euros

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