
«Hoy ya no podemos decir que no lo sabíamos» Wassyla Tamzali
THAÏS GAMAZA | Hay libros que llegan como ráfagas de aire árido en medio de la tibieza condescendiente del discurso multicultural. Libros que no se contentan con aludir al conflicto, sino que se enredan en él, que lo enfrentan sin pedir permiso. El burka como excusa, de Wassyla Tamzali, es uno de esos libros incómodos, combativos, profundamente lúcidos, que obligan a repensar las derivas de cierto feminismo europeo contemporáneo y sus silencios culpables.
Lo leí con una mezcla de gratitud e ira, como quien se encuentra por fin con una voz afín y, al mismo tiempo, se descubre demasiado callada frente a una injusticia persistente. Argelina, feminista, laica y mediterránea, Tamzali ha sido —y sigue siendo— una figura imprescindible para comprender la opresión que el fundamentalismo religioso impone sobre los cuerpos de las mujeres, tanto en el Magreb como en la Europa poscolonial que prefiere mirar a otro lado.
Desde su apertura —una dedicatoria feroz a la mujer número 327, fotografiada en Afganistán con una matrícula negra sobre la mano—, sabemos que no estamos ante un tratado académico, sino ante una proclama viva. La autora no pretende convencer con diplomacia, sino sacudir con la urgencia de la verdad. Porque lo que hay en estas páginas no es teoría, es memoria encarnada. Es la voz de quien ha vivido el desvelamiento, la educación en la Argelia revolucionaria, y que hoy asiste al avance del islamismo como una derrota colectiva.
«No es por sentimiento antioccidental ni por resentimiento poscolonial que rechazamos el velo, sino en nombre del feminismo, de la democracia y de la libertad de los pueblos», escribe Tamzali con una claridad que no pide permiso.
La tesis es tan rotunda como necesaria: el burka no es una elección individual, sino un símbolo de dominación sistemática sobre el cuerpo femenino. Frente a quienes lo presentan como una forma de empoderamiento o resistencia cultural, Tamzali responde desde lo físico —las enfermedades provocadas por el encierro textil— y desde lo político —el control masculino sobre el deseo y la visibilidad—. La suya es una crítica que nace del cuerpo, como toda crítica feminista honesta.
En esa línea, el ensayo desvela las contradicciones de las instituciones europeas, que en nombre del diálogo intercultural entregan el destino de las mujeres a los representantes más reaccionarios de sus comunidades. Tamzali no teme señalar nombres: Casa Árabe, la Casa del Mediterráneo, incluso la AECID aparecen como cómplices de la normalización del llamado «feminismo islámico», al que denuncia sin rodeos como una impostura. «Feminismo islámico es un oxímoron», sentencia. Y no desde la superioridad moral, sino desde la experiencia de haber combatido el patriarcado desde dentro, desde los márgenes.
Como lectora feminista y como mediterránea, me reconozco en su impaciencia. He asistido a ese mismo deslizamiento: el que va de la crítica clara al silencio culpable, del universalismo de los derechos a un relativismo cómodo que exime de responsabilidad. El burka como excusa interpela también a quienes desde Europa se han refugiado en un multiculturalismo complaciente, incapaz de nombrar la violencia cuando adopta forma religiosa.
Tamzali no se deja arrastrar por el discurso fácil. No idealiza a Occidente ni confía en la buena conciencia colonial reciclada. Denuncia el racismo islamófobo, pero no por ello justifica la sumisión de las mujeres. Su feminismo se planta en una línea de coherencia difícil pero necesaria: denunciar la opresión venga de donde venga. «Velar a las mujeres no es una expresión cultural, sino un proyecto político», nos recuerda.
Uno de los mayores logros del libro es precisamente ese: sostener una crítica estructural sin caer en las dicotomías de moda. No hay aquí alianza con la derecha, sino una impugnación del patriarcado en todas sus formas. La autora sabe que su posición resulta incómoda, que será atacada desde todos los frentes. Pero se mantiene firme. Su voz es la de quien ya no tiene nada que perder.
«Hemos llegado a la normalización lenta y segura de lo intolerable», escribe, tras narrar cómo las jóvenes de Argelia, como las del Cairo, han adoptado el velo como norma silenciosa, al tiempo que las instituciones europeas legitiman ese avance con fondos y foros.
El burka como excusa es un libro que no da tregua, y por eso mismo es imprescindible. No ofrece soluciones fáciles, pero devuelve al feminismo su potencia crítica. No se limita a denunciar: propone volver al centro de la lucha, sin disfraces ni consensos blandos. Es un texto urgente, incómodo, político. Un libro que duele, sí. Pero que también cura.
Termino esta reseña con una frase que Tamzali deja suspendida como advertencia: «Hoy ya no podemos decir que no lo sabíamos». Ella ya lo ha dicho. Ahora nos toca a nosotras no callar.
El burka como excusa (MSur Libros, 2024) | Wassyla Tamzali | Traducción del francés: José Miguel Marcén | 126 páginas | 12,90 euros