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Una memoria porteña

ALEJANDRO LUQUE | Tengo muchos pecados inconfesables, pero por esta vez compartiré uno: soy un lector voraz de libros escritos por arquitectos. Sobre todo, los arquitectos de vieja escuela, de formación renacentista, que al parecer ya son Historia en las universidades del ramo. No, no sé casi nada de arquitectura, y de hecho a menudo leo estos textos como si se tratara de poesía o arte abstracto, dejando que el disfrute anteceda a la comprensión. Si, además de arquitecto, el autor del libro es alguien a quien sigo y admiro, como es el caso de Sergio Hojman, mi interés se redobla. Si el asunto a tratar es Buenos Aires, el interés se vuelve devoción.   

De raíces familiares ucranianas, Hojman se exilió como tantos compatriotas tras el golpe de Estado de los milicos capitaneados por Videla, y tras un periodo de aclimatación en Barcelona acabó afincándose en el Sur, donde ya es más sevillano que la Torre del Oro. En este volumen, no obstante, vuelve la mirada a la ciudad donde lo alumbraron y donde creció; y, aunque ha regresado en muchas ocasiones y actualizado sus recuerdos, la suya es una guía sentimental porque la Buenos Aires que describe es en cierto modo una ciudad eterna, de ayer, hoy y hasta la soñada: la que lleva impresa en sus botas y en sus entrañas.

El recorrido comienza donde empezó todo: en el río. El conocido chiste de que los argentinos descienden de los barcos sirve al autor para contarnos la fundación, no mítica sino histórica, de Buenos Aires, cómo la ciudad va creciendo alrededor de la desembocadura del Plata, con curiosidades tan jugosas como aquel Hotel de Inmigrantes que hizo las veces de Isla de Ellis porteña, o la desafortunada elección del arquitecto Madero para la erección del puerto que llevaría su nombre.

A partir de ahí, Hojman nos lleva de la mano por esa ciudad fascinante que alguna vez fue llamada la París de América o la más europea de las capitales del Cono Sur, y lo hace con un pulso narrativo excelente y con la autoridad de la propia experiencia. En ese itinerario, tiene una relevancia natural el barrio de Palermo –el que habitó y sobre el que escribió extensamente Borges– por ser el que mejor conoce el autor, aunque su mirada se extiende a otros muchos rincones de la urbe. Eso sí, abarcarla por completo es una misión fuera de su alcance y casi de cualquiera, pues su monstruoso crecimiento requeriría de muchas, muchísimas más páginas para abarcar una panorámica más o menos exhaustiva.

No se trata de eso, sino de compartir con el lector apuntes de flâneur con el ojo bien entrenado, detenernos en detalles arquitectónicos de los que nos pasan desapercibidos, entrar en edificios emblemáticos o atender a las razones del trazado de determinadas calles, entre anécdotas, datos históricos y recuerdos muy bien ensamblados. Pero también, y esto es uno de los puntos fuertes de la Guía, la denuncia de la demolición de Buenos Aires, de la pulsión destructora que ha marcado la política urbanística de sus responsables prácticamente desde siempre, y que ha permitido que su skyline se llene de adefesios en una permanente conquista del cielo.

También se refleja, como ocurre en el corazón de cualquier corazón que se refleje, la Buenos Aires de la literatura, la ciudad de papel que diseñaron el propio Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sabato, Manuel Mújica Láinez o los aguafuertes de Roberto Arlt, y a la que Sergio Hojman añade un factor musical que se abraza a la arquitectura hasta fundirse con ella: el tango, una de sus pasiones, que para colmo –esto no está en el libro, tendrán que creerme o pedirle una demostración si se tropiezan con él– interpreta magistralmente. En definitiva, un libro para los enamorados de Buenos Aires, los que piensan visitarla en el futuro o quienes simplemente disfrutan recorriéndola a través de los libros, sin riesgo de tropezarse con el abyecto presidente Milei. O quienes quieran ponerse las lentes de arquitecto para mirar el mundo de otra manera.

Guía sentimental de Buenos Aires (Renacimiento, 2026) | Sergio Hojman | 340 pág | 19,90 euros

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