
JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | Hace unos meses, en el cortometraje “Saltar”, la cineasta gijonesa Lía Lugilde trataba de explicarnos por qué el Principado de Asturias, desde hace años, presenta la tasa de suicidios más alta de todo el país. Es como si entre la provincia de León y el mar Cantábrico confluyesen los hados o se diesen determinadas condiciones —no se sabe muy bien cuáles— para que este drama, envuelto en el silencio, tuviese en las estadísticas más oscuras una repercusión mayor. Mientras Lugilde filmaba en el acantilado del Cabo Peñas, uno de los puntos negros de la geografía asturiana, un hombre se precipitó al vacío justo al lado de ella. En la narración final de la película, reflexionaba sobre ese momento: “Me da miedo llegar a acostumbrarme. También me da miedo no dejar de pensar en ello. Quiero saber qué nos está pasando”.
Cambiemos Asturias por Las Heras, en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia argentina. Un pueblo mucho más pequeño que el asturiano, pero en el que extrañamente el número de suicidios supera también cualquier media. Hacia ese lugar perdido se encamina en otoño de 2002 la escritora Leila Guerriero (Junín, provincia de Buenos Aires, 1967) para tratar de reconstruir, a través de familiares, parejas y amigos, la vida y el contexto que rodearon a doce personas (la mayoría jóvenes de alrededor de 25 años y habitantes emblemáticos de la ciudad) que decidieron quitarse la vida entre marzo de 1997 y el último día de 1999. Del viaje a ese pueblo desconectado del resto de Argentina para saber qué es lo que está pasando surge este libro, Los suicidas del fin del mundo.
Guerriero quien, junto a Martín Caparrós, es quizás la figura más destacada en el periodismo narrativo o de no ficción en su país, ofrece en esta obra que ahora recupera Anagrama —la publicó Tusquets hace más de diez años— el resultado de esa inmersión periodística. Como era de esperar, no brinda la autora una única explicación plausible, sino que teje un retrato complejo de una comunidad marcada por el aislamiento, el declive económico tras la privatización del petróleo, las migraciones, las familias ortopédicas, la descomposición social y la violencia de género. Marcas que Guerriero explora intentando hallar en ellas alguna relación con el desproporcionado incremento de suicidios.
Sin datos o censos oficiales, sin respuesta efectiva por parte de las autoridades, sin programas de actuación o prevención que tengan éxito, el libro indaga acerca de los vínculos posibles entre las tragedias personales y el colapso de la industria petrolera local, el desempleo, los embarazos adolescentes y la falta de expectativas laborales, de ocio (no hay cines, ni teatros) y de estudio para los jóvenes. Pero en Las Heras, un lugar al final del mundo y de la historia, hay demasiados burdeles y demasiadas iglesias, hay demasiado alcohol y demasiadas muertes violentas, para que nadie de dentro se detenga a reflexionar sobre estas otras muertes extraordinarias.
La escritora argentina lo hace dando la palabra a los dolientes y a algunos habitantes —entre ellos, al profesor Pedro Beltrán y el peluquero del pueblo, Jorge Salvatierra, Rulo, con quienes confraterniza— quienes de múltiples formas tratan de comprender lo incomprensible, recurriendo a explicaciones que van desde lo religioso (es designio de Dios o Jehová y ellos consuelan) hasta las teorías que, sin apenas pruebas, hablan de sectas o de magia negra. Pero Guerriero no es solo una cronista o una reportera avezada, es una escritora con un estilo propio y con una indiscutible capacidad para narrar la historia de cada uno de los suicidas a partir de las historias que unos y otros van tejiendo: la memoria familiar, los momentos previos al ahorcamiento o al pistoletazo, los gustos y aficiones de quien decide poner fin a su vida. Para contar la vida de los ya ausentes, emplea un lenguaje crudo, preciso y, a la vez, profundamente literario. La obra se lee con la fascinación de una novela, pero con el peso de la realidad con la que viven, conviven y mueren los habitantes de este pueblo remoto.
Busca Leila Guerriero, como Lía Lugilde en su tierra asturiana, entender el qué y cómo del suicidio. O tal vez no entender, porque hay cosas que no se pueden entender, sino alumbrar aquello que Albert Camus definía al inicio de El mito de Sísifo como el único problema filosófico verdaderamente serio: “Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla”. Matarse, escribía el filósofo francés, es confesar que nos ha sobrepasado la vida o que no la comprendemos. Pero es un acto que se prepara en el silencio del corazón y en él hay que buscar respuestas. A falta de estas, en Las Heras las explicaciones se topan con la falta de explicaciones: no hay patrón común, hay demasiadas mujeres (en la mayoría de las estadísticas el número es mucho menor), no hay suicidios por amor o reivindicación ética o política ni por graves trastornos mentales. Y casi todos los suicidas tienen planes: “Como si eso —una promesa, un plan, un simulacro de futuro— pudiera ser, una vez más, el escudo infalible contra toda muerte”.
Solo se repite un elemento que percute insistentemente de principio a fin: un viento que arrasa y amarga a cien kilómetros por hora la vida de los habitantes de Las Heras. “Un siseo oscuro, una boca rota” que se traga todos los sonidos. Un viento que te agarra “y te sacude mal y te deja loco”. Como si la respuesta a estos suicidios estuviese, parafraseando a Dylan, sonando en ese viento, símbolo de toda violencia, pero fuese ignorada y pasara de largo.
En Los suicidas del fin del mundo, Guerriero logra algo fundamental: dar voz y humanidad a una tragedia colectiva que, reducida a rumor o confusa estadística, forma parte de ese pueblo. No ofrece respuestas, pero sí una reflexión profundamente humana sobre el duelo, el dolor, la desesperanza y el olvido. Su gran mérito es transformar una investigación local en un espejo que refleja problemas universales: la marginalidad de ciertas comunidades, la falta de oportunidades para los jóvenes y el vacío y el trauma que deja la pérdida de un proyecto de vida común.
Los suicidas del fin del mundo. Crónica de un pueblo patagónico (Anagrama, 2026) | Leila Guerriero | 216 páginas | 18,90 euros.