
TOMÁS HERNÁNDEZ | Detrás de una ventana imaginamos un espacio exterior. El ajetreo urbano o el sosiego en las calles de una aldea. Pero esta ventana da al interior, a un cuarto de hospital y un silencio blanco. A una mano que escribe o la de una muchacha, que vive en el miedo y deja cada día su huella en el cristal, como una rutina o un saludo. Esta ventana mira al interior de un hombre.
La incomunicación, su imposibilidad, es el asunto de Una mano al otro lado de la ventana. En el capítulo Comedor II se resume una teoría del lenguaje sobre la dificultad, fracaso, de la interacción humana. No es una digresión poética o narrativa, es una exposición clara y concisa de un asunto complejo. Sin referencias bibliográficas explícitas, pero detrás de cada enunciado, reconoces un autor, un título, al que nos remite. Quiero significarme ante el lenguaje, escribe Jorge Pérez Cebrián, porque en el proceso de comunicación hay siempre un ruido que lo perturba y nos impide oír con claridad el mensaje del otro. Sobre esa perturbación habla este libro. Un malestar que no es sólo intelectual, duele en el cuerpo, en los huesos, en las cicatrices de las manos, es consciencia, el peso del cuerpo del que tanto, y tan bien, escribió César Simón. Si empezara a leer el libro, lo haría por ese capítulo, Comedor II, porque en él, como he dicho, se encierra la enseñanza que luego veremos escenificarse en las relaciones entre los personajes.
Otra manera de acercarse a este libro es la peculiaridad de su índice. Solemos mirar los índices para hacernos una idea general de su contenido, un mapa conceptual, antes de empezar la lectura. El sumario de Una mano al otro lado de la ventana se compone de fechas, dataciones horarias, lugares rutinarios, -comedor, pasillo, habitación- y unos pocos nombres, Natalia, Joaquín, Pilar, que llevaba un papel en el pelo con una flor dibujada, Javier, Robert, que cantaba a gritos desacordados el primer verso de la Marsellesa, siempre el mismo. Esas son algunas de las incidencias que se cuentan; el hilo argumental que las hilvana es el peso del tiempo, la sordidez del aislamiento y los fantasmas de algunos días del pasado que regresan.
Con todo esto, que ya es bastante para justificar un libro, poco se habría dicho, porque la obra de Jorge Pérez Cebrián es un artefacto prodigioso de lenguaje. Se ha destacado ya esa cualidad en reseñas anteriores. Por no repetir lo acertadamente dicho, hice un divertimento de lector. En el capítulo, La pasión. Pilar, y en algunos otros, hay imágenes de una originalidad conceptual sorprendente. Acomodé algunos de esos pasajes a una estructura métrica y rítmica, les di la apariencia de verso y apareció el largo poema que hay en ese capítulo y que se cerraría con esta rotundidad:
Y pienso en un Dios que se hace matar y mancha nuestras manos.
Llama la atención el tono narrativo, coloquial, de los poemas, con la excepción, quizás, de Tras un torbellino, frente a la hondura lírica de algunos poemas en prosa.
También se recrea en Una mano al otro lado de la ventana, el proceso de escritura, incluso la dificultad material para escribir. Prohibidos los bolígrafos, como arma autolesiva, el autor sólo dispone de un portaminas clandestino y una libreta.
Releo el poema. Tacho, añado palabras y las inserto apretadas o con flechas. Reoderno. Tacho. Lo releo en voz baja. Dejo interrogaciones. Incógnitas. Lo pronuncio en una voz tan baja que sólo yo podría oírlo, lo hago percutir, frotar, vibrar en el aire cerrado.
De interrogaciones, incógnitas, poesía, rutina hospitalaria, vida interior estremecida, está hecho este libro.
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El poeta Tomás Hernández es la firma invitada de hoy en Estado Crítico
Una mano al otro lado de la ventana (Sonámbulos Ediciones, 2025) | Jorge Pérez Cebrián | 222 páginas | 16 euros