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Versos esenciales

JUAN CARLOS SIERRA | Hay versos que por ese misterioso e intrincado camino que conduce del yo al tú y al nosotros se quedan anclados en la memoria, que es lo mismo que decir que se quedan tatuados en el alma -sea esto lo que sea- como líricas líneas de vida esenciales. Estoy hablando de esos versos que nos llevan las manos a la frente o a la cabeza al tiempo que exclamamos algo parecido a “¡Así que era esto!”, versos que intuimos pero que nunca fuimos capaces de verbalizar.

            Los poemas de José Luis Piquero (Mieres, Asturias, 1967) escogidos por Rodrigo Olay –y parece que también por el propio autor-para componer el volumen Todo va a salir bien [Antología poética 1989-2024] entran a formar parte de esta categoría de versos imprescindibles, esos que se adhieren a la piel como una enfermedad al tiempo que nos persiguen a lo largo de nuestra vida como una bendición. Al menos esto ha sido y es así para muchos de los que en los años finales del pasado siglo nos cruzamos con José Luis Piquero en otra antología, la que Luis Antonio de Villena tituló 10 menos 30. La ruptura interior de la poesía de la experiencia (Pre-textos, 1997).  

Evidentemente, cada lector de la obra poética de José Luis Piquero elaboraría su propia antología. Yo me conformo, de momento, con la que tenemos entre manos, porque recoge algunos de esos poemas que a mí me han hecho feliz y me han servido para explicarme o para intentar entender lo que me rodeaba.

He de confesar, pues, que la poesía de José Luis Piquero me ha resultado especialmente útil cuando ha apuntado certeramente al entorno familiar, a los silencios espartanos propios de la educación íntima y doméstica de muchas generaciones: “En mi familia no se dijo nunca «te quiero»./ Jamás oí decir «lo siento» a mi padre o a mi madre…”, leemos en el inicio de ‘Retiro sentimental’ (página 74). Alguna de las taritas que uno acarrea por la vida creo que se pueden entender a partir de la lectura de un poema como este.

Asimismo,  me han ayudado algunos de los poemas incluidos en Todo va a salir bien que tratan de pensar de una manera diferente ese tiempo confuso y feliz, cuando no se complica demasiado -“También a mí me partieron la cara/ en más de una ocasión….” (‘Apunte biográfico’ página 48)-, que es la adolescencia y la juventud; incluso los consejos esparcidos por Piquero en ‘Mensaje a los adolescentes’ (página 105).

Aunque a alguien le pudiera resultar en este momento de la reseña algo peregrino, me parece bien interesante destacar la visión del poeta asturiano sobre los 80, unos años que coinciden con su juventud, pero también simbólicamente con la de una España transicionando de la dictadura a la democracia y que curiosamente ahora muchos que ni siquiera los cataron se empeñan en mitificar. Resulta muy sugerente comparar los poemas ‘ochenteros’ de Piquero. Así que hayan pasado más de treinta años entre los que aparecen en esta antología pertenecientes a su primer libro De las ruinas (1989) y el titulado ‘Años 80’ (página 215), que a buen seguro formará parte de un poemario futuro, comprobamos que existe una lógica, una coherencia, una línea que los iguala: su perspectiva, el lugar desde el que escribe el poeta sobre aquellos años –y de paso sobre su (y la) juventud-, un rincón que se encuentra mucho más allá de las expectativas consensuadas y de los lugares comunes.

En buena lógica, a un lector como yo le va a atraer y le va a marcar inevitablemente esta mirada alternativa, que se extiende de manera cómplice hacia quienes no suelen salir retratados en ningún lado, como sucede, por ejemplo, con los protagonistas de poemas como ‘Noli me tangere’ (página 177) o ‘Alumnas de una escuela de peluquería’ (página 134). El aire de un poema como este último me lleva al Jaime Gil de Biedma de ‘Albada’, el que observa a la vecindad, al otro: “Irán amontonándose las flores/ cortadas, en los puestos de las Ramblas,/ y silbarán los pájaros cabrones-/ desde los plátanos, mientras que ven volver/ la negra humanidad que va a la cama/ después de amanecer”. Ya sé que el objeto de este poema se aleja del mencionado de Piquero, pero hay algo que los hermana y ese algo para mí se halla en el punto de vista, en el objeto y en la relevancia de esa manera de mirar tan propia del poeta asturiano que enfoca a donde pocos lo suelen hacer. O a lo mejor es que tanta poesía me está trastornando.

No dejo de ver, en todo caso, en mis particulares versos imprescindibles de Piquero una inclinación llamativa a la hora de hablar de y desde los márgenes. En este horizonte hay que insertar todos esos versos que en su momento me ayudaron a contemplar al otro más allá de mis prejuicios, de esa mochila que carga uno porque en su casa imperaba la ley del silencio para las cosas importantes, porque en mi casa tampoco se dijo ‘te quiero’ o ‘lo siento’, pero sí que mis mayores se explayaron en los usos y costumbres de cierta moral de época -en concreto la heredera del nacionalcatolicismo que va mucho más allá de los límites temporales del franquismo-. Lo correcto, lo que dios manda, los convencionalismos sociales y sentimentales no tienen cabida, afortunadamente, en la poesía de José Luis Piquero -ni los de antes ni los de ahora-.  El poeta se encarga, además, de abordar sus poemas en este horizonte desde una profundidad y una honestidad nada comunes. Y cuando se trata del amor y de la amistad, esa otra versión hermana del amor elegido, se agradece también la ausencia de romanticismos y empalagoserías, así como de fórmulas y protocolos convencionales.

Y es que como dice J. L. García Martín de él y de su poesía: “Hay poetas que acarician y poetas que golpean, y Piquero es de los segundos. Le gusta hacer sangre, volver del revés nuestras confortables expectativas. Quienes prefieran la maldad inteligente a la bondadosa bobería no deben dejar de leer a este poeta de la hiriente lucidez,…”. Para que esto sea así José Luis Piquero se sirve de un realismo de ida y vuelta: más crudo en los primeros libros -quizá aún en la órbita de cierta poesía de la experiencia-, elevándose según avanzan los poemarios hacia un lirismo de imágenes creativas, inesperadas, conmovedoras,… y de vuelta quizá en los versos adelantados de lo que será un nuevo poemario a cierto realismo esencial. En cualquier caso, José Luis Piquero se hace entender, no se anda demasiado por las ramas. Quizá por eso sus versos resultan esenciales, porque sin demasiadas contemplaciones agarran al lector por las solapas, lo zarandean, se quedan dando vueltas a su alrededor mientras camina por la vida y pude que se dé el caso, si tiene suerte, de que hasta lo salven de algún tropezón tonto o directamente lo vuelvan del revés. Doy fe.

Todo va a salir bien. [Antología poética 1989-2024] (Renacimiento, 2025) | José Luis Piquero | Edición de Rodrigo Olay | 236 páginas | 14.90 euros

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