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Viaje a los sótanos de la memoria  

JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | Hay ocasiones en las que los debutantes no lo parecen. El zorro de Izu (Palabras del Límite, 2026), la primera novela del poeta y músico Fermín Higuera Álvarez (Santa Cruz de Tenerife, 1961), es una de ellas. Precedida de una obra poética larga y reconocida —de Querella del dolor a Estratos en la llama— y de una vida profesional dedicada a la música como compositor y profesor de piano en el Conservatorio Profesional de Amaniel, en Madrid, la llegada de Fermín Higuera a la narrativa es la de un autor que lleva muchos años habitando la literatura, ya sea a través de la música, de la poesía o del ensayo. Esa doble genealogía, la del verso y la del pentagrama, no constituye un dato biográfico baladí: es la clave con la que conviene abrir el libro. No estamos ante la típica incursión narrativa de un poeta, llena de endecasílabos disimulados y de abstracción, sino ante una obra dotada de un pulso narrativo propio, tenso y suelto a la vez, que se sostiene sola.

Quienes hemos seguido desde temprano su trayectoria poética observamos además una continuidad de fondo: en sus versos ya se intuían ciertos rasgos de la infancia del personaje poético en el que ahora se centra la trama narrativa, tanto en las pinceladas paisajísticas de Santa Cruz de Tenerife como en imágenes, unas apacibles y otras descarnadas, de su ámbito familiar. El zorro de Izu vendría así a confirmar en prosa lo que el misterio de la poesía solo dejaba entrever: aquellos versos escondían las coordenadas de una realidad presente en muchos lugares y familias, pero que no todo el mundo sabe ni está dispuesto a contar.

La novela, desplegada a lo largo de más de cuatrocientas páginas repartidas en veinticuatro capítulos sin subtítulos, opta por una solución narrativa elegante: en vez de un narrador omnisciente a la manera flaubertiana, el autor recurre a un narrador interpuesto que recibe y transmite la historia de Esteban, el testimonio del niño protagonista, alter ego más o menos declarado del propio autor. Ese distanciamiento cumple una doble función. Por un lado, permite que la voz que cuenta se mueva con libertad entre los saltos de tiempo y de espacio propios de cualquier ejercicio de memoria, sin que la construcción pierda continuidad. Por otro, sitúa al lector en la incómoda y fértil posición de quien escucha un testimonio de segunda mano, siempre consciente de que en toda esa memoria el autor reconstruye, añade y omite. La propia novela parece dialogar con esa idea de Vargas Llosa sobre la verdad de las mentiras: aunque el libro nazca de una experiencia reconocible, es también, y conviene no olvidarlo, ficción.

El material del que está hecha esa ficción no es amable. La novela expone con crudeza y minuciosidad —tanto física como imaginaria— una infancia atravesada por incomprensiones, amenazas, violencia, desdenes y mentiras dentro del ámbito familiar de Esteban, un niño vulnerable, sensible, curioso y con un rico mundo interior. Sus padres, don Esteban y doña Sure, son personas incapaces de ofrecerle el amor que, como cualquier niño, Esteban precisa para su crecimiento emocional. De modo que el afecto que el hijo no recibe de su madre, una mujer justiciera y destructiva, o de su padre, un militar autoritario, lo encuentra, de manera dispersa y por eso mismo más conmovedora, en otras mujeres de su entorno que desempeñarán un papel fundamental en su formación sentimental: Eduvigis y Vicenta entre las criadas, Verónica, —figura central que es para el niño lo que Euriclea fue para Ulises—, Rita —la enfermera de la infancia, primer amor imposible—, las primas Tina y Nena, las vecinas Tilde y Carmita. Es una galería femenina amplia que compensa, sin borrarla, la orfandad afectiva del protagonista, y que dibuja, junto a un paisaje urbano de calles, plazas y otros escenarios reconocibles de la ciudad y del tinerfeño barrio de Salamanca, un paisaje humano de personajes entrañables (el afilador, la prostituta, el peluquero…). Un mapa emocional tan preciso como doloroso.

Frente a esa dureza familiar, el niño opone una imaginación dúctil y heterogénea, y ahí es donde entra el elemento que da título al libro. Esteban conversa con un zorro —en realidad, una estola de piel hallada en un armario familiar— al que llama Akemi y que le cuenta que procede de la región japonesa de Izu. Esa presencia no funciona como simple anécdota infantil: introduce en la novela un elemento mágico, lleno de simbolismo y de misterio, que acerca lo narrado al territorio de lo mítico o de lo real imaginario, y que sirve de vía de escape frente a la realidad opresiva que el niño vive. Akemi es, a un tiempo, juguete de la imaginación, confidente y umbral hacia los secretos que la familia guarda bajo llave y que se transmiten, silenciados, de generación en generación. El recurso recuerda que la infancia de Esteban estuvo marcada tempranamente por la música, por el cine y por el arte en general, es decir, por esa fascinación primera hacia lo maravilloso que, décadas después, reaparece transformada en literatura.

En el plano del lenguaje, la novela confirma al poeta sin dejarse dominar por él. La prosa de Fermín Higuera es cuidada y diáfana, sin subterfugios ni voluntad de ruptura formal; se aparta deliberadamente de la digresión y la deformación léxica que caracterizan a buena parte de la narrativa contemporánea y recupera, en cambio, una tradición de raíz romántica, visible sobre todo en la cadencia y en las descripciones de los entornos naturales —campos, jardines, cielos, flores— que jalonan el relato. Es una prosa que confía tanto en lo que cuenta como en el modo de contarlo, y que por eso mismo logra que la crudeza de los hechos narrados no se convierta nunca en golpe de efecto gratuito, sino en materia trabajada con oficio, sin prisas y con una exigencia poco frecuente.

Hay, por último, una clave de lectura que conviene retener: el modo en que el poeta convertido en novelista consigue elevar su situación personal a una categoría general, de forma que otros lectores puedan reconocerse y sentirse cómplices de la narración. La familia desgraciada de Esteban, invirtiendo la célebre sentencia de Tolstói, se parece a todas las familias desgraciadas, y es ese tránsito de lo particular a lo compartido lo que hace de El zorro de Izu algo más que un ajuste de cuentas personal: es una novela de memoria, de la necesidad de remover un pasado y de volver a él. Si en parte es un ajuste de cuentas, este no es salvaje ni sangriento, sino sutil y sensible, como el propio autor. Es, también, una novela en la que la niñez de Esteban, sufriente y liberadora a un tiempo, se cruza con esos elementos fantásticos que terminan convirtiéndose en una de las grandes virtudes del escritor: convertir la memoria en literatura y la literatura en comprensión. Como advirtió Benjamin, «narrar es comprender»; y este libro entiende la vida a través de la literatura, en el sentido que Caballero Bonald daba a sus propios testimonios, donde la palabra abre, como un bisturí, el territorio de los recuerdos.

El resultado es un libro de denuncia que es, a la vez, un libro de lucidez y de esperanza; un viaje interior tanto como una historia; una novela de luces y de sombras y, en última instancia, de dolor y de perdón. La escritura funciona aquí como forma de redención, aunque esa redención tenga también algo de terrible, como si el libro respondiera, sin decirlo, al verso de Enrique Lihn: «¿Qué será de los niños que fuimos?». Es la novela de una vida y de la pura necesidad de exorcizar una historia personal que, más o menos, es la historia de toda niñez: la demanda de ser queridos. Fermín Higuera, poeta y músico antes que novelista, entrega en El zorro de Izu una obra que no se lee como un debut cauteloso, sino como la culminación —lírica, mítica, profusa en imágenes y en emociones— de una escritura que llevaba décadas buscando una nueva forma.

El zorro de Izu (Palabras al Límite, 2026) | Fermín Higuera Álvarez | 454 páginas | 22,88 euros

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