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Viejas amistades, jóvenes promesas

ELENA MARQUÉS | La vida irá en serio si así lo canta Jaime Gil de Biedma; pero siempre que vuelvo al pasado y me reencuentro con caras conocidas solo acuden a mi memoria los momentos desenfadados y la joven alegría de la informalidad, y pienso que aquello sí que era vivir en condiciones y no la gravedad de la madurez, con sus achaques y responsabilidades sobrevenidos.

Uno de esos reencuentros me condujo hace unos meses a la presentación del primer poemario de Natalia Peralta Rincón, hija de una compañera y amiga que labró su destino al otro lado del océano. Al gozo de volver a saludarla como si, a lo Gardel, veinte (y treinta) años no fueran nada, se unió la frescura de unos versos que sacan a relucir no solo un alma sensible y madura a sus pocos años, sino una voz prometedora y novedosa para nuestras letras en su faceta lírica.

Un beso es un mango con lengua, publicado por la editorial Pie de Pãgina en la colección Maresía, reúne un conjunto de poemas de distintas etapas de la corta existencia de Natalia acompañados de pequeñas glosas de mano de la propia autora; una característica de la serie que aporta no tanto una explicación a las composiciones sino una rendija para conocer mejor a quien las escribe o el contexto y las sensaciones que su creación le producen.

Yo he de decir que he disfrutado tanto de la naturalidad y el soplo de optimismo y esperanza que emanan del libro como de ese, para nosotros, exotismo propio de Natalia, nacida en República Dominicana pero siempre con un pie en los azahares y la luz de nuestro sur; en el mar, en la gente que quiere y que muere (léase el poema «Luto», dedicado a sus abuelos Pepe y Ana), en este mundo que le ha tocado vivir y que ella acepta buscando, como en el título de aquella película, el lado bueno de las cosas.

A las evocaciones sobre el amor, el feliz y el desencantado («Siento que no me vas a elegir»), se unen sabores, olores y texturas con una hermosa plasticidad. El regusto del ron, el ritmo de la bachata y, por supuesto, el regalo del mango, que ella reparte en el poema «Frutos», nos acompañan en un viaje relajado en el que las protagonistas son en gran medida las palabras, por las que siente el respeto y la admiración de quien ha crecido entre diccionarios y a las que dedica especialmente los poemas «Digo morera», en el que formula su propio Génesis en un recuerdo palpable a Octavio Paz o José Ángel Valente, y «Lengua», donde juega con la polisemia del término, así como en la larga y alegre enumeración de «Cómetelos».

Escrito en primera persona y en su mayor parte en presente (parece que utilizo términos propios de la narrativa, pero el libro en verdad nos cuenta, de forma fragmentaria, una historia), el yo lírico se levanta auténtico y consciente, con el poder que le da la juventud. Pero no se trata de una voz cándida y con resabios clásicos (quién no ha compuesto ripios en sus primeros años, con su rima y todo), sino rebelde y totalmente libre, capaz de decir «no» «para sentir / el pelo estrellarse contra mi cara», y aun así generosa («Se viene necesitando / quedarse aquí / lo que dure la vida / para aprender solamente / a abrir la mano»), sabia para entender que todo es efímero y que hay que estar, como dirían los yoguis y los gurús del mindfulness, con la mirada y el cuerpo en el hoy («Noto / que ni tengo toda la vida por delante / ni la dejaré nunca atrás. // La vida hace rato que me viene pasando y lo noto. /Es todo lo que quería. Lo noto»). Llega incluso, en el poema quizás más largo, «Vive», a apremiarnos a base de imperativos y frases brevísimas que terminan en un categórico «Muere» que, sin embargo, no nos lleva a la tristeza sino a la aceptación de la realidad. Una realidad que, como quizás corresponda a quien ha crecido con el Caribe como telón de fondo, se tiñe de magia y asiste a una fuga de caña de azúcar que, aunque suene poco humilde, me ha recordado al primer capítulo de uno de mis libros (je, je: autobombo y marketing a la vez), El juego de la invención, donde al arroz brotaba de las fisuras del patio a causa de la lluvia. Quizás esa cercanía a mi propia literatura en su fin de fiestas y esas lecturas y referencias me han acercado aún más a aquella convicción inicial de que, aunque la vida vaya en serio, quizás demasiada formalidad puede perjudicarnos, y que una buena actitud y la negativa a que nuestros ojos envejezcan nos harán conservar y disfrutar de la optimista y feliz mirada del asombro.

Un beso es un mango con lengua (Pie de Pãgina, 2026) | Natalia Peralta Rincón | 96 páginas | 15,00 euros

admin

Un comentario

  1. Elena, mientras leía tu reseña no podía parar de sonreír. Me hace mucha ilusión que te gusten mis poemas, especialmente por el hermoso y emocionante hilo que nos une. Recibo el cariño de tus palabras como un abrazo. Un mango enorme para ti.

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