0

¡Y me dicen León!

ILYA U. TOPPER | Todos tenemos nuestro ego. Los que hemos viajado mucho, que hemos visto mundo con ganas de dejar huella en él, escrita o de otra manera, tal vez tengamos un ego mayor que los demás. Hay quien dedica sus últimos años a escribir su autobiografía; hay quien no halla tiempo en vida y no le queda más remedio que desde la otra ir observando la posteridad, a ver si alguien se aviene a poner en palabras eternas, es decir escritas, lo que hicimos en nuestro paso por la tierra. Es mi caso.

Nos gustaría, claro, que la pluma que dejará nuestra vida fijada en la memoria de la humanidad la llevara una mano experta, ágil, ligera, a ser posible más ágil que la nuestra propia, por pedir que no quede. Yo tuve que esperar bastante, unos cuatrocientos cincuenta años —aunque por este lado, el tiempo es otro— hasta que vi a un tipo inclinarse sobre su máquina de escribir y teclear las letras León el Africano. Al ver que era Amin Maalouf, de Líbano, desde luego me puse a aplaudir con las alas. Es un decir, ya saben ustedes que no hay aire en el más allá, pues ¿para qué queremos alas? Aunque hay quien se las pone como elemento decorativo, y aunque en general es bastante kitsch, a algunos hasta les quedan bien, todo hay que decirlo.

Yo estaba muy impaciente y fui uno de los primeros en hacerme con una copia cuando el libro salió de la imprenta. Desde que Simon Templar, al entrar al club, nos enseñó que en inglés, sustraer una cosa a la chita callando se llama to spirit away, los espíritus robamos libros con el doble de ganas. Me alegré de la bonita edición; más de 400 páginas. Eso da para entrar en detalles, pensé. Y vive dios que mis viajes lo merecen.

Siempre he pensado que de escribir mi autobiografía no caería en el error en el que se han entrampado casi todos mis colegas: el de dedicar mucho más espacio a la años de infancia que a la vida de hombre. Tiene su explicación: a la edad avanzada, lo único que realmente queda nítido en la cabeza son los recuerdos de niño. Además, son emociones nunca compartidas: a diferencia de nuestras industrias y andanzas por el mundo, que uno suele contar a la hora del vino, por enésima vez a los viejos compañeros y por primera, buscando aprobación, a las nuevas amistades, especialmente las femeninas, ¿a quién le interesan lo que uno hacía a los diez u once años? Solo al pergamino que uno, al final, tiene delante, paciente, incapaz de interrumpirte al grito de deja ya de aburrir a las ostras, colega. A él le confía uno aquellos recuerdos. Y la posteridad tendrá que escuchar si quiere llegar al siguiente capítulo.

Yo nunca habría querido cansar a la posteridad con mis historias de chavalillo. Pero Amin Maalouf lo hace en mi lugar. No le queda otra, hay que reconocerlo, ya que se ha propuesto contar mi vida año por año, sin saltarse ni uno. Empezando desde antes de mi nacimiento y aprovechando para describir con todo lujo de detalles la caída de Granada, de la que yo desde luego no me acuerdo: no tenía ni tres años entonces. Le perdono que me hace ver (¡y reconocer!) a Boabdil en persona camino del exilio. Igual yo mismo lo contara alguna vez en una taberna egipcia para hacerme el interesante, todo es posible. Y el resto de mis años de crío también se rellenan en gran parte con lo relatado por mi padre o mi madre, escenas que les suceden a ellos y grandes retablos de la vida de Fes, la ciudad a la que nos exiliamos. Con todo, casi la mitad del libro transcurre antes de que yo cumpla los dieciséis y emprenda mi primer viaje, aún de la mano de mi tío: a Tombuctú.

Siempre viajo de la mano de alguien. Y cuando no, cuando hago mi primer viaje grande a solas, no por querer sino por destierro, desde Fes a Tombuctú y de ahí al Nilo, Sáhara a través, Maalouf despacha el periplo en exactamente dos páginas. ¡Llamarse El Africano para eso!

Y ni una palabra sobre esos lances que uno luego gusta de contar en las tabernas para rodearse de un halo de aventurero. Es verdad que yo espadachín nunca he sido, y sería inútil atribuirme salvaciones gracias al rápido manejo del acero. Pero ¿y mi sesera?, ¿mi capacidad de ingeniar salidas de un percance desesperado? Nada. Siempre son otros quienes me salvan. Hasta en mi adolescencia, las gamberradas y las estratagemas, como aquella con la que salvamos a mi hermana Mariam, se le ocurren a mi mejor amigo, Harún, nunca a mí. Ni a Mariam, por cierto, que tampoco hace más que dejarse salvar. Y aunque 200 páginas habrían dado para mucho, practicamente ni una palabra sobre la relación de, por qué no llamarlo amor, que me unía durante toda mi infancia a Mariam, de mi misma edad (somos de madres distintas). Como si ya de niños hubiéramos vivido en mundos separados por eso de ser chico y chica.

A propósito de los mundos separados: no sé de dónde se ha sacado Maalouf la historia de la trastada de colarnos, Harún y yo, en el hammam de las mujeres, como si nunca hubiéramos visto uno por dentro (bueno, yo, cobardica como siempre, ni siquiera llego a colarme). Claro que a los 12 años, todos los niños queremos colarnos en el hammam de mujeres, porque nos acaban de echar y nos damos cuenta de que cuando íbamos con mamá no nos fijábamos en los cuerpos de las chicas, porque no nos interesaban culos o tetas. Y justo cuando empiezan a interesarte, ahí te echan y te dicen que a partir de ahora te toca el hammam de hombres. Injusto es el mundo. Pero de ahí a sugerir que nunca hayamos visto desnudas a nuestras madres, hermanas y primas… ¿Y qué es eso de taparles la cara a las mujeres con un velo cuando salen a la calle o viajan por el monte? ¿Desde cuándo?

Hablando de mujeres, me he quedado muy decepcionado con las que me han tocado. No digo en la vida real, que si yo les contara… Pero ¿en la novela? Mi primera vez, a los diecisiete o así, es con una esclava que me regalan. Y de la que me enamoro, por supuesto. Lo que no sé es cómo pretende don Amin hacer creerle al lector que Hiba también me ama a mí, tanto que me colma de riquezas para volver a su pueblo siete años más tarde: una última noche con ella, cuando ya es mujer libre, ¿basta para mantener la ficción de amor entre dueño y propiedad? Porque venirse conmigo África a través, eso no. Prefiere su aldea. Mientras tanto, por supuesto, me han casado con mi prima, que ni me interesa ni me atrae; habría dado algo para que Maalouf se callara la vergonzosa escena de cómo debo violarla en la noche de bodas solo por hacer honor a la tradición de la sábana manchada. Como si en el siglo diez de la hégira no hubiéramos sabido diferenciar entre follar y violar. ¡Ni para rebelarme contra estos hábitos espantosos me ha dado valor el autor! Llamarse León para eso…

Al menos, mi historia de amor con Nur, la circasiana de El Cairo, es de libertad e igualdad, aunque durante unos años me toque hacer de guardián de su obsesión fútil de ser madre del futuro sultán de Constantinopla. Y años más tarde en Roma, el tercer amor de mi vida será una sefardí conversa, Maddalena, «virtuosa, bella e inteligente», salida de un convento, que me asignan en matrimonio, porque necesita un protector. Y claro, yo voy y me enamoro. No es una esclava, pero me la destina el papa como si lo fuera. Y ella encantada, claro. Y luego van los críticos, esos que escriben en un blog llamado Estado Crítico, y aseguran que «Maalouf es un maestro a la hora de dibujar un determinado tipo de personaje femenina: como la tabernera Bess o la empresaria hostelera libanesa Semiramis», a saber: «una mujer consciente y recelosa de su libertad, pero capaz de toda la ternura del mundo, de vuelta de todo menos del cariño, del vino y el sexo». Pues ya me podría haber tocado a mí una de ellas. Digo yo.

También me ha consternado que Maalouf describa mi conversión al cristianismo durante mi estancia en Roma, cuando yo mismo soy propiedad, si bien respetada, del papa, pasando por alto la trascendencia del acto. Por una parte tiene razón: no era transcendental, porque como sabemos él y yo, cristianismo e islam son lo mismo, dios hay solo uno, pero habría sido una excelente ocasión para cerrarles la boca a los maledicentes que siglos después aún sopesan si yo realmente había traicionado la fe de mis mayores, o si era un hábil hipócrita que supo disimular sus creencias para granjearme los favores de papas y cardenales. Ni lo uno ni lo otro, desde luego: hacer el paripé del incienso y la misa no es nada distinto a hacer el paripé del ramadán y las postraciones. Para quien cree en Dios son dos maneras de exhibirle respeto, una exactamente tan válida y sincera como la otra; distintas solo en los detalles visuales. Para quienes no creemos gran cosa, son dos maneras de confundirse con la multitud, tomar el traje local para ser uno más, aprender el idioma, llegar a nativo de tierras ajenas. Que es lo que distingue al viajero del peregrino. Y viajero soy.

Pero lo que menos le perdono a Maalouf —aparte de dejarme sin una mujer de verdad, de carácter además de belleza e inteligencia, una que recordar durante unas cuantas eternidades— es que corte la historia de mi vida cuando aún no cumplo cuarenta años. Justo al dejar Roma y volver a África. Es verdad que todas mis hazañas después de Roma, de las que bastante se llegó a hablar en el Mediterráneo, debieron de consignarse en obras luego deshechas por el tiempo, quemadas en incendios o hundidas en el mar; no queda registro hoy. Pero Maalouf, ¿quería escribir una novela o una entrada de la Encyclopédie de l’Islam? Y ahí me ves, arribando a la costa de Túnez, «sin más deseo que el de vivir «entre los míos, luengos días apacibles». ¡Yo! ¡A los cuarenta! ¡Ja!

León el Africano (Alianza Editorial, 1988) | Amin Maalouf | 478 páginas | 13,77 €

admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *