
REYES GARCÍA-DONCEL | La sociedad del cansancio, el ensayo del filósofo surcoreano afincado en Alemania Byung-Chul Han que nos va a ocupar en esta reseña, ha alcanzado gran repercusión, ha sido traducido a numerosas lenguas y se ha convertido en un auténtico fenómeno editorial. Quizá porque el autor ha puesto nombre a un malestar difuso pero muy instalado en nuestra sociedad: la sensación de estar siempre demandados, ocupados y agotados, incluso habiendo elegido libremente nuestra forma de vida.
La tesis central de Han es tan lúcida como inquietante: hemos pasado de una sociedad disciplinaria —sustentada en la prohibición y la obediencia—, a una sociedad que él denomina del rendimiento —dominada por el imperativo de la autosuperación— donde ya no es una autoridad externa quien nos explota, somos nosotros mismos quienes asumimos de forma voluntaria esa tarea. La gran paradoja es que esta nueva forma de explotación resulta muy eficaz, pues mientras en la sociedad disciplinaria predominaba la sensación de sometimiento y la conciencia de estar siendo dominados, en la sociedad del rendimiento la auto explotación se vive bajo una apariencia de libertad y satisfacción personal. El individuo de la Modernidad tardía —época caracterizada por la globalización, la digitalización y el individualismo— se convierte simultáneamente en verdugo y víctima, en reo y juez, en empresario de sí mismo y esclavo de sus propias expectativas. El boceto que realiza Han es el de una humanidad claramente equivocada, que «… nunca tiene la sensación de haber alcanzado un objetivo definitivo»; corriendo con prisas, alegre pero errática, hacia su desdibujamiento, hacia la pérdida de identidad y a la aniquilación como individuos conscientes. Y concluye con una certera sentencia: es posible que la sociedad anterior fuera más represiva que la actual, pero eso no significa que ahora seamos más libres.
El autor sostiene que el siglo XX fue el siglo de la inmunidad, es decir de la negatividad que implica lo extraño, lo contrario, la otredad. Pero debido a la superación de los límites y la disolución de fronteras, lo extraño se ha difuminado —«El paradigma inmunológico es incompatible con el proceso de globalización»—, por lo que el problema del siglo XXI no es precisamente la negatividad, sino el exceso de positividad, del más de uno mismo. Este exceso es responsable de enfermedades neuronales, como la ansiedad o la depresión, que lamentablemente caracterizan en este siglo: «El agotamiento, la fatiga, el sofoco son síntomas de una violencia neuronal que no es viral puesto que no es atribuible a una negatividad inmunitaria».
La obra está estructurada en siete capítulos que desarrollan esta tesis desde perspectivas complementarias: filosofía, sociología y economía. Ya desde el prólogo, Han introduce la figura del «sujeto de rendimiento», emblema de una época que ha sustituido el verbo «deber» por el verbo «poder»: «verbo que connota la superación de los límites y la supresión de las fronteras, es el verbo modal positivo de la sociedad del rendimiento». Y en la que la libertad se ha convertido en una nueva forma de servidumbre. Inspirándose en el mito de Prometeo —al que renombra como Prometeo exhausto— el ensayo analiza cómo el individuo contemporáneo se ve impulsado a producir y optimizarse sin descanso. El resultado, la sociedad del cansancio, es consecuencia de la asimilación del sistema neocapitalista, pues para que este pueda triunfar todos tenemos que convertirnos en empresarios de nosotros mismos. «El sujeto forzado a aportar rendimiento es mucho más rápido y productivo que el sujeto forzado a obedecer». Y de forma engañosa: «La prohibición, el mandato y la ley son reemplazados por el proyecto, la iniciativa y la motivación».
Para sostener sus argumentos, dialoga con pensadoras como Hannah Arendt, cuyas tesis somete a revisión crítica, así como con Aristóteles y otros filósofos. Analiza las enfermedades neuronales; denuncia la hiperactividad y la cultura de la multitarea como síntoma regresivo que dispersa la atención y nos acerca más a la supervivencia instintiva de un mundo salvaje —donde es indispensable para sobrevivir— que a una auténtica vida consciente; y reivindica el aburrimiento profundo como condición para la creatividad: «El estrés no crea, no sirve más que para reproducir y acelerar lo que ya existe». También recurre a la literatura en concreto a El caso Bartleby, de Herman Melville, donde la célebre fórmula del protagonista —«Preferiría no hacerlo»— aparece interpretada como un gesto de resistencia frente a la compulsión contemporánea por actuar, producir y mantenerse constantemente disponible.
En los últimos capítulos el autor contrapone dos modelos de existencia: la vita activa, centrada en la acción constante, y la vita contemplativa, basada en la atención, el silencio y la reflexión que defiende: «no es la vida activa, sino la vida contemplativa la que convierte al hombre en lo que debe ser». Sin embargo, no precisa hasta qué punto debe aplicarse esta, y si se refiere al grado máximo, parece difícilmente practicable en el mundo actual.
Conforme avanza la lectura es inevitable una clara sensación de reconocimiento personal. Al igual que esta lectora, muchos otros se verán reflejados en esa exigencia permanente de ser excelentes, no solo en la esfera profesional, sino también en la familiar (parejas y padres ejemplares), social (amigos siempre disponibles) o política (ciudadanos informados y comprometidos), en definitiva, personas perfectamente preparadas para abordar con éxito nuevos retos. Han concluye que esa acumulación de expectativas termina por vaciarnos y aislarnos de los demás.
Especial atención merece su análisis de las redes sociales. Según el autor: «El mundo se ha transformado en unos grandes almacenes», un inmenso escaparate donde cada persona exhibe su identidad como una mercancía más, obligada a mantenerla visible, activa y atractiva. Esta dinámica fomenta una relación tensa con uno mismo, marcada por la auto observación permanente (rasgo propio de un comportamiento ansioso) y por una creciente tendencia al narcisismo. El sujeto del rendimiento termina así atrapado en una espiral de auto exigencia, frustración y agotamiento que puede adquirir rasgos autodestructivos.
Uno de los mayores aciertos del ensayo consiste en relacionar fenómenos que a primera vista parecen inconexos —el síndrome del burnout, la depresión, el trastorno por déficit de atención, la hiperconectividad o el narcisismo digital— y mostrar que todos ellos responden a una misma lógica: el imperativo del rendimiento, de superarse de manera constante, pues: «Hoy la nave industrial se confunde con la sala de estar. La consecuencia es que se puede trabajar en todas partes y en cada momento. El ordenador portátil y el smartphone conforman un campo de trabajo portátil».
Pero especialistas en ámbitos de la psicología y la psiquiatría le reprochan cierta falta de rigor clínico al abordar los trastornos neuronales complejos; así como una tendencia a formular análisis generales y centrados sobre todo en el medio urbano, sin descender a matices sobre clase social, género o contexto territorial. Por mi parte, creo que la principal limitación del libro radica en que la idea central —por supuesto interesante y lúcida— resulta muy repetitiva a medida que avanza el ensayo. El autor regresa una y otra vez sobre la misma desde distintos ángulos, pero sin que el nuevo enfoque alcance la riqueza o complejidad que promete.
Pese a estas reservas, La sociedad del cansancio ha conseguido interpelar a la lectora. El ensayo no ofrece recetas prácticas ni soluciones fáciles, pero sí algo valioso: una mirada lúcida sobre las contradicciones de nuestro tiempo: «En ninguna otra época gozaron de mayor predicamento los hombres activos, es decir, los inquietos».
La sociedad del cansancio (Editorial Herder, 2025) | Byung-Chul Han | 118 páginas | 11,50 €