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Clásica y romántica

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ILYA U. TOPPER | La cita de Gustavo Adolfo Bécquer que acompaña a este libro cual prólogo, lo dice todo: Como guarda el avaro su tesoro / guardaba mi dolor. Es una experiencia que probablemente hayamos hecho todos; yo, al menos, sí: cuando una historia de amor se termina, una historia de amor de verdad, no la pequeña y cruenta guerra por territorios emocionales que muchas parejas llaman amor, nos aferramos no ya al amor – ya no está – sino al dolor, que sí está, porque es capaz de llenar el vacío. Y todo, siempre, es mejor que el vacío. (El vacÍo es la nada, y uno es más que cero).

Lo hemos hecho todos, pero Victoria León lo ha puesto en verso. Tampoco es la única, por supuesto, pero lo ha hecho con una precisión y limpieza que sorprende. Aquí no hay ningún verso, ninguna sílaba fuera de lugar. Se alinean fuegos y cenizas, laberintos y murallas, abismos y cavernas, sombras y sed, en composiciones perfectas. Una alquimia basada en los cuatro elementos, pero capaz de crear imágenes imborrables. Lleno un cajón de libros y de recuerdos / y encierro mi alma en él para olvidarte.

Soy un gran detractor de la poesía con tintes abstractos; no me refiero a la del dadaísmo sino a aquella que emplea con profusión los términos que en filología llamamos abstractos: sentimiento, reflexión, amor… Prefiero la poesía que pinta: que me hable de algo que ocurre delante de un escenario real. Con autobuses, playas atestadas de turistas, bares ruidosos, azoteas con ropa tendida, charcos en una calle. Poesía que no huye de la vida sino que la refleja, tal y como la vivimos.

No, la poesía de Victoria León no evoca ni autobuses, ni otros medios de transporte público, ni playas ni bares. Podría haberse escrito en el siglo XIX, o en el VIII, o en el V antes de Cristo, si quieren: los elementos con los que juega llevan ahí de toda la vida; un jardín con palmeras podría estar lo mismo en el Cádiz de 2019 como lindante con los palacios de Semíramis, quién puede decirlo. Pero con esta austeridad de elementos comunes a la humanidad, la poeta va construyendo escenarios que sí son tangibles, se puede revivir con el cuerpo. Nieblas de amaneceres implacables / tras noches sin dormir, calles pobladas / de fantasmas a plena luz de día. Esto no es abstracto: uno va pisando esas calles mientras lee.

He exagerado: en un poema sí salen fotografías de la facultad y un cine; en otro, fotos, discos y libros de París. Eso reduce el ámbito en el que se ubica la narradora a poco más de un siglo y una geografía vagamente europea… Quizás ahí radique la maestría de Victoria León: insinúa el ambiente con apenas una pincelada de acuarela antes de proyectar sobre él las sombras del alma o las llamas del averno. Con el proyector siempre ajustado al enfoque preciso, nunca borroso.

La brevedad es una virtud, y la tienen tanto cada uno de los treinta poemas de este libro, como el propio libro, receptor – merecido – del IX Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado. Aquí no hay voces ni temática distinta, ni siquiera hay una evolución del personaje poético. Usted puede empezar con el último poema y proceder hasta el principio o leerlos salteados: son treinta variaciones sobre el mismo tema. Una foto fija de un momento preciso en el que se dibuja la lucha a favor del dolor y contra la nada.

Esperaré el próximo libro de Victoria León para ver cómo – es ley de la naturaleza – ambos se desvanecen vencidos y en su lugar aparecen otras formas de vida.

Secreta luz (Fundación José Manuel Lara, 2019) | Victoria León | 80 páginas | 11,30 euros

 

admin

Un comentario

  1. Perfecta entomología de la escritura poética, Ilya Topper. Una vez más, mi enhorabuena.

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