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Carmen Jodra o la poesía que ya no será

Carmen Jodra

JUAN CARLOS SIERRA | Sé que con esta reseña me voy por las ramas, me pierdo por los cerros de Úbeda, me salgo del carril de lo que los lectores de Estado Crítico esperan y de lo que la propia publicación nos pide a sus colaboradores. Sé que alguien se podrá sentir decepcionado, estafado –con todo el derecho del mundo y con razón-, porque a partir del próximo párrafo me voy a dedicar a escribir sobre un libro que tiene más de diez años, que no se encuentra en la mesa de novedades por cuestiones de fecha sino por otros motivos menos festivos y más luctuosos. Sé además que llego demasiado tarde, como casi siempre. Así que, lector, a tiempo estás de dejarlo aquí, sin reproches, sin acritud, sin malos rollos. Luego no digas que no te advertí.

Me apetece, porque me duele, escribir sobre Rincones sucios, el segundo y último libro de la recientemente fallecida poeta madrileña Carmen Jodra Davó (1980-2019), un poemario que, al contrario que su exitoso y sorprendente Las moras agraces (Hiperión, 1999), pasó casi inadvertido cuando en 2004 recibió el accésit del Premio Joaquín Benito de Lucas y en 2011 la editorial La Bellas Varsovia lo recuperó para darle una nueva vida. Me duele, porque admiré y disfruté el primer poemario de Carmen Jodra y en su momento no pude explicar nada sobre él. Me duele porque, después del primer deslumbramiento, Carmen Jodra había desaparecido prácticamente de mi vida como lector de poesía y ahora, demasiado tarde, llego a un no menos fascinante segundo poemario, Rincones sucios. Me duele, porque Carmen Jodra ya no podrá leer cuánto la he admirado y cuánto me ha ayudado y acompañado su poesía. Me duele, porque lo que le ha pasado a Carmen Jodra es demasiado injusto. Me duele, porque a muchos nos ha dejado huérfanos de una poesía que ya no va a ser posible, como no lo fue la de Federico García Lorca, o la de Silvia Plath, o la de Emily Brontë, o la de Miguel Ángel Velasco,… por poner algunos ejemplos a bote pronto de poetas que se fueron –o, más bien, en el caso de Lorca se lo llevaron- demasiado pronto. Me duele, porque después de Rincones sucios cabe un camino poético que ya no podrá ser, se intuye una dirección que no ha llegado a materializarse.Y es que en este libro se aprecia una suerte de tanteo, de probatura, tras el éxito abrumador de Las moras agraces. La sensación que produce en el lector es la de búsqueda lírica.

Los elementos con que se construye el poemario son variados, a veces dispares, contradictorios, paradójicos, aunque no del todo ajenos a lo que ya conocíamos de la poesía de Carmen Jodra. Está, por supuesto, el aura clásica grecolatina –más ‘greco’ que ‘latina’ esta vez-, como se aprecia nítidamente en las tres partes que componen el poemario: Mȇdèn ágan (“Nada en exceso”), Páthei máthos (Se aprende a golpes) y Gnȏthi seautón (Conócete a ti mismo). Está el sermo humĭlis y el locus amoenus, la búsqueda de la belleza clásica redentora y la aspiración ascética, el verso clásico y la estrofa tradicional, la rima y el metro,… Pero también está la punzante clarividencia de la ironía, el juego provocativo de lo naif, el verso libérrimo, el susurro altisonante de la provocación,… Puro tanteo en busca de un camino que ya va a resultar imposible, a no ser que entre sus papeles difuntos aparezca ese poemario que todos los que fuimos sus lectores desearíamos y que quizá fuera el inicio de una línea poética nueva resultante de esta búsqueda.

No obstante, Rincones sucios contiene una constante de la poesía de Carmen Jodra que podría convertirse en sello de la casa y que difícilmente abandonaría –suponemos- en ese poemario nonato del que hablábamos antes. Me refiero al tono desengañado, triste, lindante con lo depresivo, que de cuando en cuando ensombrece con su luz salvadora la contemplación o la aspiración a la belleza. En la última sección del libro -la más extensa, la que ya sabemos que se llama Gnȏthi seautón, el ‘conócete a ti mismo’ del pórtico del santuario de Delos-, ese aire desengañado marcadamente pesimista se hace más patente, más doloroso y sin remisión. El humor, la ironía, el jugueteo han desaparecido y la belleza protectora se encuentra completamente arrinconada.

“¿No lo ves, que no hay nada que te salve,/ que el espíritu es débil lo mismo que la carne,/(…) y que tampoco es cierto que el hecho de la sed/ sea prueba de la existencia del agua?”. Así comienza y termina un poema de esta última sección (página 40). Este es el tono derrotado al que nos referíamos que contagia al conjunto del libro. No obstante, este poema/interrogación, esta pregunta desesperada, desgarrada, a pesar de la respuesta que presumiblemente espera la autora, en su caso y en sus circunstancias sí que tiene respuesta esperanzada, aunque quizá inútil.

Carmen, la poesía te ha salvado, tu sed es nuestra sed y sí que hay agua en tus versos para no morirnos de sed.

 

Rincones sucios (La Bella Varsovia, 2011) | Carmen Jodra | 50 páginas | 12 euros

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