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Como los náufragos a la balsa de la Medusa

ELENA MARQUÉS | Tengo un grupo de amigos desde hace muchísimo tiempo. Como nos conocemos tan bien y nos queremos a pesar de todo, somos capaces cada año de viajar juntos sin demasiadas complicaciones. Ni siquiera cuando votamos el destino que pensamos visitar. A mí siempre me afean que terminamos volando a Francia; pero es que, si ponen una ciudad gala entre las opciones, yo voy a elegirla sí o también.

Este preámbulo es solo para decir que comparto mi pasión por el país vecino con el autor de Un bárbaro en París. Textos sobre la cultura francesa. Que, como él, de joven pensaba que nadie puede ser escritor, o pintor, o intelectual, si no era a la sombra de la torre Eiffel o tomando un noisette bajo los acogedores toldos de Les deux magots. Refrendaba esa idea el paso por allí de figuras para mí tan importantes como Octavio Paz, Julio Cortázar, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes o el mismo premio Nobel Vargas Llosa, quien puede presumir de ser el único académico de la institución francesa que no tiene como lengua materna la de Molière.

Precisamente con motivo de ese discurso que pronunciara ante el resto de inmortales, discurso con el que termina la obra, se ha editado este conjunto de ensayos dedicados a la cultura transpirenaica, algunos de los cuales manifiestan una pasión juvenil aún extinta, un entusiasmo con el que solo puede uno comulgar.

Yo, que había leído con parecido fervor La orgía perpetua para reencontrarme una y otra vez con Madame Bovary, uno de mis libros preferidos y fuente inagotable de hallazgos, me vi enseguida atraída por esta recopilación en la que se pasa revista a grandes como Victor Hugo, de quien el peruano no solo alaba su facilidad innata para la literatura, sino para el goce de la vida (un modelo para él en todos los sentidos, vamos), Jean Paul Sartre y Albert Camus. Resulta especialmente interesante el análisis de la evolución ideológica del primero y la superioridad, para el autor, del segundo, por su coherencia moral y la vigencia de su obra. A ellos dedica más páginas que a ningún otro intelectual, no sé si seducido por ese existencialismo que tiñó años fundamentales de la historia de Europa de una aureola de consistente nostalgia.

También son reveladores los textos dedicados a los autores del nouveau roman, que no son muy de su gusto, como no lo son tampoco los llamados postestructuralistas, léase Roland Bartres o Jacques Derrida, que siguen martirizando a estudiosos de la Filología; pero, como buen crítico, reconoce sus virtudes y aciertos, tal como lo hace con el algo olvidado André Malraux, el denostado por motivos extraliterarios Céline o figuras más desconocidas para el común de los lectores como Georges Bataille o Raymond Aaron, del que yo, al menos, nada sabía y ahora se me han despertado las ganas de encontrarlo.

Eso quiere decir que los artículos de Vargas Llosa cumplen su función: la de abrirnos los ojos y las mentes a nuevas lecturas, caracterizadas, todas ellas, por la libertad de pensamiento, que es lema de la más famosa revolución de la Historia, pero también de la innovación. De hecho, de aquí a fin de año me he propuesto leer Nadja de André Breton, La condición humana de André Malraux y, ya puestos, el libro de Mario Muchnik con el mismo título, que, puesto que se remonta a 1986, tendré que rebuscar en librerías de viejo.

No hace falta recordar que, si bien la mayoría de los lectores de Vargas Llosa nos iniciamos con sus obras primeras, y estas poco tienen que ver con las que nos ha dejado en los últimos tiempos (me refiero al deseo de crear una novela total y conseguirlo), el estilo de estos artículos ensayísticos es ameno y agradable, lo que facilita el acercamiento a esos autores escogidos por la influencia que en el autor de este volumen han ejercido en algún momento de su larga vida, no solo en el ámbito literario, sino también en el ideológico.

Destaco los escasos textos dedicados al arte de los pinceles, del que París fue también centro neurálgico e innovador. En este caso no podían faltar las figuras de Flora Tristán, cuya biografía da para una serie de terror, Paul Gauguin o una breve reseña a Delacroix, cuyos cuadros de Saint-Sulpice fui a visitar hace años con reverencia antes de que la iglesia fuera invadida por seguidores de thrillers de cuyo nombre no quiero acordarme.

En definitiva, Un bárbaro en París es un libro recomendable para quien quiera sentirse reconciliado con la literatura, un canto a la cultura francesa y a un mundo que, a poco que nos descuidemos, desaparecerá entre la autocensura, la cancelación y las narraciones intrascendentes que a veces se imponen. Un intento de demostrar, de intentar convencernos, de algo que resulta manido pero a lo que deberíamos agarrarnos como los náufragos a la balsa de la Medusa: que la literatura aún puede salvarnos.

Un bárbaro en París. Textos sobre la cultura francesa (Alfaguara, 2023) | Mario Vargas Llosa | 272 páginas | 17,95 euros

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