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El disparate como argumento

Origen-Dan-BrownRAFAEL ROBLAS CARIDE | Hay libros que se lo ponen muy fácil al crítico literario. Así, por una vez, y sin que sirva de precedente, prefiero olvidarme de estilismos y de sesudos análisis de fondo y forma para ir al meollo de la cuestión. Eso sí, antes advierto a los futuribles lectores de esta última novela del hipermegafamosísimo Dan Brown que se abstengan de continuar a partir de aquí, ya que la presente crítica contiene destripes irreparables (me niego a usar el anglicismo spoiler). No en vano -como ya adelantaba en la primera línea- hay libros que se lo ponen tan sencillo a uno que basta sólo con redactar el resumen del argumento. Y es lo que voy a hacer en esta ocasión.
El omnipresente –y omnipotente- Robert Langdon ha sido invitado esta vez a un enigmático acto que tiene lugar en el Museo Guggenheim de Bilbao. Su antiguo alumno y amigo Edmond Kirsch (famoso multimillonario, ingeniero informático, tecnólogo y certero vidente) ha realizado un trascendental descubrimiento de cuya revelación depende el futuro de las grandes religiones del mundo. Durante el evento, que es transmitido en tiempo real por internet, Kirsch es asesinado, quedando su hallazgo en suspenso. A partir de aquí, comienza una trepidante huida del protagonista junto a Ambra Vidal –¡vaya nombre de pila castizo!-, la directora del Guggenheim, cuya meta va a ser la difusión mundial del trabajo de Kirsch.
Sin embargo, una serie de obstáculos van a dificultar esta particular road movie que, curiosamente, es retransmitida también en tiempo real para todo el mundo a través de la página ConspiracyNet.com, a la cual una enigmática garganta profunda que responde al nombre de “monte@iglesia.org” informa periódicamente. Dichos obstáculos serán, en primer lugar, el asesino del vidente, un curioso almirante de la Armada española que se encuentra traumatizado por un atentado perpetrado años atrás en el interior de la catedral de Sevilla y que parece seguir órdenes de una oscura organización político-religiosa: la iglesia palmariana. En segundo lugar, claro está, también se oponen a la revelación de Kirsch la oficialidad de cada una de las tres religiones más importantes del mundo, aunque Brown destaca sobre el budismo y el islamismo la taimada maldad de la iglesia católica. No obstante, sobre todo los inconvenientes, sobresale un nimio detalle: Ambra Vidal es la prometida del Príncipe de Asturias, don Julián, el cuarentón hijo único de un Rey de España que se encuentra enfermo, en fase terminal, agotando sus últimos estertores de reinado. Y es que, para mayor inri, hay algunos firmes indicios que señalan a la Casa Real como instigadora del crimen: al parecer, Ávila, el oficial de la Armada, pudo franquear el Guggenheim gracias a una llamada de última hora procedente de la Zarzuela. En el otro plato de la balanza y como aliado de Langdon y Ambra, aparece Winston, un computador remoto diseñado por Kirsch, que se comunica a través de un terminal móvil con los fugitivos y que, una y otra, vez los sorprende –a los lectores también- por su avanzada inteligencia artificial.
A este resumen del planteamiento, que consume casi las doscientas primeras páginas del libro, habría que sumar los trazos finos de la trama. Ni que decir tiene que la misma transcurre en una España ficcional bastante alejada -¡gracias a Dios!- de la realidad. Sin embargo, Dan Brown pretende convencernos en muchas ocasiones de lo contrario, incluyendo en la acción bastantes referencias históricas y artísticas para intentar sostener la verosimilitud de su novela. Así ocurre acertadamente con algunas descripciones de lugares y escenarios, como el mismo Guggenheim, la Casa Milà o la Sagrada Familia.
Sin embargo, en la mayor parte de las ocasiones, Brown fracasa estrepitosamente al mezclar churras y merinas o quedarse en la superficialidad más tópica del medio observado, retratando su reflejo erróneo y maniqueo. Así, la España contemporánea es dibujada como un país profundamente religioso y visceral, anclado en la rémora de un franquismo aún vinculante –curiosamente Franco sí aparece en Origen– gobernado por un Rey ultracatólico y pusilánime que, al modo de los últimos Austrias, se deja mangonear por un obispo, Valdespino. Si al menos fuera un cardenal…
La supuesta modernidad la representa don Julián, el Príncipe de Asturias, que tras un fugaz noviazgo con la hermosa e inteligente, aunque plebeya, Ambra Vidal -¿a qué nos recuerda esto?- termina declarándole su amor en directo durante uno de los programas televisivos de mayor audiencia (querido Dan, mejor que no des ideas). Según la novela, con él se identifican una gran parte de los jóvenes españoles que confían en su trabajo para remontar una de las épocas más aciagas de la nación. Curiosamente, poco o nada refiere el autor del Presidente del Gobierno, del Parlamento o del Congreso como otros órganos de gobierno…
Mas será mejor que prosiga con el hilo argumental de la obra, no sea que el lector de la crítica me acuse, y con razón, de no saber cumplir con mi palabra. Dejamos a Langdon y a Ambra huyendo del almirante Ávila y de los agentes de la Casa Real con rumbo a… Barcelona, el lugar de trabajo de Kirsch, donde se supone que está el archivo informático preparado por el genio multimillonario que debe revelarse al mundo. A estas alturas del libro, ambos han deducido que el descubrimiento de su amigo está relacionado con el origen del hombre y con el futuro que le espera a la humanidad. Igualmente también han confirmado que una grave  enfermedad estaba minando la salud del famoso ingeniero informático, condenándole a una muerte segura en un muy breve plazo.
Al llegar a Barcelona, varias escaramuzas y episodios inverosímiles -el rescate de los protagonistas con un helicóptero en marcha efectuado sobre el tejado de la casa Milà es un buen ejemplo de ello- conducen a la pareja a una antigua iglesia del barrio de Pedralbes, lugar donde Kirsch había establecido su laboratorio y donde, finalmente, acceden al ordenador desde el que poder lanzar al mundo el trascendental mensaje.
En el camino quedan algunos muertos. Por supuesto son los agentes de la Casa Real y el curioso almirante Ávila. Eso sí, antes nos hemos quedado de piedra al narrarnos Brown la facilidad con la que la iglesia palmariana recluta a sus correligionarios y, sobre todo, al comprobar la gran importancia que esta detenta en la sociedad española, tan proclive a lo reaccionario y tan refractaria a los cambios, sobre todo en cuanto al campo religioso se refiere (¡!).
Por otra parte, al mismo tiempo que Langdon y Ambra corren por Barcelona, el obispo Valdespino se lleva casi secuestrado al Príncipe don Julián del Palacio Real, retando así a la Fuerza de Seguridad Real. ¿El destino? Primero El Escorial y luego… ¡el Valle de los Caídos! Allí lo espera su moribundo padre, el monarca regente, que va a hacerle una última y definitiva confesión: ¡¡¡¡desde la muerte de la Reina, Valdespino y él han vivido una suerte de relación amorosa homosexual totalmente platónica!!!! Por supuesto, don Julián lo acepta de buen grado sin ningún tipo aparente de extrañeza. Toda la extrañeza queda, por tanto, en el estupefacto lector que suscribe que no llega a entender dicho arabesco argumental.
Aunque no queda aquí la cosa, el monarca muere sobre el lecho esa misma noche, tras ser trasladado a una habitación del hospital del Valle de los Caídos. A su lado se encuentra Valdespino, que le sostiene una mano. Cuando amanece, don Julián encuentra al Obispo, también muerto, sobre el pecho de su amante. Es el mismo Príncipe quien disimula la escena para evitar murmuraciones. Sin comentarios.
Pero regresemos a Barcelona donde la pareja protagonista ha logrado emitir, vía internet y con la ayuda de Winston –el ordenador inteligente-, el legado de Kirsch a toda la humanidad. ¡Albricias! Sin embargo, el peligroso comunicado del ingeniero multimillonario decepciona un poco. Por medio de complejos experimentos informáticos ha llegado a dos conclusiones complementarias: la vida humana surge espontáneamente en un primer momento según las leyes de la física sin que lo ordene ningún ser superior; y segundo, la humanidad se dirige en unos pocos años hacia un estado en el que la raza humana va a desaparecer dominada por otra especie más avanzada.
Curiosamente, la primera conclusión –que es tratada por Brown con un maniqueísmo falaz, como si el cristianismo actual no considerara el simbolismo de la Biblia ni admitiera la teoría darwiniana– se supera en la novela por medio de un personaje, el sacerdote catalán que cuida de la Sagrada Familia, cuando se pregunta retóricamente sobre la razón de una existencia previa a ese momento primero del mundo o bien sobre el posible creador de esas primeras leyes de la física. Sin embargo, obviando la confrontación, no deja de resultar un tanto absurdo cómo un descubrimiento que ha generado a priori tanto miedo e incertidumbre en las masas queda en aguas de borrajas una vez ¿revelado? Por otra parte, la segunda conclusión queda explicada en el mismo vídeo de Kirsch, resultando que la amenazadora especie superior que va a terminar en menos de cincuenta años con el hombre no es otra que la ¡¡¡raza tecnológica!!!
Por supuesto, ni el mundo, ni las religiones, ni España, ni Barcelona, ni siquiera el Paralelo tiemblan ni se desvanecen al día siguiente de la gesta de Langdon y Ambra y de la revelación del mensaje de Kirsch. La vida sigue igual y todo se restablece. La Casa Real, una vez deshechos los equívocos y rumores que vinculaban a la monarquía española con el asesinato de Kirsch, lleva a Ambra junto al Príncipe Julián y prepara la sucesión. La pareja restaña heridas y sutura malentendidos. El Palmar de Troya también se desvincula del crimen por medio de un comunicado. La luz del sol parece ocultar lo ocurrido durante la trepidante noche. Sólo Langdon continúa dándole vueltas a los cabos sueltos del caso. ¿Quién ordenó a Ávila dar muerte a Kirsch? Subiendo Montjuic soluciona el enigma.
La novela se resuelve con una conversación contrarreloj entre este y Winston -¿recuerdan? ¡sí la inteligencia artificial!- que revela su terrorífico secreto: él mismo planeó el asesinato de su creador para potenciar los efectos mediáticos de la presentación del Guggenheim. De este modo, Langdon descubre que no fue otro sino Winston quien contactó con Ávila, pagó su salario, facilitó el acceso del mercenario al museo hackeando las líneas telefónicas de Zarzuela, filtró información a la prensa (¡Winston es también “monte@iglesia.org”!), confundió a los Servicios de Seguridad Reales,…
Sí, amigos, el asesino aquí no es el mayordomo, sino el ordenador -¡manda huevos!- que es capaz de diseñar todo un arsenal de acciones maquiavélicas que dejan en el aire si la predicción de Kirsch no estará más cerca de lo que pensamos. Por supuesto, la máquina es desmontada y el final de la novela nos sorprende con un pensativo Langdon que medita sobre el futuro de las religiones en la plaza de la Sagrada Familia. Pensamiento fútil y simplón que aboga por una religión global, panteísta, que se encuentre en comunión con la naturaleza y que integre y no rompa los lazos de unión existentes entre los seres humanos. Nada nuevo bajo el sol.
Y chimpón, la trama se acabó. Saquen ustedes las conclusiones, aunque lo cierto es que el señor Brown sigue vendiendo libros como rosquillas. Y digo yo… ¿acaso no tendrá también algo que ver eso con el fin del mundo?
Origen (Planeta, 2017), de Dan Brown | 639 páginas | 22,50 euros

admin

One Comment

  1. Me temo, amigo Rafael, que algo más prosaico que “el fin del mundo” [que conste que entiendo el chiste, me ha hecho gracia y lo suscribo]. Pero lo trsite, lo verdaderamente dramático es que la mediocridad no sólo sigue campando por todos los espacios humanos sino que se lleva de calle sus más sutiles inventos tales como los libros, las pelis, las canciones… Que un argumento tan disparatado pueda vender a raudales es desesperante para los autores (como el menda) que aún creemos en la coherencia y la raza humana, así sin entrar en detalle. Pero la mediocritas de baja altura siempre ha tenido su público, que se puede contar en millones y millones de mentes confusas, genet alienada y toneladas de mal gusto.
    Pero lo peor, con todo, es esa malhadada elección de España como escenario e incluso protagonismo por lo que cuentas. El barco que Brown ha fletado esta vez en el océano del tópico, tiene demasiados agujeros y no sé si flotará. Sospecho que no va a poder coger velocidad y se hundirá por esas vías de agua, pero vaya usted a saber. Lo mismo el pájaro es un genio calafateador.
    Lo de don Julián indica que tiene noticia del romance castellano y el final de los godos, creo yo. Pero va de tópico en tópico, como en la oca: del Escorial/Valle de los Caídos a la catedral de Sevilla, del Guggenheim a la Sagrada Familia, de la oxidada España a la repugnante España. Esto me hace sospechar ¿sabes?. Creo que el autor del disparate ha estado de viaje por España y como buen guiri ha quedado fuertemente impresionado por su legado histórico/patrimonial, del que probablemente no tenía ni idea. Pero ha estado sólo, o sobre todo, en Bilbao y Barcelona (quizás en EL Escorial y Valle de los Caídos también). Ha tomado partido por supuesto, como buen simplón, por esos pueblos oprimidos por una monarquía decadente y sostenida por la fuerza reaccionaria de la Iglesia y un ejército y guardia real siniestros. Por eso lo chachi son el museo bilbaíno y la catedral barcelonesa. Y se ha quedado tan ancho, creyendo que sus lectores ‘round the world’ lo van a flipar, como efectivamente puede ocurrir porque el topicazo tira mucho, sobre todo si va de lo siniestro al ridículo.

    Te agradezco enormemente la sinopsis que has hecho, así ya está leído, jajaja, es decir sé de qué va. Hace años, El Mundo me encargó un artículo ‘in extensis’ (a página) sobre ‘El símbolo perdido’ por aquello de ser un poco especialista en cuestiones simbólicas e históricas y ser masón, además; el libro no estaba mal del todo, dicho sea de paso, por una vez debió de estar inspirado. Desde entonces me siento responsable de seguir su obra, ya que para hacer crítica literaria de un autor hay que saber lo más posible del tipo.
    Enhorabuena por tu crítica y saludos cordiales.

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