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Las mejores rutas perduran, las peores se erosionan

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A diferencia de muchas personas, yo carecía de un impulso claro para hacer una caminata de largo recorrido, ningún incidente me había predispuesto a ello. No lloraba ninguna muerte ni me recuperaba de la drogadicción. No huía de nada. Nunca había ido a la guerra. No estaba deprimido. Puede que solo estuviera un poco chiflado. Mi travesía integral tampoco era una tentativa de encontrarme a mí mismo, de encontrar paz ni de encontrar a Dios.

 

CAROLINA EXTREMERA | Caminar es una de las pocas actividades físicas que me gustan de verdad. Con todo, y a pesar de que he llegado a andar bastantes kilómetros, soy incapaz de realizar una verdadera hazaña haciendo una ruta larga durante muchos días seguidos o durmiendo a la intemperie en parques naturales después de haber cargado con mi propio equipo de acampada. No digamos ya si se trata de encontrarme a mí misma en el camino de Santiago duchándome en albergues comunales o dejar mi trabajo para recorrer Francia a pie alojándome en casas de benevolentes lugareños. A veces, leyendo trozos del Prelude de Wordsworth o Wanderlust (Capitán Swing, 2015) de Rebecca Solnit, he sentido un cosquilleo en los pies, el inicio de un plan en mi estómago. Pero reflexionando y recordando otros libros como Wild de Cheryl Strayed o Walking Home, de Simon Armitage, me doy cuenta de que solo hay una forma de evitar el dolor, las lesiones, las ampollas, el espantoso clima o la obsesión por descansar y comer de una vez: cambiar las caminatas a larga distancia por la lectura de narraciones sobre caminatas a larga distancia. En esa línea, he seguido andando, y mucho, pero nunca tanto como para que pudiera convertirse en un hecho heroico, y he ido leyendo cada vez más acerca de los caminantes.

Así es como he dado con En los senderos, un libro que se fija, precisamente, en lo que menos nos importa cuando vamos andando: el hecho físico del camino en sí. Como el propio Robert Moor explica, lo natural es ir mirando hacia adelante, al paisaje, de forma que “en toda la historia de la literatura, los caminos han permanecido siempre en la periferia de nuestra mirada, abajo, en el borde inferior del marco: han quedado, bastante literalmente, por debajo de nuestro interés”. Él, sin embargo, después de realizar una travesía de 3500 kilómetros durante cinco meses en la Senda de los Apalaches, descubrió que tiempo después seguía pensando no en las conclusiones que había sacado sobre sí mismo – que fueron más bien pocas – sino en el propio sendero. Este libro nació de la inquietud por investigar de dónde vienen los caminos, cómo se van trazando, qué hace que algunos se olviden y otros perduren, y se escribió viajando durante años y entrevistando a senderistas, paleontólogos y biólogos.

Comienza con un prólogo muy interesante sobre el concepto de camino, sobre el tipo de libertad o falta de ella que nos proporciona y continúa explorando, en primer lugar, las rutas fósiles más antiguas del mundo. Sigue después con las rutas que los insectos trazan, sus retículas de comunicaciones a veces tan complejas como las nuestras y los caminos de los mamíferos más desarrollados como elefantes, ciervos, ovejas o gacelas y cómo nuestros esfuerzos por entenderlos y cazarlos han configurado nuestro desarrollo como especie. Pasando ya a los humanos, nos cuenta cómo las sociedades antiguas sembraron sus paisajes de redes de senderos que llegaron a estar íntimamente relacionados con las líneas del lenguaje y la memoria para desembocar en dos capítulos finales donde se aborda el senderismo en sí mismo, en concreto la propia Senda de los Apalaches y sus tortuosos orígenes, y la ruta de senderismo más larga del mundo que va desde Maine hasta Marruecos.

Los capítulos son, a mi parecer, algo irregulares. Son muy interesantes los que tratan de animales y muy difuso el que profundiza en la tradición cheroqui, no tanto porque es un tema que no me dice nada sino porque se sale bastante de lo que se supone que es el propósito del libro. En ese sentido, en algunas partes da la sensación de que a Robert Moor le sobraba material de investigación que fue recolectando y tuvo la necesidad de utilizarlo. Sí que me han resultado muy estimulantes sus conclusiones y pensamientos sobre el senderismo, sobre lo que significa hoy día y sobre los prejuicios que arrastran muchas personas sobre “lo auténtico”,  así como su concepción de lo que es un camino y cómo nos configura a nosotros, que creamos los senderos pero también somos modelados por ellos. No sé si esto dice mucho o no en favor del libro, pero tanto el prólogo como el epílogo resultan más lúcidos que todos los otros capítulos juntos, donde apunta que el principal motivo para hacer senderismo es el hecho de que constituye una experiencia rígidamente delimitada donde las opciones son en realidad muy pocas, y eso contribuye al descanso mental de una sociedad plagada de decisiones. En ese sentido, la vida en sí misma también se percibe como un camino, pero no lo es, es un conjunto de carreteras, de nodos, que ya están trazados cuando nacemos. En palabras del autor: “Las mejores rutas perduran, las peores se erosionan; y las que funcionan van mejorando poco a poco”.

Les dejo con un consejo para no llenar demasiado su equipaje. Vale para los viajes, claro, pero también para la vida.

Él afirmaba que reducir el peso de la mochila era un proceso consistente en librarse de los propios temores. Cada objeto que transporta una persona representa un miedo concreto: a sufrir una herida, a sentirse incómodo, a aburrirse, a que alguien te ataque… El último vestigio del temor que hasta los senderistas más minimalistas tienen problemas para desprenderse, me dijo, era el miedo a pasar hambre.

En los senderos (Capitán Swing, 2018) |Robert Moor | Traducción de Francisco J. Ramos Mena| 392 págs. | 22€

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