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Ni ángel ni demonio sino todo lo contrario

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JUAN CARLOS SIERRA | No sé por qué extraña razón, según avanzaba en la lectura de la última novela de Care Santos Todo el bien y todo el mal, me venían a la memoria las canciones que Joaquín Sabina grabó allá por el ya lejano 1986 en el Teatro Salamanca de Madrid con la banda Viceversa. El adolescente que yo era entonces escuchaba arrobado una y otra vez, hasta conseguir que la cinta se liara en lo cabezales de su radiocasete, aquellos temas que, pese a mis deficientes conocimientos musicales, sentía completos, llenos de matices, sin hilos sueltos, envolventes, compactos, y salía de ellos henchido, habiendo experimentado quizá por primera vez de forma más o menos consciente eso que llaman placer estético. O a lo mejor uno era –y sigue siendo- un poco ingenuo.

No sé, pero esa misma sensación de estar placenteramente atrapado por un artefacto artístico complejo y completo es lo que he sentido al leer Todo el bien y todo el mal. La novela, lejos de atosigar al lector, de abrumarlo con datos que no dejan rendijas por las que escaparse a descansar un rato, como sucede a veces con las tramas excesivamente documentadas, transmite más bien la sensación de que la autora controla con oficio lo que quiere contar, tejiendo con habilidad y como sin esfuerzo alrededor de sus personajes una red de recuerdos, de voces del pasado e incluso de elementos narrativos al margen del discurso predominante que proporcionan progresivamente relieve tanto a esos personajes como a la historia que protagonizan.

Este hecho, no obstante, incluye en sí una paradoja. A pesar de esa percepción de redondez, de completitud que destila la novela, somos conscientes como lectores, porque así lo explica Care Santos en la penúltima página del libro, de que esta novela conforma el cincuenta por ciento de una ‘bilogía’. Y no solo porque lo anuncie la autora, sino porque aún nos quedan como lectores algunos hilos sueltos que enhebrar, algunas tramas más o menos centrales que resolver. Pero, a pesar de todo esto, esa impresión de lectura abrigada no sufre.

Todo el bien y todo el mal no es una novela en blanco y negro, de buenos y malos, es decir, esquemática. Su estructura y su fluir narrativo, como ya se ha explicado antes, van en contra de cualquier simpleza. Como sugiere el título, en ella y en sus personajes caben consciente o inconscientemente toda la bondad y toda la maldad al mismo tiempo. Todos lo hemos podido experimentar en carne propia y aquí somos espectadores de ello: las categorías que el título pone en juego a veces no son responsabilidad exclusiva de quien actúa, sino que vienen determinadas por el juicio externo, porque siempre hay quien gana y quien pierde según qué circunstancias, y de eso depende en buena medida el sentido hacia el que se incline el fiel de la balanza. No obstante, tampoco se trata de rehuir responsabilidades; tomar decisiones, de las más frívolas a las más meditadas, conlleva unas consecuencias que en muchas ocasiones no somos capaces de controlar, porque la vida tiende a desbordarnos cuando menos lo esperamos, como le sucede a Reina Gené, la protagonista de la novela.

Es entonces cuando nos damos de bruces con esas verdades que de vez en cuando la vida nos pone por delante –también cuando menos lo esperamos-. No nos queda más remedio que aceptar que, por encima de todo, somos vulnerables. Nos caemos del caballo de nuestra seguridad para ver la luz cegadora e hiriente de nuestra fragilidad.

Y entonces todo se vuelve opaco e inestable, y la tierra que pisamos adquiere la consistencia del blandiblú. Y es cuando aparecen las grandes preguntas que creíamos ya resueltas acerca de nosotros mismos, de nuestra familia, de nuestro trabajo,… Y parece que no somos tan buenos ni tan perfectos como pensábamos. Y necesitamos volver a casa urgentemente desde Bucarest, a pesar de la ola de frío siberiano que bloquea el aeropuerto, dejando a medias un trabajo muy bien remunerado –y, por consiguiente, un más que probable chantaje en la letra pequeña del contrato-, una habitación de hotel con un hombre entre las sábanas, un candidato para dirigir el departamento legal de la multinacional farmacéutica Newzer,… Y cuando conocemos la historia de este personaje llamado Ulf Everink, hablamos con él y empieza a filosofar socráticamente sobre el bien y el mal, todo vuelve a ponerse patas arriba. Y más ganas tenemos de volver a casa. Y más vulnerables e insignificantes nos sentimos, pero ya con algunos matices.

Y llegados a este punto los lectores nos quedamos deseando meterle mano a la segunda parte de esta ‘bilogía’, porque aún no sabemos quiénes son los buenos y quiénes los malos, si es posible ser bueno o malo, si la maldad y la bondad no son más que espejismos o si, como dice Ulf, “el mal siempre está más cerca de lo que creemos” y “son quienes no hacen lo que deberían, por supuesto”. ¡Ah! también dice el señor Everink que “el dinero está del lado del mal”. ¿A ver si todo se va a resolver desde aquí? No sé. Necesito leer esa continuación.

Todo el bien y todo el mal (Ediciones Destino, 2018) | Care Santos | 399 páginas | 20,50 euros

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