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Corrientes, abismos y silencio

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JUAN CARLOS SIERRA | Es difícil escribir una reseña acerca de la edición que Altamarea acaba de sacar de La playa, de Cesare Pavese, porque, por un lado, va precedida de un excelente prólogo de Luisgé Martín donde está apuntado todo aquello –o casi todo- que es más o menos reseñable de este libro y, por otro, porque se trata de una obra –relato largo o novela corta, no sabría definirla- en la que prácticamente no pasa nada.

Sin embargo, tras esa aparente calma de los acontecimientos más superficiales, más evidentes, se esconde un magma de sobrentendidos que le dan cuerpo y entidad a esta obra de Pavese. De hecho, el escenario que da nombre a la novela, la playa, con su apariencia de placidez veraniega, su mar en calma donde se bañan los veraneantes, el ambiente plácido y festivo de los días de asueto estival,… funciona como metáfora perfecta, ya que bajo la tranquilidad de la superficie del mar se mueven corrientes de agua no tan cristalina ni tan sosegada y se hallan abismos realmente insondables.

Y si lo submarino no sale a flote, si no se enfrenta es porque los personajes de la novela se muestran reticentes a hacerlo para no romper seguramente su simulacro de normalidad e incluso de felicidad. Nadie parece tener el más mínimo interés en convertirse en el aguafiestas que saca los colores y las verdades incómodas en las conversaciones de las jornadas estivales en la playa. O eso piensa Doro, uno de los actores principales de La playa: “…Hay que ver cuántas cosas duermen bajo nuestras corazas. Haría falta tener el valor de despertarse y encontrarnos a nosotros mismos. O, al menos, hablar de estas cosas. Se habla demasiado poco en este mundo”.

Tras las salidas a bailar, tras las cenas y las copas de la celebración de los días de asueto, las relaciones de los personajes entre sí y consigo mismos perfila la verdadera trama íntima de la novela de Pavese. En este sentido, se puede afirmar además que el autor italiano se afana y consigue perfilar unos personajes, de manera particular la pareja protagonista y su amigo –y narrador-, complejos, contradictorios, fiel reflejo por otra parte de ese magma al que nos referíamos más arriba que bulle bajo la tranquilidad aparente de los días de sol y toda su parafernalia festiva.

De entre los conflictos silenciados que plantea la novela, quizá el más llamativo sea el referido a las cuitas y vicisitudes de la amistad. Sin entrar en detalles, para no traicionar la lectura de nadie, se puede adelantar que los personajes masculinos principales, Doro y el narrador, del que sabemos su labor como profesor pero no su nombre -¿quizá el propio Pavese disfrazado para la ocasión?-, mantienen desde su juventud una relación de amistad que el tiempo, la edad y sus imponderables han ido moldeando quizá no de la mejor forma posible y que no apunta precisamente hacia un final demasiado feliz. Ahí se encuentra, no obstante, el acierto de Pavese al plantear este conflicto a propósito de esta amistad. El escritor no cae en lugares comunes, en relatos más o menos algodonosos y previsibles, sino que se atreve a pinchar en uno de los huesos de la vida: mostrar al lector con tacto, con sutileza, casi susurrando las aristas y los ángulos muertos de la amistad, la de sus personajes, pero a la vez la de cualquier hijo de vecino, trascendiendo la anécdota particular.

La amistad que han forjado el narrador y Doro se remonta a su juventud y, al contrario de lo que sucede en el momento de la narración, esta se basaba fundamentalmente en el conocimiento y el disfrute del otro a través de la conversación. “Acuérdate de cuánto hablábamos siendo chicos. Se hablaba así porque sí. Sabíamos perfectamente que eran solo palabras, pero nos lo pasábamos muy bien”, le dice Doro otra vez al narrador. En este sentido, se puede apreciar en la novela un marcado tono elegíaco en la nostalgia del tiempo perdido de la amistad adolescente, que se intenta recuperar en la excursión que hacen los dos protagonistas masculinos al paisaje y al paisanaje de su juventud. Pero la realidad es tozuda y la evidencia les cae a los amigos como una losa: no es posible recuperar nada, todo se transforma, se moldea por el tiempo y su relación no iba a ser menos.

Parece que al fin han caído en la cuenta de algo que no todo el mundo está dispuesto a asumir, de ese camino inverso y paradójico que se recorre en la vida: cuanto más mayor te haces, en lugar de ganar en sabiduría, todo resulta más incomprensible, la sensación de perplejidad va en aumento, muy probablemente porque se va perdiendo cierta ingenuidad, porque el ímpetu y el impudor de la juventud para hablar de cualquier asunto se difuminan, porque en esa edad la palabra sincera e íntima de la amistad es un descubrimiento que se tiende a explotar hasta sus últimas consecuencias, porque las aguas turbulentas que se puedan provocar se aplacan con más dosis dialécticas. Cuando la capacidad de comunicación se tapa o se pierde, la amistad sufre –exactamente lo mismo que le ocurre al amor-.

Entonces nos vamos a la costa en vacaciones para que el sol, el mar, las fiestas, sus copas y la noche nos anestesien como si no pasara nada. Y entonces va Cesare Pavese y escribe La playapara aclararnos un par de conceptos básicos acerca de nuestra perplejidad ante la vida.

La playa Cesare Pavese | Altamarea Ediciones, 2018 | Traducción de Melina Márquez | Prólogo de Luisgé Martín | 106 páginas | 16’90 euros

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