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De aquellos polvos blancos, estos lodos negros

EDUARDO CRUZ ACILLONA | TABERNA. INTERIOR. NOCHE.

El espacio está vagamente iluminado, como las malas conciencias. Mesas y sillas presentan las secuelas de la humedad sobre su piel de madera gastada por la experiencia. Pero si algo va a caracterizar a esta peculiar y sospechosa taberna es el continuo chocar de olas argumentales contra las sólidas paredes de su estructura narrativa.

Para empezar, dentro de ella se produce un duelo a primera sangre entre el estilo descarnado, sórdido, exquisito, preciso y sin concesiones de Valle Inclán y el más épico y de gran altura poética de Homero. El duelo, claro, acaba en tablas, aunque aún no sabemos si se trata de las tablas de un barco que sucumbe al naufragio provocado por la galerna de lo imprevisto o es que ha intervenido la influyente autoridad de García Márquez para poner orden. Por momentos, como truenos que certifican la tormenta de las ideas, también se escucha una voz, en boca de los propios parroquianos / personajes, que nos lleva a lo más auténtico de Fernando Vallejo. Y, en otras ocasiones, se nos revela un Camilo José Cela si, en vez de por la Alcarria, hubiese pasado más tiempo tallando la madera de boj por entre los riscos de la Costa da Morte.

Pero no se deje engañar el lector por esta retahíla de autores señalados por su voz propia pues, quien tiene barra libre en la taberna es Montero Glez, uno de nuestros mejores escritores, dotado de esa inimitable e impagable capacidad de domeñar el lenguaje y hacerlo caber en un vaso de aguardiente o manejarlo a su antojo en plena tempestad en el mar abierto del folio en blanco. Lejos de acomodarse en la velocidad de crucero de algunos transatlánticos literarios, Montero Glez negocia metáforas y giros narrativos con la sólida fragilidad de un ballenero, cobrándose piezas valiosas de considerable tamaño y altura, para regresar a puerto y atracar con una captura digna de la mejor y más exigente subasta.

En esta ocasión, el narcotráfico gallego le sirve de excusa para navegar por las manidas aguas de la novela negra imponiéndole una categoría superior, buscando nuevas corrientes y conquistando nuevas rutas que no aparecen en las cartas de navegación al uso. Lo de menos son las víctimas y los asesinos. Lo de menos es la trama que salta en bucle y sin solución de continuidad entre el cártel y la cárcel. Lo de menos son los vigilantes inocentes y los guardias civiles corruptos. Lo que importan son los disparos continuos que, en forma de párrafos y breves capítulos, se suceden en el interior de la misteriosa taberna donde se refugia de la tormenta el grueso de la trama. Una taberna en la que, si Ulises y Caronte estuvieran tomando un trago, enmudecerían al ver entrar a Jim Thompson disfrazado de curtido marino, escoltado por dos elegantes sirenas a las que presentaría con los sobrenombres de VirgendelosSicarios y VirgendelCarmen respectivamente, y portando un contrato de alquiler en el infierno firmado por el mismísimo Dante.

Ante ese escenario, a uno sólo le queda aferrarse al salvavidas de la barra y seguir leyendo hasta el final, arrastrado por el incierto e impredecible destino y la más viciada curiosidad.

TABERNA. INT. NOCHE. (Varias horas después)

Para terminar, Montero Glez, lejos de regresar a la plácida orilla de los finales felices, repleta de lectores de bestsellers de tienda de souvenirs de aeropuerto, aprieta los puños de su estilo literario y da un seco, rotundo e inesperado golpe de timón para hacernos recordar que llevamos más de doscientas páginas conteniendo el aliento y que no nos vendría nada mal que alguien cercano nos rellenara el vaso con el aguardiente que sólo se destila en las mejores novelas. Olvídense de la biodramina. Sírvanse a gusto y disfruten. Será difícil que encuentren un destilado tan exquisito como este, marca de la casa Montero Glez.

Reseña publicada con anterioridad en la web de Tres Pies al Gato.

Carne de sirena (Temas de Hoy, 2022) | Montero Glez. | 224 págs. | 19,90€

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