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De tanteos poéticos y ángeles inocentes


Ángeles sin sospecha

Ramón Miguel Montesinos

Ediciones Crusoe, 2011

ISBN: 978-84-938080-4-4

67 páginas

12 €

Prólogo de Luis Alberto de Cuenca

Rafael Roblas Caride

En ocasiones me pregunto por qué la poesía es tan imprevisible y caprichosa; por qué esa misteriosa focalización lírica sorprende a este autor a una edad temprana y a este otro se le presenta lentamente distraída, como un regalo inesperado fruto de una vocación tardía; qué fantasma familiar impide a Fernando Villalón escribir su primer poemario hasta cumplida la cuarentena o qué inspiradísima musa susurra sus versos al oído del casi adolescente Neruda de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada. En estas me encontraba cuando, casi de sorpresa, viene a posarse en mis manos, como un aleteo de mariposas azules, este primer libro de Ramón Miguel Montesinos, publicado por Ediciones Crusoe en un impoluto volumen de inmaculada blancura que complementa perfectamente la voz poética que respira en su interior.

Pero centrémonos. El hecho de que Ramón sea el hijo de Rafael Montesinos puede que importe poco al lector de esta reseña, por más que, como acertadamente indica en el prólogo Luis Alberto de Cuenca, no deba desdeñarse este dato que explica algunas de las influencias que actúan sobre estos Ángeles sin sospechas. Sin embargo, obviando los condicionantes sentimentales, biográficos o genéticos que hayan colaborado en la percepción poética de su autor, lo realmente reseñable es que la actividad contemplativa del poeta expectante ha dado paso al cabo de los años a una inquietud que encauza aquella vocación vital de siempre hacia el nacimiento del presente libro, un poemario fresco e ingenuo que da a conocer al público parte de esa creación atesorada por Ramón Montesinos a lo largo de muchos años de lecturas y silencio.

Labor catártica y de tanteo. Trabajo constante en el que la mirada lírica sobre el mundo cede paso a la palabra escrita para sobrevolar sobre el verso. Sea como sea, material poético primerizo, sí, pero firme y convincente, que aspira a algo más que a convertirse en un capricho pasajero. Y efectivamente, estos Ángeles sin sospecha pueden definirse como esos restos del naufragio del poeta -hasta ahora inédito y desconocido- que bracea por salir a flote y buscar el reconocimiento del lector. De este modo llegan por el aire del universo montesino estos ángeles que revolotean misteriosos y juguetones, procedentes de un universo pasado donde la luz y la oscuridad pugnan en una confrontación de contrarios. De esta lucha, precisamente, nace la plegaria inicial del libro, dirigida al Dios “de los ayeres y los astros”, al “Dios en la letanía de los amaneceres” invocado en los primeros versos.

Esta oración, que comparte en rara amalgama el mismo aire familiar del mejor Alberti y del romanticismo decimonónico, inaugura una galería de composiciones que se estructuran en torno a tres pequeños capítulos o apartados, y que a su vez se identifican por un estilo sencillo y directo, (“No te vayas aún, / quédate unos versos más conmigo.”, implora Montesinos en “Los difuntos enamorados”); que no desdeñan en ocasiones la pirueta metafórica o visual, procedente de la percepción onírica que tiene el poeta de su existencia (“En el camino también habitan / espectros jóvenes con miradas pueriles, / lloran junto a las orillas / de mares con sienes de ópalo…”) y que tampoco desprecian el guiño cotidiano, que en el madrileño se mezcla con una ingenuidad y una ternura conmovedoras, como ocurre en “Accidente”:

“He manchado con tomate
unos versos de Verlaine
y al hacerlo me he sentido culpable
de algo tan ingenuo.
¿Qué diría Verlaine?
¿Se habrá dado cuenta
y en su mirar de hinchadas pupilas
me insulte groseramente sutil;
¡oh, petit monstruo!,
o tal vez sus vulneradas musas
de arrogantes bustos altaneros
habrán sonreído pícaramente?

He manchado con tomate
unos versos de Verlaine.”

Poema de estructura cerrada y circular, concluida con un epifonema que reitera, a modo de estribillo, los versos iniciales. Este recurso se repetirá en la penúltima composición, la que comienza con el verso “Murmuran las piedras al amanecer…” y, junto con el paralelismo y la anáfora, constituirá una de las tendencias estilísticas más acusadas de la muestra poética del Montesinos de Ángeles sin sospecha.

Pero abandonemos el análisis individual y concluyamos sobre la globalidad de este libro construido sobre el verso libre de arte menor. Temáticamente, Ángeles sin sospecha es un breve recorrido elegiaco a través de un universo que, paralelamente a la vida, delimitan el amanecer y la noche. No por casualidad, las abundantes referencias temporales giran en torno a la luz, sobre todo las del primer capítulo. Luz del sol en el horizonte, que compite en brillo con la tristeza; luz de lunas horadadas y de soles negros; luz al final de un amplio túnel de espejos y espumas; luz en el cielo de un alba nueva y diferente. Y como en toda elegía, el pasado -la infancia- se agiganta en el recuerdo, tras las “máscaras adormecidas / que entre sus azules penumbras” van desapareciendo lentamente, desvanecidas por el olvido. Aunque el poeta se resiste, quizás porque Montesinos sabe -o intuye- que “ese tiempo que no existe” se halla en la niñez remota, patria lejana y centinela de la belleza del mundo, al par que núcleo misterioso de la creación poética. Así parece reconocerlo el autor en el poema final, esperanzado y, al mismo tiempo, melancólico canto que concluye en deseo desesperado:

“[…]Y yo aún espero al niño poeta,
sé que tiene unos versos nuevos,
la canción de un instante,
un horizonte armonioso,
la esperanza de un náufrago
que va con rosales de silencio
hacia la melancolía del crepúsculo.”

Y, como paisaje de fondo la desolación de la vida adulta, el alcohol, la desesperanza, la confusión, la locura, el opio, la muerte… desfilan en versos armoniosos y cuidados que se sustentan rítmicamente sobre la repetición de estructuras sintácticas y fónicas que actúan como estribillos. Libro de contrastes, de búsqueda lírica y existencial.

Así, con estos Ángeles sin sospechas, expectantes seres celestes sostenidos en su levitar de alas tanteos, Ramón Miguel Montesinos irrumpe en el mundillo lírico oficialmente. Y, a pesar de que su llegada se nos antoja demasiado tardía, de aquí en adelante nos queda la impaciencia por comprobar si esta galería de ángeles se queda detenida en un vuelo efímero o, más bien, su obra madurará cualitativa y cuantitativamente en nuevas entregas posteriores. Por lo pronto, la breve avanzadilla promete y dibuja en el horizonte una cierta esperanza puesta sobre la recién nacida promesa. A partir de ahora, sólo el futuro y el propio escritor podrán responder sobre la continuación de la misma, confirmando así si mereció la pena esperar tanto tiempo para asistir al bautizo del nuevo poeta. Que el futuro decida.

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