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La escritura en defensa propia

Stanley y las mujeresEDUARDO CRUZ ACILLONA | Una de las cosas que más placer nos produce a los seres humanos, descartando aquello en lo que usted está pensando ahora mismo, es saltarnos los prólogos de los libros que vamos a leer. Los consideramos como una intromisión en nuestra íntima y premeditada relación con el autor, como si en tu casa se presentara tu cuñado de improviso (valga la redundancia). Cierto es que hay prólogos que responden a eso que técnicamente se ha dado en llamar “Soy incapaz de escribir una novela pero mira qué bien se me dan los prólogos”. O, peor aún, esa modalidad titulada “Yo he venido aquí a hablar de mi amigo”. Y sí, son aquellos en los que usted está pensando ahora mismo.
En cambio, también hay otros prólogos que merecen no sólo consideración y atención aparte sino su propia reseña. Es el caso que nos ocupa, firmado por el periodista y novelista Kiko Amat. En él, y de manera tan ilustrada como ilustrativa, no sólo disecciona la novela hasta (casi) rozar el spoiler, sino que se introduce, con la ayuda de Experiencia, el libro autobiográfico que escribió Martin Amis, hijo del autor, en la personalidad de éste, estableciendo un lúcido paralelismo entre su vida y su obra, y más concretamente, esta obra.
Acierta de lleno Amat en señalar la agitada vida sentimental de Kingsley Amis como causa fundamental del origen de esta novela. Ya el título, donde juega con su nombre y con el del protagonista, apunta en esa dirección, aunque bien podría haberse titulado Stanley contra las mujeres. O viceversa. Así, ya al principio, reflexiona el autor en boca del tal Stanley:
“Divorciarse es una de las cosas más violentas que pueden sucederle a uno y no es fácil llegar a asimilarlo del todo. De hecho, jamás se consigue”.
Y ahora, lean esta otra frase que también aparece en el libro:
“Las mujeres son como los rusos —dice Stanley, citando a un amigo—, si haces siempre lo que ellas dicen, estarás siendo realista, constructivo y promoviendo la paz en el mundo, pero basta que les plantes cara una sola vez para que te acusen de recurrir a tácticas de guerra fría, de perseguir designios imperialistas y de entrometerte en sus asuntos”.
Unan ambas frases y tendrán una visión exacta de por dónde transitan las páginas de la novela.
Aunque, a simple vista, todo el argumento gira en torno a la evolución de la enfermedad mental de hijo de Stanley (y así se estructuran los capítulos —Eclosión, Evolución, Recaída y Pronóstico—) lo cierto es que se trata más de un ajuste de cuentas del autor con las mujeres, presentándolas, sin excepción, como seres egoístas, traidores, viles y desalmados. Desde su ex mujer hasta su mejor (¿y única?) amiga, pasando por su pareja actual, la madre y la hermana de esta y hasta la doctora responsable del cuidado de su hijo, todas ellas parecen haber sido concebidas para arruinarle la vida a nuestro protagonista, haciéndole culpable de todos los males que aquejan a su alrededor y de a los que es incapaz de poner solución debido a su exacerbado egoísmo y a su inseparable compañía de bebidas alcohólicas.
Lo que podría ser un completo y escandaloso tratado sobre la misoginia, se convierte en una novela divertida, gamberra (“borde” la califica Kiko Amat) gracias al humor que impregna su estilo. Un humor negro, típicamente británico, no tan remarcado como el de Tom Sharpe o P. G. Wodehouse, sino más en la línea del de Roald Dahl en sus Relatos de lo inesperado, de David Nobbs y su serie sobre Reginald Perrin (también publicada en Impedimenta) o de Jerome K. Jerome, si no en su Tres hombres en una barca, sí en la revista satírica The Idler.
Como en sus otras novelas, Amis se encara con su propia biografía y la maneja para su mayor beneficio, que es una manera muy sana de afrontar la escritura, no ahondando en eso tan de moda actualmente como es la autoficción sino convirtiendo en universales sus propias (aunque quizás erróneas) convicciones, volcándolas en sus personajes masculinos y mostrando sin tapujos la peor cara de su experiencia con el mundo femenino. Construye así un personaje despreciable y cariñoso a partes iguales, un personaje al que no podemos llegar a odiar aunque nos ofrezca motivos más que suficientes. Y eso es algo que no está al alcance de cualquiera.
Stanley y las mujeres (Impedimenta, 2017), de Kingsley Amis | 352 páginas | 22,80 euros | Traducción del inglés de Eder Pérez Garay

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