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La familia o el terror

mina

JOSÉ M. LÓPEZ | Antes de comenzar la lectura de Minä, segunda novela de Juana Márquez, encontramos dos citas: una de Rayuela, de Julio Cortázar, y otra de El Malogrado, de Thomas Bernhard. No suelen ser gratuitas estas referencias intertextuales, pero aquí creo que suponen una verdadera  declaración de intenciones, un aviso a navegantes. Como diciendo, “pues por aquí van los tiros, amigos lectores, no esperéis una tarea sencilla”. Y no sólo ecos de estos dos escritores encontramos a lo largo del libro; novelistas como Faulkner, Donoso, Onetti, o el Umbral de Mortal y Rosas me vienen a la mente durante su lectura. Puede que estas alusiones sean gratuitas, y que la autora niegue su simpatía por todos estos creadores, pero debo confesar que muchas de las líneas escritas por ellos han cosquilleado mi mente y mi estómago mientras leía el libro.

Quizás  con esta afirmación esté, desde ya, restando muchos lectores a la novela: claro, otra joven novelista imitando el estilo oscuro y pedante de sus idolatrados genios. Pero nada más lejos de la realidad, créanme. Minä me parece una obra sincera y valiente. Su prosa no parece querer  imitar a nadie; su estilo no es nada libresco o pretencioso, pero tampoco da concesiones al lector ni se lo pone fácil. Y es que estamos ante un libro tan visceral y dolorido, que está escrito de la única forma posible: con un una prosa caótica y densa, que no da tregua a aquel osado que se atreva a cercarse a ella ¿De dónde procede este desconcertante sentimiento de angustia? Pues del tema que más traumas puede llegar a provocar en la mente humana, y, en consecuencia, un mayor número de ceros en las cuentas bancarias de los psicoanalistas. A las relaciones familiares nos referimos, por supuesto.

Quizás los dos personajes más importantes de la novela, después de Minä, la protagonista, son dos que ya no forman parte de su vida. Dos largas ausencias. Su madre, que muere nada más empezar el libro, y su padre, una alargada sombra a la que apenas se nombra, quizás disfrazado del voyeur que la observa constantemente desde la ventana de enfrente.  Tras el fallecimiento de su madre, Minä se ve obligada a vivir con Bruder, su hermano,  y con Ruka, la hermana de Outo, el amante de su madre. Ella quiere a su hermano, aunque le incomoda en ocasiones su extraña enfermedad que de manera irracional le hace ansiar la música, el ruido, odiar el silencio. Hacia Outo siente, sin embargo, un odio oscuro y profundo. Por otro lado encontramos a Renmen, vecina y confidente de Minä. Comparten cigarrillos, y la primera siente por la protagonista un deseo sexual insano o, al menos, no correspondido. El hermano de Renmen es Andet, siempre con su culebrilla entre las piernas, siempre pidiendo a Minä que la acaricie. Pero cuando la joven protagonista desea dejar por unos instantes el asfixiante ambiente de su edificio (familia y vecinos)  se reúne con Kelias, su profesor de matemáticas, que ejerce de protector  y consejero, a la vez que experimenta cierta atracción carnal hacia la joven.  Como vemos, en las páginas de la novela el sexo sobrevuela por encima de todas las relaciones, ya sean familiares o de amistad, formando una especie  capa viscosa y enfermiza que termina contaminándolo todo.

A lo largo de todo el libro Minä se enfrenta a una disyuntiva muy ´beckettiana`: elegir entre el concurso o el ingreso. Su familia, con su madre a la cabeza, la empuja al concurso, la presiona para que encamine sus pasos hacia esa meta relacionada con la belleza femenina. Kelia, sin embargo, la anima al ingreso, un objetivo más relacionado con sus capacidades intelectuales y académicas. Quizás, como profesor, pretende exprimir esas habilidades matemáticas que tanto interesan a la chica; quizás solo quiere alejarla de su familia, y culminar sus pretensiones emotivo-sexuales con ella.

Los capítulos están formados por la voz de los distintos personajes, es decir, conforman largas intervenciones de estos familiares o amigos que monologan en segunda persona, dirigiéndose a la protagonista. Hasta el final no oímos la voz de ella. De Minä empezamos sabiendo exclusivamente lo que la voz de los demás quiere mostrarnos. Sólo en los últimos capítulos ella se atreve a hablar (o a gritar), a tomar la palabra, y atenazar con fuerza las riendas de su propia vida, aunque para ello sea necesario huir de sus familia, de sus seres queridos, de esa tela de araña que le da apoyo, cariño y seguridad, pero también presiones, chantajes emocionales  y enfermizos encontronazos. La familia, ese árbol frondoso de ramas que “se conforma de relaciones binarias de seda y pringue” (75).

No. Minä no es una lectura sencilla. Y no tanto por su estilo críptico, sino  por el compromiso emocional que exige. De esta sinceridad crónica se deriva el hecho de que la prosa parezca brotar de manera inconsciente, como vomitada, exponiendo desnuda el dolor e incertidumbre que provocan en esta chica los vínculos emocionales que la rodean. Por todo esto, aconsejo leer esta novela lírica a breves sorbos, para no atragantarse con este amasijo de increpaciones que cada personaje, cada amigo, cada familiar, lanza a Minä, una niña que  desea huir en dirección a su mundo de Oz, donde todo, como en las matemáticas, tiene sentido y sigue un orden exacto. Sin embargo, el amor por su familia la ata a esa vida llena de cariños y desvelos, pero  rebosante también de vileza y ruindad. Todo un cuento de terror, sí señor.

Minä (Oblicuas, 2018) | Juana Márquez | 179 páginas | 14 euros

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