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Libros con herencia

Verano en Estado Crítico: nos estamos dedicando a rescatar el volumen más destrozado que tenemos en nuestras respectivas bibliotecas. Y he aquí una historia de pasillos.

Trópico de CapricornioCARLOS FRONTERA | Un pasillo vertebraba la casa de mi abuela. Tenía forma de U, el pasillo, con tramos largos y angostos, oscuro era otra de sus características. La primera recta de la U se abría a la cocina —a la izquierda— y al salón y a un cuarto de estar —a la derecha, ambos daban a la calle—. Un ángulo de 90 grados daba paso a la sección más larga de la U, un túnel para mí interminable que desembocaba en la habitación de mi tío —frente por frente— y en otro ángulo recto que ocultaba el resto de la casa —esto es: la habitación de mi tía, la habitación de mi abuela, el baño principal—. No recuerdo que hubiese luz en ese túnel en torno al cual se desplegaban los dos brazos de la U. Sí recuerdo a la Negra siempre en medio. La Negra era una cocker con un carácter difícil, por así decirlo. En cuestión de décimas podía pasar, y de hecho pasaba, de ser la criatura más adorable sobre la faz de la Tierra a lanzar un mordisco de caimán que pobre de ti si no apartabas la mano a tiempo. La Negra custodiaba la única habitación de ese tramo del pasillo, una estancia con un baño y con una radio inmensa cuyo dial recorría el planeta y traía voces que hablaban idiomas inexistentes. También había muñecas antiguas distribuidas en armarios y baldas, una de las aficiones de mi abuela. No siempre se podía llegar hasta ese cuarto, dependía de si a la Negra se le habían cruzado los cables o no.

Un día vendieron la casa y se mudaron a un piso más pequeño ya sin mi tío, que se había independizado. Un piso más pequeño implicaba, entre otras cosas, deshacerse de trastos. Entre ellos, libros. Mi tía me avisó por si quería echarle un vistazo a algunos libros que no iba a poder llevarse. Rescaté varios que aún conservo —yo también he sufrido diversas mudanzas a pisos cada vez más pequeños, también he tenido que ir dejando libros atrás—; entre los que conservo: un ejemplar destartalado de Trópico de Capricornio, de Henry Miller. Ya estaba así —o casi así— cuando llegó a mis manos. Con páginas que se caían a cachos. Con manchurrones de vete tú a saber. Salpicaduras. Es hermoso un libro así, cochambroso, incómodo de leer —en el plano físico, digo, utilitario—, una línea genealógica de manchas y estrujones que va a dar a mí.

Siendo franco, del libro apenas recuerdo nada. Poco podría hablar de su trama, de sus personajes y de toda esa vaina. Sí recuerdo que lo leí con esa urgencia adolescente de la carne —fuese cual fuese mi edad—, con el corazón desbocado y una mano en la polla, es decir en la clandestinidad, es decir en el futuro. Lo típico. Cuando el libro llegó a mis manos, por mi sangre bullían más hormonas que lecturas, normal ese efecto entonces. Trópico de Capricornio, sí, lo leí con la entrepierna. A buen seguro que contribuí a deshojarlo y dejarlo tal y como luce ahora, fijo que algún manchurrón de más, alguna arruga, son obra mía.

Ignoro si, leído ahora, con la perspectiva de los años —y de los daños—, con una sangre, ay, más a reventar de lecturas que de hormonas —ay, ay—, ignoro, decía, cuál sería el impacto que el libro tendría sobre mí hoy, un lunes cualquiera del siglo que hace el equis equis palito. Me niego a comprobarlo. Prefiero que Trópico de Capricornio no despierte mi carne adolescente —ya cumplió esa misión— y sí el recuerdo del piso de mi abuela —y, por tanto, de ella—, esa herencia.

Trópico de Capricornio (Bruguera Alfaguara), de Henry Miller | 345 páginas | 175 pesetas | Traducción de Carlos Manzano

admin

One Comment

  1. No soy muy entusiasta de Henry Miller, pero tengo que decir que Trópico de Capricornio es un libro brutal, de formidable urdimbre y prosa admirable. La obra de un titán.
    El texto de Carlos Frontera es encantador, por otra parte. Yo también tengo el ejemplar ‘descuajeringado’. Sin coser, mal pegados, los libros de Bruguera de aquella época se deshacían entre los dedos a la primera lectura.

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