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Sin frac ni esmoquin

sombrero_cubiertaLUIS MANUEL RUIZ | A primera vista, parece difícil encontrar un tema sobre el que escribir más mayusculado y cargado de mármol: el Mal. Es mencionarlo y acordarse inmediatamente de la larga caravana de filósofos que han intentado desentrañar el misterio de su existencia y secretos, de Hannah Arendt, de Auschwitz, de disertaciones sin número sobre plácidos vecinos bajo los que se oculta el asesino en serie, de las novelas macizas de Ricardo Menéndez Salmón. Y sin embargo, aunque parezca mentira, es posible escribir sobre el mal (sin mayúscula), sobre los malos, con alas en los tobillos. Tal vez porque una cosa es el Mal, sí, eso que se discute en las universidades, y otra los malos: los de las películas, los de la clase, los días malos. Chuck Klosterman esquiva saludablemente el primero, con lo cual nos quita un peso de encima (de manera literal) y se decanta por centrarse en los segundos; por arrojar así un poco de luz sobre ese fondo en negro que acompaña sin remedio a todos nuestros actos y elecciones, los envuelve y les dota muchas veces de significado. El resultado es que puede hablarse de maldad, de crueldad, de horror incluso, con una sonrisa en los labios, y sin que las ideas, que a menudo tienden a impregnarse del terreno que pisan, lleguen a oler mal.

Sabemos ya que Chuck Klosterman es uno de los principales iconos de la crítica posmoderna, que ha ejercido notoriamente desde su columna de The New York Times Magazine y libros considerados de referencia como Fargo Rock City. Los rasgos que le han hecho célebre y han conseguido para él un hueco entre los “principales críticos culturales de Norteamérica” (dice Entertainment Weekly) figuran en cantidad en este El sombrero del malo, personalísima aportación al debate de la naturaleza del mal y su obligatoria presencia entre los ingredientes de cualquier ser humano que pueda ser calificado de tal. Klosterman, como he mencionado más arriba, no encara un debate erudito, ni lo pretende: prescinde olímpicamente de lo que veinticinco siglos de metafísica, psicología, sociología o arte pueden haber aportado al respecto para restringirse a los últimos cuarenta y cinco años, los que abarca su propia existencia. La reflexión (llamémosla así) del autor se confiesa desde el principio una mera  aproximación autobiográfica, basada en las propias filias y fobias, construida antes sobre afinidades electivas en el terreno generacional, sobre tendencias de la moda y el estilo o los vientos sociológicos que sobre el análisis de un concepto, de una entelequia huidiza que sigue tendiendo trampas a mentes más cautelosas y torpes que la suya.

El siguiente párrafo, tomado del prefacio, da una idea cabal del conjunto del libro: “Se da una evolución natural en la manera en que el público masculino responde a la saga Star Wars: cuando eres muy joven, el personaje que más admiras es Luke Skywalker (que es completamente bueno). A medida que te vas haciendo mayor, empiezas a gravitar hacia Han Solo (que es en última instancia bueno, pero malo a un nivel superficial). Pero cuando llegas a la madurez… resulta inevitable acabar identificándose con Darth Vader”. Aunque el autor se esfuerce por contradecirlo por simplista en varias partes de la obra, el núcleo temático queda sintetizado en esto: nadie es malo ni bueno del todo, sino que depende de las circunstancias; más concretamente, de las circunstancias históricas, vitales, generacionales, que nos hacen crecer y mirar las cosas desde una perspectiva nueva; lo que a los quince años te parecía aterrador o fascinante puede cambiar de polo a los veinticinco, y de nuevo alterarse diez o veinte años después. Para arribar a la misma conclusión (o parecida) que excusó en Wilhelm Dilthey y Ortega y Gasset páginas y más páginas de análisis, Klosterman se sirve fundamentalmente de dos vehículos: las películas que ha visto y las canciones que ha escuchado, de su adolescencia hasta hoy.

Los villanos a los que se pasa revista para aplicar las debidas matizaciones cubren un ancho espectro, que va del deporte a la política, del presentador de televisión al protagonista de película barata. En una prosa visual y pizpireta, circulan ante nosotros Bill Clinton (víctima de sus instintos), Maquiavelo (sinceridad pura y dura), los Eagles (tuvieron su día), Keith Richards (sin comentarios), D. B. Cooper (uno que secuestró un avión y desapareció), Prince, Batman, Charles Bronson, Hitler, Julian Assange, Jerry Seinfield, y más, muchos más. Aunque el intenso tráfico maree a veces y nos haga perder el horizonte, el rumbo se mantiene más o menos constante: fíjate lo que era esto en su día (la leche, la mierda), y fíjate en lo que se ha convertido ahora, así que mejor ser cuidadoso con lo que uno opina, ‘vanitas omnia vanitas’. Una conclusión (o punto de partida) muy posmoderna ya de por sí y que casa bien con la imaginería o, digamos, aparato visual del libro: es decir, con el hecho de que se recurra prácticamente de manera exclusiva a elementos de la cultura audiovisual y de que se observe con una desconfianza poco disimulada a todo componente procedente de lo que llamaríamos alta cultura o cultura oficial. En este sentido, también, la reflexión (o lo que sea) de Klosterman sobre lo malo y su conclusión de que en todo hay mejor y peor, es también una vindicación indirecta de la mala cultura, la del margen; lo cual convierte su texto en un ensayo sobre el mal arte o el mal gusto, la telebasura, lo olvidable e impertinente, a partir del propio material que nutre todo ello y lo disculpa ideológicamente.

El libro se lee con gratitud y anima a pasar un buen rato, porque Klosterman es un tipo inteligente (según se encarga él mismo de recordarnos cada dos o tres páginas), y sabe elegir sus argumentos (¿ejemplos?) con destreza. Aun así, debo admitir que en ocasiones he sentido que me hablaba de mundos paralelos y que la realidad que habito se parece sólo de lejos a la suya, a la de un articulista neoyorquino de éxito que ha escuchado todos los discos y visitado todas las salas de cine, por no hablar de asistir a innumerables cócteles, y que me han aburrido muchísimo párrafos de presunta complicidad sobre gente que no conozco de nada, como el rapero Ice Cube, el entrenador Al Davis, el bloguero Pérez Hilton, el cómico Andrew Dice Clay. En fin: una demostración más que colorida de que para hablar de ciertos temas no siempre hay que desempolvar el frac. Ni siquiera el esmoquin, no.

El sombrero del malo (Es Pop, 2016) de Chuck Klosterman | 288 páginas | 17,95 € | Traducción de David Sánchez

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