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Arquímedes será más recordado que Esquilo

Apologia de un MatematicoCAROLINA EXTREMERA | “Las matemáticas griegas son eternas, más aún que la literatura griega. Arquímedes será recordado, mientras que Esquilo cae en el olvido, porque los lenguajes mueren, pero las ideas matemáticas no. Puede que inmortalidad sea una palabra absurda, pero es muy probable que sea un matemático el que tenga más probabilidades de alcanzarla, sea cual sea su significado”.

¿Cuántas personas conoce usted que confundan la b con la v? Supongo que alguna que tiene problemas para decidir cuál usar al escribir ciertas palabras. También conoce usted a otra que coloca muy mal las comas, pero que a lo mejor no lo sabe. ¿Qué cree que ocurriría si usted le dijera a su amiga, la que coloca mal las comas, que está cometiendo errores graves con la puntuación? Exacto. Se avergonzaría, al menos un poco. Trataría de corregirse. No digamos ya el que confunde a veces la b con la v. Ese está preocupado por su problema y ahora, en estos tiempos de internet y autocorrectores, está muy contento porque sabe que puede localizar fácilmente la palabra en la que falla cada vez que lo necesite. Su amigo, cada vez que tiene una duda, se molesta en buscarla porque no quiere escribir mal o, al menos, no demasiado mal.

Hablemos ahora de su amigo el que no sabe hacer ecuaciones de primer grado. Mejor aún, hablemos del que no sabe hacer un porcentaje rápido de cabeza o ese otro que cuando salen a cenar necesita la calculadora para dividir la cuenta entre diez personas. La ignorancia matemática es la más agradecida de todas. Es fantástico no saber matemáticas. Su amigo está muy orgulloso de no saber hacer ecuaciones de primer grado, porque, ¿qué clase de personas saben matemáticas? Personas calculadoras, racionales, frías, insensibles. Personas que incluso podrían organizar su propia vida en lugar de ser espontáneas e inocentes. No se lo tome a mal a su amigo, no es culpa suya no saber hacer ecuaciones de primer grado, ¿cómo va a ser su culpa? Qué va. Siempre hay un profesor en su infancia, allá lejos, al que se puede responsabilizar de todo. No le motivó. No le hizo ver que las matemáticas podían estar bien. Los otros veinte de su clase que aprendieron con el mismo profesor lo hicieron porque se dejaron fagocitar por un sistema alienante que machacaba la creatividad de los niños, no resistieron. Afortunadamente su amigo mantiene su alma limpia de números y por eso es un poeta, un bohemio, un soñador. Qué suerte.

En un paradigma como el que describo, la publicación por parte de Capitán Swing de un libro como Apología de un matemático de G.H. Hardy, es un movimiento cuanto menos curioso. En el libro, el matemático inglés aborda la cuestión de cómo trabaja un matemático puro, cuáles son sus motivaciones y qué justificación de cara a la sociedad tienen las matemáticas como trabajo. Es un ensayo escrito de forma irregular pero interesante, que muestra la mente de un científico de modo muy similar a como se abordaría la de un artista, en cuanto a sus ambiciones o su método creativo de trabajo. Aborda la cuestión de la belleza de las matemáticas y trata de explicar en qué ramas podemos encontrarla y cómo distinguirla, incluyendo algunas demostraciones muy fácilmente comprensibles por casi cualquiera –por su amigo el soñador no, no le ofenda pensando que podría hacerlo– que poseen esta belleza tan esquiva y difícil de definir.

Aunque está escrito con entusiasmo, Apología de un matemático es un libro muy melancólico y está impregnado de tristeza. Hardy lo publicó cuando su producción matemática había terminado y reflexiona a menudo sobre los estragos de la edad en la mente de un profesional de su rama. “Ningún matemático debería permitirse olvidar que las matemáticas, más que cualquier otro arte o ciencia, son una labor para hombres jóvenes”. Todo el tiempo hace alusiones a cómo su vida en este aspecto está ya terminada, aunque constantemente insiste en que ha sido muy feliz en otros tiempos. El autor describe la ciencia a la que ha dedicado su existencia como una actividad para personas jóvenes, muy bella, creativa, artística, ambiciosa y, aquí viene lo que más extraña a los lectores del siglo XXI, inútil. Muchos matemáticos han hablado del daño que ha hecho esta obra a la percepción, no ya que el mundo tiene de los matemáticos, sino que los matemáticos tienen de sí mismos. Hardy se enorgullece de la inutilidad de su disciplina y esto puede resultar muy extraño a los profanos, pero todos los matemáticos nos hemos sentido así en algún momento mientras completábamos nuestros estudios. Es muy hermoso sentirte puro y así quería Hardy que se viera a los de su profesión. Sin embargo, el ejemplo de inutilidad que utiliza es nada menos que la teoría de números y, en particular, los números primos. No podía prever que sería con esa herramienta con la que se encriptarían las tarjetas de crédito ni que serviría para regir las transacciones monetarias por internet. Es importante aclarar que Apología de un matemático se publicó inicialmente en 1940, bajo la sombra de las guerras mundiales. Hardy era pacifista, no creía en la guerra, posición muy complicada de defender en esos momentos, puesto que ni siquiera pensaba que debía utilizarse contra los alemanes. Por tanto, Hardy estaba obsesionado con la contribución de la ciencia al aparato de guerra y necesitaba situarse lejos de la responsabilidad que conllevaba ser científico en unos tiempos tan controvertidos. De esta forma, defiende que, aunque muchas ramas de las matemáticas no aportan bienestar a la humanidad, tampoco le hacen daño en ninguna de sus aplicaciones.

Apología de un matemático me ha resultado una lectura muy esclarecedora, pero me alegro mucho de haberlo leído ahora y no cuando era estudiante, porque me habría hecho sentir una autoexigencia que podría haber sido perjudicial para mi vida a la larga. He de decir que lo que más he disfrutado de este libro es el tono inocente con el que suelta puyas a los anuméricos, “Los que ya he presentado son casos demostrativos, y el lector que no sea capaz de apreciarlo es muy difícil que pueda apreciar cualquier aspecto de las matemáticas”. También me ha parecido muy adecuado el prefacio que escribió C.P. Snow, un químico y escritor de Cambrige amigo de Hardy, para la edición de 1967. Ocupa un tercio del libro, más o menos, y nos habla de las luces y sombras del matemático británico, de forma que podemos comprender mucho mejor después sus palabras. Más innecesario es, sin embargo, el prólogo que se añade al principio, que encuentro un tanto redundante.

Es una buena idea leer este libro para reconciliarse un poco con una disciplina denostada por las razones equivocadas porque, precisamente, si algo se le reprocha a las matemáticas es su frialdad, cuando justamente se trata de una de las ramas más creativas y poéticas de la ciencia. “Un matemático, al igual que un pintor o un poeta, es un creador de modelos. Si sus modelos son más permanentes que los de los otros es porque están compuestos por ideas”.

Apología de un matemático (Capitán Swing, 2017), de G.H. Hardy | 160 páginas | 16 euros | Traducción de Pedro Pacheco González

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