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El que cambia de vida

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LEONOR RUIZ | De algunos libros cuesta alejarse. Se instalan en algún lugar del cuerpo y fisuran el inconsciente. Cerrarlos equivale a perder un trozo de pulmón o de retina, a quedarnos sin el ojo que escudriñó el mundo o el aire que por un tiempo inhalamos. Aire que ni por todos tus muertos desea salir.

Ingeniero de formación, Eduardo Halfon empezó a leer tarde y a escribir más tarde todavía. Sus obras se reparten entre varias editoriales, reflejo quizá de su diáspora vital (en Oh gueto mi amor, el protagonista aventura un significado para su apellido: «aquel que cambia de vida»).

Saturno (reeditada cuidadosamente en 2018 por Jekyll & Jill) fue el primer planeta de un sistema intuitivo de cuerpos conectados. Una galaxia en permanente crecimiento protagonizada frecuentemente por Halfon ―otro Halfon―; cuestión poco relevante si asumimos que «todos, eventualmente, nos convertimos en nuestra propia ficción».

Escribir no ayuda a entender nada pero permite travestirse, colocar otra piel sobre la propia y atrapar una incomparable sensación de libertad. Dije a mis estudiantes: «Traigo un relato de un autor nacido en Guatemala, de origen judío, desde niño vive en EEUU, escribe en español». Quizá ese trazo biográfico era suficiente, pensé. ¿Y si no leyéramos el cuento? ¿Y si probáramos a imaginarlo? ¿Qué saldría al levantar el telón?

Clases de chapín: coloquialmente se llama chapines a los originarios de Guatemala. Como si Halfon quisiera subrayar aquí un dato básico. [Al fin y al cabo, el ¿dónde naciste? frente al ¿de dónde eres? facilita las cosas, pues responder a la segunda pregunta puede precipitar al abismo a un ser humano. Pero Halfon ofrece un clavo al que agarrarse: de dónde eres no importa; o no tanto como pudiera parecer].

Tres partes estructuran los doce cuentos de Clases de chapín: ‘Clases de machete’ (los cuentos más nuevos), ‘Clases de dibujo’ y ‘Clases de hebreo’. En cada parte, cuatro relatos, con una palabra-lazo (machete, dibujo, hebreo) haciendo de ligadura o cinturón.

Cada uno de los textos es reflejo fiel de la belleza y calidad de la literatura de Halfon. De las suaves transiciones e hipnóticos crescendos; y de la limpieza de su prosa. Lejos de toda religión, brota el canto misterioso («shemá yisrael adonái alojeinu adonái ejad») al que el autor nos tiene acostumbrados, palabras que se buscan y seducen unas a otras con inevitable musicalidad. “Sacerdote”, “Muñequita”, “Clases de dibujo” y “Clases de hebreo” son piezas maestras.

[Inciso. ¿Qué fue del método de lectura medida Paul Hindemith? Se usaba en clases de solfeo para aprender a marcar dos líneas de ritmo simultáneas. Me empeño en pensar que Halfon lo utilizó].

Intento tercamente econtrar un punto débil y flaco a este volumen, una postilla por la que meter el dedo, pero fracaso. Sí me pregunto, sin embargo, qué felino protege la impecable edición. ¿Jaguar? ¿Pantera? En todo caso, un animal al acecho. Pero ¿a la búsqueda de qué? «En todo caso, a punto de algo».

Thomas Mann afirmaba que un escritor es aquella persona a la que escribir le resulta más difícil que a otras personas. No sé cuánto transpira Halfon mientras trabaja, pero me siento incómoda llamándole ingeniero. Espero que queden aerolitos para varias lluvias cósmicas en su universo en construcción.

Clases de chapín (Editorial Fulgencio Pimentel, 2017), de Eduardo Halfon | 176 páginas | 19,90 euros.

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