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Moriré en abril

los trinos

 

Los trinos que se extinguen

María Polydouri

Vaso Roto, 2013

ISBN: 978-84-15168-74-4

160 páginas

14 €

Edición bilingüe de Juan Manuel Macías

 

 

Antonio Rivero Taravillo

César Vallejo, el gran poeta peruano, vaticinó: “Me moriré en París con aguacero, / un día del que tengo ya el recuerdo. / Me moriré en París –y no me corro– / tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.” En París o tal vez en Atenas (si fue lo segundo, en cualquier caso al poco de regresar de la capital francesa), la también impresionante poeta griega María Polydouri previó: “Moriré una mañanita melancólica de abril, / cuando enfrente se abra, en mi maceta, una tímida rosa / –un retoño–. Y se cerrarán mis labios / y se cerrarán mis ojos, ellos solos, en silencio.” No sabría fechar ahora “Piedra negra sobre una piedra blanca”, el poema del que proceden tales versos de Vallejo, pero la colección en la que se recoge (Poemas humanos) comenzó a escribirse un año después (1931) de la muerte de Polydouri, que incluyó “Cuando muera” en Los trinos que se extinguen (1928). Vallejo abandonó este mundo el 15 de abril de 1938 y Polydouri lo hizo el 29 de abril de 1930. Ella acertó; él, aunque cayeron unas gotas en París el día en que murió, no se fue en jueves ni en otoño.

Valga esta introducción un tanto macabra y cabalística como celebración de que, tanto tiempo después de publicarse, hoy podamos leer por primera vez traducido íntegro a cualquier lengua aquel poemario con el que se estrenó Polydouri (sobre quien, todo, hay que decirlo, se ha especulado que se suicidaría, lo cual le restaría, es cierto, capacidades adivinatorias). Nacida en 1902 (el mismo año que Cernuda) en Kalamata, una ciudad sobre el Jónico, la autora tuvo amores infaustos con el también poeta Kostas Karyotakis. Fue tras la ruptura de la relación cuando marchó a París antes de volver a Grecia e ingresar en el sanatorio ateniense de Sotiría (que significa “Salvación”). Estaba enferma de tuberculosis, y como Keats, afectado también del mismo mal, murió muy joven y, también como él, amante del crecer de las flores, de las que en este volumen hay un buen catálogo (de no pocas de ellas el nombre español procede directamente de la lengua griega, afortunadamente aquí presentada con inmejorable tipografía en las páginas pares).

Tres años antes de morir siente en París la nostalgia por su tierra. “Y aquí estalló la primavera, en cada rama / de árbol. Y florecieron los parques. Mas sus alegres ceremonias sólo me dicen / lo lejos que de ti me encuentro, Atenas.” También se abandona al recuerdo en “A mi madre”, un soneto un tanto convencional cuyo segundo terceto (“Y en tu escondida pena, para que no vean tu dolor  / aquéllos que tú amabas, yo también he de darte / mi propia entraña, una flor por deshojar…”) enlaza con la idea de uno de los más sobrecogedores poemas del libro: “Timidez”. La primera estrofa de este dice: “La belleza que encierro en mi interior / no quiero que nadie la perciba. / Alcanzarla no podrían / sin, para ello, lastimarla.” La última, “La belleza que encierro en mi interior / nadie nunca la percibirá. / Si la lastiman, no se darían cuenta / y ni siquiera lo lamentarían.” Otro ejemplo memorable es “Porque me quisiste”.

Predomina en el volumen el sentimiento amoroso, y en la expresión el post-simbolismo: hay poemas que tienen ciertamente un aire a Renée Vivien, como el exquisito “Crisantemos”. ¿Hasta dónde podía haber llegado Polydouri con su creación? Publicó este libro y al año siguiente El eco en el caos, dejando bastante material inédito.

La traducción de Juan Manuel Macías (poeta él mismo) es modélica. Polydouri quiso aprender alta costura en París, y Macías demuestra ser aquí su mejor modisto. Sastre que conoce su oficio, es capaz de conseguir que los poemas salgan nuevos tras el arreglo, y sabe cortar el verso, aunque no ha querido ceñirse de forma mecánica al isosilabismo. No cae en el error, por otra parte, de haber querido verter las composiciones con la rima que los ornan en el original (consonante en los no pocos sonetos pero también asonante en otros textos). La poesía íntima hay que escribirla con mucho dominio formal para que no quede en mero desahogo adocenado. Y la traducción lo logra. El resultado es una excelente colección de poemas en español como no creo que hubiera soñado Polydouri.

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