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Un pirata con valores

En las reseñas de verano de Estado Crítico: cada estadista comparte con nosotros cuál es el libro más destrozado de su biblioteca y su historia oculta…

El corsario de hierroALEJANDRO LUQUE | A mis padres les debo muchas cosas, pero entre ellas una de incalculable valor: que nos educaran, casi siempre inconscientemente, en una sana y respetuosa diferencia. Por algún motivo difícil de comprender, cuando todos manejaban un Spectrum, nosotros teníamos un Toshiba. Cuando todos jugaban al Monopoly, nosotros lo hacíamos con un singular Petrópolis, con el que nos familiarizamos con los nombres de los países del Golfo como los otros con el callejero de Madrid. Cuando todos los demás niños tenían botas de deporte J’Hayber –solo los más pudientes o consentidos gastaban Nike o Converse– nosotros vestíamos una marca que ni siquiera logro recordar. Y cuando los precoces lectores de cómic leían El Capitán Trueno, El Jabato o El Guerrero del Antifaz, nosotros nos bebíamos las páginas de El Corsario de Hierro.

No tengo libros especialmente destrozados en mi biblioteca: cuido el género, mimo a los amigos. Pero mi ejemplar de la integral del inmortal tebeo concebido por el guionista Víctor Mora y el dibujante Ambrós acusa el efecto de los muchos años transcurridos y de la fatiga a la que fue sometido, allá por los 80, por mi hermano mayor y sobre todo por mí. Creo recordar que ya éramos adolescentes en edad de salir de botellón, fumar a escondidas y esconder revistas porno entre apuntes de clase, y todavía regresábamos de vez en cuando a las aventuras del Corsario, como un último asidero a nuestra niñez en fuga. Pero es que el Corsario era, es aún, mucho Corsario.

Imposible resumir en estas pocas líneas todos los estímulos que hallábamos en esta historieta, que según veo en la Wikipedia empezó a publicarse en 1970 en el semanario de humor Mortadelo. Para empezar, no hay lector infantil que se resista a una buena historia de piratas del XVII: embarques, tesoros, abordajes, naufragios, la pura aventura. Tampoco a un archienemigo de peso, y qué duda cabe de que Lord Benburry no es un enemigo cualquiera: pirata él mismo en sus inicios, enriquecido y reciclado en la corte de Carlos II de Inglaterra, su ejemplo fue el modo en que aprendimos que el gobierno aparentemente legítimo podía estar compuesto por malvados, como luego la vida real se encargaría de confirmarnos cruelmente. Pero si encima ese inquietante personaje es el mismo que dio muerte al padre del Corsario, entonces el drama adquiere tintes de venganza épica, shakespeariana.

Sin embargo, El Corsario de Hierro tampoco es un vengador ciego cualquiera. Tiene un acentuado sentido de la justicia, es un pirata con valores. Ser criado bajo la tutela de alguien conocido como La Vieja Dama del Mar no puede dar como resultado a un bribón del tres al cuarto. Conoce el amor a través de Lady Roxana, sobrina de Lord Benburry –lo cual no dejaba de suponer para nosotros una chocante promiscuidad entre buenos y malos: ¡liado con la sobrina de tu enemigo mortal!– y la amistad a través de dos camaradas impagables. Mientras que El Capitán Trueno tenía a Goliath y Crispín, y El Jabato a Taurus y Fideo, el Corsario de Hierro, habitante de un mundo que ha ensanchado su horizonte y encogido todas las distancias, tiene una pandilla cosmopolita: el forzudo leal y noblote lo representa aquí el escocés Mac Meck, el primer héroe con falda del cómic español, mientras que el canijo gracioso viene encarnado en Merlini, ese mago italiano que sueña con ser un gran alquimista y se esfuerza cada día en fracasar mejor.

Si a esto le añadimos el descubrimiento por parte de los niños que fuimos de que un hombre puede ser amigo de una mujer sin que haya intereses lúbricos de por medio –la princesa Bianca de Orsini–, que la raza o la extracción social no son obstáculos para la amistad verdadera –los esclavos libertos Diamba y Tamak– o que tus más feroces enemigos pueden llegar a ser en cualquier momento tus aliados –la capitana Dagas– llegamos a la conclusión de que El Corsario de Hierro es una escuela de vida que debería ser lectura obligatoria en los colegios, si no fuera porque esta magna obra no se merece caer en manos de niños indolentes y obnubilados por las pantallas. El que la merezca, la encontrará.

Podría enredarme durante mucho tiempo en los recuerdos de El Corsario de Hierro, o en ponderar su buen dibujo, sus alusiones históricas (con algún anacronismo, es cierto), pero traeré a la luz solo uno para compartir con ustedes mi pasión por el personaje. En una de sus historias cortas al margen de la serie, autoconclusivas, nuestro héroe se enfrenta a unos temibles piratas llamados Las águilas del Mediterráneo, que están sembrando el terror por todo el Mare Nostrum. Su costumbre es dejar en las paredes de las casas saqueadas el emblema de su sádica cofradía, un águila con las islas del Mediterráneo pintadas debajo, dispuestas en fila. Nadie sabe cuándo volverán a golpear, pero el Corsario, aunque por edad no podía haber leído La muerte y la brújula de Borges (pero sí su guionista) logra encontrar la lógica que rige estos saqueos y se anticipa al siguiente en una jugada magistral.

Puede que aquella lectura influyera de algún modo en que, andando el tiempo, me haya convertido en un coleccionista de islas del Mediterráneo –siempre, como saben mis prójimos, teniendo a Sicilia como la joya de la corona. De hecho este verano pienso añadir otra al álbum, como si jugara a ser un eco lejano e incruento de aquellas Águilas. Sin embargo, los años no me han hecho especialmente aventurero, ni me han distinguido con una temeridad digna de encomio. Por el contario, el sedentarismo del periodista y la afición a la buena comida me han acabado asemejando más a aquel Lord Benburry, cráneo mondo bajo peluca empolvada, que a cada rato sufría ataques de gota, lo que le obligaba a guardar reposo con el pie envuelto en un aparatoso vendaje. A veces, en un ataque de ira después de alguna victoria del Corsario, sacudía su bastón a ciegas, y puede que éste cayera sobre la extremidad vendada.

Hace poco volví a acordarme de él, porque tuve un percance similar con los cristales de ácido úrico de mi propio pie. Treinta y pico años después de haber leído aquellos episodios, puedo certificarlo: la nostalgia escuece, pero un golpe así duele.

 

BEnburry

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