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Lo que no se puede destruir

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Mente animal

Pilar Adón

La Bella Varsovia, 2014

ISBN: 978-84-942289-2-6

47 páginas

10 €

 

 

 

Sara Mesa

En todo el tiempo que llevo escribiendo sobre libros en Estado Crítico, pocas veces se me ha visto reseñando poesía. La razón fundamental es mi falta de lecturas y la consiguiente inseguridad, pero también, admito, pesa en contra cierta incapacidad: me cuesta mucho exponer “razonadamente” -tal como creo que se deben exponer las críticas- por qué un poemario me atrapa o no, y la mera idea de intentar transmitirlo a terceros me resulta paralizadora. Paradójicamente, esta incapacidad crece cuanto más me gusta el poemario, teniendo en cuenta que, en el caso de la poesía, “gustar” equivale más que nunca a “turbar”, “inquietar”, “aturdir”, “desorientar” o “impactar”… es decir, nada que se pueda explicar demasiado. Perdón por la introducción, pero esto viene a colación porque recientemente, en un balance de lo leído el pasado año, dije lo siguiente: “Quiero destacar precisamente un libro que me sentí incapaz de reseñar por su complejidad y su belleza. Me refiero a Mente animal, el último poemario de Pilar Adón, una auténtica maravilla que debe leerse con cautela, porque es poesía afilada y causa efectos”. En fin, hablaba de esa incapacidad para abordar el libro y sin embargo aquí estoy hoy tratando de decir algo sobre él. El motivo no puede ser más prosaico o, si se quiere, menos prosaico (empezamos con la sinrazón de las razones): a otros cuantos compañeros estadistas Mente animal les ha parecido un poemario excepcional y, con su aparición en el blog, puede optar a los premios que convocamos anualmente para destacar lo más granado del año. Solamente por eso, pienso, merece la pena que haga el esfuerzo e intente vencer mi ineptitud como crítica de poesía. Si ya, además, Taravillo me da el visto bueno en algún comentario, puedo darme por satisfecha. Así que al ruedo…

Que la poesía de Adón es afilada y causa efectos lo corroboro ahora, al releer este Mente animal, un poemario en el que llaman la atención la unidad del conjunto y su apabullante solidez. Los treinta y dos poemas que lo conforman dialogan entre ellos con sutiles correspondencias, se articulan en torno a una estructura coherente, no en el sentido de una disposición lógica o de un andamiaje planeado -me da la impresión de que eso, a la autora, le da absolutamente igual-, sino en el de una respiración interna común. Incluso quien no conozca el resto de la obra de Pilar Adón va a notar desde el primer momento la existencia de un mundo muy particular, de una fuerte personalidad estética, que se manifiesta con nervio en todo el poemario. Si, además, conocemos algo más de su obra -y quiero destacar aquí los cuentos de El mes más cruel y el poemario La hija del cazador-, la sensación de estar avanzando por un mismo escenario se acentúa. No hablo, por supuesto, de un escenario físico -aunque en parte también: el bosque, el pueblo, la granja, la cabaña-, ni siquiera de motivos narrativos -el suicidio, la maldición, el determinismo de la herencia y la consiguiente opresión, la infancia introspectiva, la búsqueda de una salvación-, sino de la atmósfera, el tono, esa manera de mirar el mundo a través de una honda melancolía que no se regodea ni se complace en lo oscuro -aunque tampoco lo evita-, una mirada desprovista de solemnidad y de certezas, en la que a veces “asoma la infección y no hay planes ni memoria”.

La poesía de Adón está plagada de animales salvajes y no siempre amables -zorros, culebras, ratones, lobos, jabalíes, pájaros- y de elementos vegetales -árboles, ramas, musgo, hierba-, a los que no creo que haya que buscar un simbolismo directo, pero que contribuyen a crear cierta sensación de amenaza e incluso de inadaptación en el mundo. El ambiente rural que impregna estos versos -mujeres que pelan patatas, hombres que cazan, hogares donde arde el fuego- transmite en ocasiones tal frialdad que uno se siente transportado a un mundo nórdico, aunque lo cierto es que la autora se inspira, como después supe, en la meseta castellana, donde la dureza y la sequedad de los inviernos -y de algunas vidas- no es ni mucho menos desdeñable. En cuanto a las historias que aparecen -terribles en muchos casos-, narradas con ese “nosotros” que con tanto acierto maneja –”Llamamos al silencio y obtuvimos /silencio”; “No aguantamos./ No quisimos más fallos que los nuestros./ Nuestros códigos nuevos para pensar.”-, no son en absoluto fabulaciones. Quiero contar una anécdota relacionada con esto último. Cuando leí Mente animal pensé, erróneamente, en “significados”: qué quiere decir este poema, qué idea trata de transmitirme aquel otro. Dentro del conjunto, me impresionó especialmente la historia que aparece en uno de ellos, muy breve, en el que una familia utiliza para hacer su casa las piedras de un puente y de una ermita y “las de la granja del abuelo/ que no pudo pagar porque se lo gastó en vino”. El final es demoledor: “todos los niños de la casa nueva/ nacieron muertos”. El poema, independientemente de su interpretación, es bellísimo, pero yo pensaba que planteaba una especie de condena o incluso arrojaba un sentido moral. Poco después la autora me dijo que simplemente -¡simplemente!- había contado algo que pasó de verdad en un pueblo, pero… de qué manera. Así imagina una que el resto de las historias -la excursión escolar a la central nuclear, la familia de suicidas Luzdivina, etc.- son reelaboraciones de historias reales, y que el catálogo de situaciones que desfilan por estas páginas configura, de algún modo, una especie de diario personal.

Pilar Adón coge los elementos de la realidad -de su realidad-, los selecciona, los transmuta, los expone ante nuestros ojos y nuestros oídos -la musicalidad de sus versos es excelente- y los deja, digamos, que respiren, con esa cadencia de animal salvaje desprovista de intenciones intelectualizadoras, que convierte sus poemas en algo nuevo y en algo grande, en la expresión de una búsqueda quizá sin respuestas, porque al final, parafraseando a nuestra autora, “Quedará lo que no tiene sentido ni razón ni fin./ Lo que no se puede proteger./ Y lo que no se puede destruir”.

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